/ domingo 5 de abril de 2020

La feliz gente de Bután

Abrir, cerrar; abrir, cerrar: todo el juego de la vida está en saber conjugar oportunamente ambos verbos. Hoy se hace la apología de lo abierto: la sociedad abierta y la mentalidad abierta son aplaudidas con frenesí; y, por el contrario, lo cerrado se hace merecedor de todas las condenas y de todos los rechazos. “Este tipo –decimos, acusando- es un cerrado”.

Y, sin embargo, ¿acaso el ojo no se cierra constantemente para protegerse a sí mismo? Si no pudiéramos cerrar los ojos ni siquiera en la noche, entonces sí que estaríamos en un serio problema: piénsese, por ejemplo, en los personajes de esa infernal pieza teatral de Jean Paul Sartre (1905-1980) titulada A puerta cerrada, en la que a unos infelices se les habían cortado los párpados y no podían más que mirarse continuamente unos a otros y, claro, sin poder dormir. El infierno, parece decir el famoso filósofo francés, es no poder cerrar nunca los ojos.

El organismo también se cierra, y cuando se abre inoportunamente pone al hombre en situaciones no sólo lamentables, sino tremendamente preocupantes. ¿Qué es un hombre aquejado de incontinencia sino un hombre que no puede, por así decirlo, cerrarse a sí mismo?

Y Ulises, cuando se aproximaba en su cóncava nave a la Isla de las Sirenas, ¿qué fue lo que hizo? Se taponó los oídos con cera y pidió que lo amarraran al mástil de su embarcación para no sucumbir al embrujo de sus cantos. Si Ulises, un tipo pródigo en astucias, no se hubiera cerrado a las seductoras voces, ahí habría dado por terminada su odisea.

Abrir, cerrar. Hay un libro magnífico que trata sobre este asunto, un libro que, por desgracia, nunca más ha vuelto a editarse, por lo menos en castellano. Me refiero al libro de Orrin E. Klapp Información y moral. Estrategias de apertura y cierre ante la nueva información (México, Fondo de Cultura Económica, 1985), en el que el lector encontrará miles de ejemplos que demuestran que si bien abrirse es una buena cosa, la vida también exige saber practicar el arte del cierre. ¿Es conveniente estar siempre cerrados? ¡Por ningún motivo! ¿Es conveniente estar siempre abiertos? ¡Menos aún!

¿No dijo alguien una vez que un país se define por sus fronteras? ¿Y qué es una frontera si no un límite? Un país de puertas siempre abiertas no sería propiamente un país, pero un país con las puertas permanentemente cerradas tampoco lo sería, sino un inmenso campo de concentración.

“El artista que dice: ‘No veo espectáculos cuando estoy trabajando’ –escribe Klapp- enuncia una postura compartida por muchos: que una exposición exagerada al trabajo de los demás puede obstruir nuestra creatividad… Tales hombres, entonces, se retiran a remotos lugares para hacer su trabajo. Los escritores muestran una necesidad similar de retiro en bien de la creatividad…”.

He aquí otro ejemplo de apertura y cierre: las felices gentes de Bután:

“Para ejemplificar este poder de la imagen usaremos el país de Bután, que durante mucho tiempo ha ocupado los primeros puestos en el ranking mundial de ciudadanos felices. De hecho, la política de sus gobernantes, desde 1971, se ha centrado en el desarrollo de la Felicidad Nacional Bruta, en lugar del Producto Interior Bruto. Intentaron que sus ciudadanos fueran lo más felices posible, potenciando las relaciones sociales, a través de fiestas nacionales y locales, teniendo una buena salud pública, una buena salud pública y cuidando las tradiciones. A esto se le sumaba que hasta 1999 la televisión no había hecho acto de presencia en este pequeño país, que se encuentra en el Himalaya.

“Pero con la llegada de la imagen virtual, de la televisión, todo fracasó. Es sintomático que incluso los gustos estéticos, y sobre todo los culturales, en apenas un suspiro, cambiaron radicalmente, y los ciudadanos de Bután empezaron a sentirse desgraciados e infelices. La mujer de Bután tenía el rol de mujer fuerte, capaz de colaborar con las tareas de agricultura y ganadería, salía de su hogar para ayudar, al mismo tiempo que era capaz de sacar a la familia adelante. Los hombres de Bután se enamoraban de este perfil de mujer. Pero de repente empezaron a consumir televisión. Una sociedad tranquila, de religión budista y tradicional en sus costumbres sufre una invasión de pantallas y de imágenes para la que no estaba preparado. El shock social, cultural y psicológico fue mas fuerte de lo esperado, y los índices de felicidad de los ciudadanos de este país cayeron en picada en apenas dos años como consecuencia del consumo de la imagen televisada. A los hombres de Bután dejaron de gustarles sus parejas, y el modelo estético y social de mujer que tenía se quedó, del día a la noche, desfasado. Los hombres dejaron de ver atractivas a sus mujeres, y las mujeres también dejaron de sentirse guapas al compararse con las modelos y actrices que emergían en las pantallas” (José Carlos Ruiz, El arte de pensar, Sevilla, Almuzara, 2019, pp. 227-228).

Dicho con otras palabras, los hombres de Bután se abrieron demasiado, cuando lo prudente hubiese sido cerrarse un poco ante ciertas cosas. Pero, ¿cómo cerrarse a la cultura global, a las ondas que atraviesan todos los espacios de este mundo tan pequeño?

En tiempos de epidemias y pandemias, los países se cierran: prohibido entrar, prohibido salir. Está en juego la sobrevivencia de la sociedad entera.

Ahora bien, si esto es así en todos los órdenes, ¿por qué no reconocer, también, que hay ciertas ideas a las que es preciso cerrarse porque son inconvenientes y destructivas? Y, sin embargo, pareciera que cerrarse a ellas es un acto de cobardía o de pusilanimidad.

Abrir, cerrar; abrir, cerrar: ya lo dijimos, pero lo volvemos a decir: en saber cuándo y ante qué es preciso abrirse, cuando y ante qué cerrarse, está todo el juego de la vida.

Abrir, cerrar; abrir, cerrar: todo el juego de la vida está en saber conjugar oportunamente ambos verbos. Hoy se hace la apología de lo abierto: la sociedad abierta y la mentalidad abierta son aplaudidas con frenesí; y, por el contrario, lo cerrado se hace merecedor de todas las condenas y de todos los rechazos. “Este tipo –decimos, acusando- es un cerrado”.

Y, sin embargo, ¿acaso el ojo no se cierra constantemente para protegerse a sí mismo? Si no pudiéramos cerrar los ojos ni siquiera en la noche, entonces sí que estaríamos en un serio problema: piénsese, por ejemplo, en los personajes de esa infernal pieza teatral de Jean Paul Sartre (1905-1980) titulada A puerta cerrada, en la que a unos infelices se les habían cortado los párpados y no podían más que mirarse continuamente unos a otros y, claro, sin poder dormir. El infierno, parece decir el famoso filósofo francés, es no poder cerrar nunca los ojos.

El organismo también se cierra, y cuando se abre inoportunamente pone al hombre en situaciones no sólo lamentables, sino tremendamente preocupantes. ¿Qué es un hombre aquejado de incontinencia sino un hombre que no puede, por así decirlo, cerrarse a sí mismo?

Y Ulises, cuando se aproximaba en su cóncava nave a la Isla de las Sirenas, ¿qué fue lo que hizo? Se taponó los oídos con cera y pidió que lo amarraran al mástil de su embarcación para no sucumbir al embrujo de sus cantos. Si Ulises, un tipo pródigo en astucias, no se hubiera cerrado a las seductoras voces, ahí habría dado por terminada su odisea.

Abrir, cerrar. Hay un libro magnífico que trata sobre este asunto, un libro que, por desgracia, nunca más ha vuelto a editarse, por lo menos en castellano. Me refiero al libro de Orrin E. Klapp Información y moral. Estrategias de apertura y cierre ante la nueva información (México, Fondo de Cultura Económica, 1985), en el que el lector encontrará miles de ejemplos que demuestran que si bien abrirse es una buena cosa, la vida también exige saber practicar el arte del cierre. ¿Es conveniente estar siempre cerrados? ¡Por ningún motivo! ¿Es conveniente estar siempre abiertos? ¡Menos aún!

¿No dijo alguien una vez que un país se define por sus fronteras? ¿Y qué es una frontera si no un límite? Un país de puertas siempre abiertas no sería propiamente un país, pero un país con las puertas permanentemente cerradas tampoco lo sería, sino un inmenso campo de concentración.

“El artista que dice: ‘No veo espectáculos cuando estoy trabajando’ –escribe Klapp- enuncia una postura compartida por muchos: que una exposición exagerada al trabajo de los demás puede obstruir nuestra creatividad… Tales hombres, entonces, se retiran a remotos lugares para hacer su trabajo. Los escritores muestran una necesidad similar de retiro en bien de la creatividad…”.

He aquí otro ejemplo de apertura y cierre: las felices gentes de Bután:

“Para ejemplificar este poder de la imagen usaremos el país de Bután, que durante mucho tiempo ha ocupado los primeros puestos en el ranking mundial de ciudadanos felices. De hecho, la política de sus gobernantes, desde 1971, se ha centrado en el desarrollo de la Felicidad Nacional Bruta, en lugar del Producto Interior Bruto. Intentaron que sus ciudadanos fueran lo más felices posible, potenciando las relaciones sociales, a través de fiestas nacionales y locales, teniendo una buena salud pública, una buena salud pública y cuidando las tradiciones. A esto se le sumaba que hasta 1999 la televisión no había hecho acto de presencia en este pequeño país, que se encuentra en el Himalaya.

“Pero con la llegada de la imagen virtual, de la televisión, todo fracasó. Es sintomático que incluso los gustos estéticos, y sobre todo los culturales, en apenas un suspiro, cambiaron radicalmente, y los ciudadanos de Bután empezaron a sentirse desgraciados e infelices. La mujer de Bután tenía el rol de mujer fuerte, capaz de colaborar con las tareas de agricultura y ganadería, salía de su hogar para ayudar, al mismo tiempo que era capaz de sacar a la familia adelante. Los hombres de Bután se enamoraban de este perfil de mujer. Pero de repente empezaron a consumir televisión. Una sociedad tranquila, de religión budista y tradicional en sus costumbres sufre una invasión de pantallas y de imágenes para la que no estaba preparado. El shock social, cultural y psicológico fue mas fuerte de lo esperado, y los índices de felicidad de los ciudadanos de este país cayeron en picada en apenas dos años como consecuencia del consumo de la imagen televisada. A los hombres de Bután dejaron de gustarles sus parejas, y el modelo estético y social de mujer que tenía se quedó, del día a la noche, desfasado. Los hombres dejaron de ver atractivas a sus mujeres, y las mujeres también dejaron de sentirse guapas al compararse con las modelos y actrices que emergían en las pantallas” (José Carlos Ruiz, El arte de pensar, Sevilla, Almuzara, 2019, pp. 227-228).

Dicho con otras palabras, los hombres de Bután se abrieron demasiado, cuando lo prudente hubiese sido cerrarse un poco ante ciertas cosas. Pero, ¿cómo cerrarse a la cultura global, a las ondas que atraviesan todos los espacios de este mundo tan pequeño?

En tiempos de epidemias y pandemias, los países se cierran: prohibido entrar, prohibido salir. Está en juego la sobrevivencia de la sociedad entera.

Ahora bien, si esto es así en todos los órdenes, ¿por qué no reconocer, también, que hay ciertas ideas a las que es preciso cerrarse porque son inconvenientes y destructivas? Y, sin embargo, pareciera que cerrarse a ellas es un acto de cobardía o de pusilanimidad.

Abrir, cerrar; abrir, cerrar: ya lo dijimos, pero lo volvemos a decir: en saber cuándo y ante qué es preciso abrirse, cuando y ante qué cerrarse, está todo el juego de la vida.

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