/ domingo 19 de abril de 2020

La debilidad y la fuerza

Al escribir la biografía del emperador Nerón, Suetonio (69-140), el historiador romano, nos da la siguiente noticia: “Los cristianos, una raza de hombres llenos de supersticiones nuevas y peligrosas, fueron entregados al suplicio” (Vida de los doce césares). ¿A qué género de suplicio, exactamente? Y, sobre todo, ¿por qué razón se los castigaba? Dentro de poco lo veremos.

De Cristo y de los cristianos habla también una carta que el legado imperial en las provincias próximas al Mar Muerto y gobernador de Bitinia, Plinio el Joven (62-113), envía al emperador Trajano para preguntarle qué es lo que debe hacer con los cristianos: ¿matarlos o absolverlos? Pero, ante todo, ¿por qué una cosa o la otra?, ¿de qué eran culpables? Nada de esto le queda claro al gobernador, de modo que tiene que consultar el caso con el único que puede decir en torno a esta difícil cuestión la última palabra. He aquí la famosa carta:

“Plinio al emperador Trajano. Salud.

“Cosa solemne es para mí, señor, exponerte todas mis dudas; porque, ¿quién puede decirme o instruirme mejor? Nunca he asistido al proceso y sentencia de ningún cristiano. Así es que ignoro sobre qué recae la información que se hace contra ellos, y hasta dónde puede llevarse el castigo. Vacilo mucho acerca de la diferencia de edades. ¿Deben ser castigados sin distinción de jóvenes y ancianos? ¿Debe perdonarse al que se arrepiente? ¿Es el nombre el que se castiga en ellos? ¿Qué crímenes hay unidos a este nombre?”…

Plinio está perplejo. Sabe, sí, que debe castigar a los cristianos, aunque ignora por qué debe hacerlo, ni hasta qué extremo debe llevar los tormentos. Él, personalmente, ha escuchado ciertos rumores, pero no ha podido aún comprobar si lo que éstos dicen es verdad. ¿De veras los cristianos constituyen una raza perversa y corruptora, según todos se empeñan en decirlo? ¿Es verdad que comen la carne y beben la sangre de alguien que no se sabe con precisión quién sea? ¿Cómo salir de este embrollo?

“He aquí –prosigue Plinio- las reglas que he seguido en las acusaciones presentadas ante mí contra los cristianos. A los que lo han confesado, los he interrogado por segunda y tercera vez, y les he amenazado con el suplicio, y a él les he enviado si han persistido. Porque, fuera lo que quisiera lo que confesasen, he creído que debía castigarse su desobediencia e invencible obstinación”…

Obsérvese que Plinio ni siquiera sabe por qué ha de ajusticiar a los cristianos; pero lo hace, creyendo que ya serlo es una falta que merece ser castigada. ¿Qué crímenes hay unidos a este nombre? Lo ignora, pero algún crimen debe haber, puesto que debe castigarlo. ¡He aquí El proceso escrito mil novecientos años antes de que Kafka viniera al mundo!

Pero prosigamos con nuestra indagación. Ahora es el turno de un importantísimo historiador romano llamado Cornelio Tácito (55-120), autor de los Anales, obra escrita hacia el año 114 de nuestra Era, en tiempos del emperador Trajano. Dice en ésta nuestro autor que Nerón, buscando echar por tierra los rumores que los inculpaban de haber incendiado Roma, y para descargarse, “comenzó a castigar con exquisitos géneros de tormentos a unos hombres aborrecidos del vulgo por sus excesos llamados comúnmente cristianos. El autor de este nombre fue un tal Cresto (sic), el cual, imperando Tiberio, había sido ajusticiado por orden de Poncio Pilato, procurador de Judea. Por entonces se reprimió un tanto aquella perniciosa superstición, pero tornaba otra vez a reverdecer, no solamente en Judea, origen de este mal, sino también en Roma… Fueron pues castigados –continúa- los que profesaban públicamente esta religión, y después, por indicios de aquéllos, una multitud infinita, (ya) no tanto por el delito del incendio que se les imputaba, como por haberles convencido de general aborrecimiento al género humano. A unos vestían con pellejos de fieras, para que de esta manera los despedazasen los perros; a otros ponían en cruces; a otros echaban en grandes rimeros de leña, a los cuales, en faltando el día, pegaban fuego para que, ardiendo con ellos, sirvieran de luminarias en las tinieblas de la noche”.

¡En esto quedaban convertidos los cristianos: en lámparas vivientes! Con ellos se cumplían de la manera más irónica, espantosa y brutal posible las palabras que Jesús dijo una vez de sus discípulos: “Ustedes son la luz del mundo. No se enciende una vela para meterla debajo de una olla, sino para ponerla en el candelero y que brille para todos los de la casa. Así brille la luz de ustedes ante los hombres” (Mateo 5, 14-15). ¡Y vaya si brilló! ¡Pero de qué manera!

Al cristianismo las persecuciones no le sientan nada mal. Su fe se acrecienta en las pruebas. Como dijo San Máximo de Turín (380-465) en uno de sus sermones: “A primera vista, un grano de mostaza se ve pequeño, vulgar y despreciable; no tiene sabor, ni exhala ningún olor. Pero cuando es triturado, expande su olor, muestra su fuerza, tiene sabor fuerte y quema de tal manera que nos quedamos extrañados de encontrar un fuego así dentro de un grano tan pequeño. Igualmente, la fe cristiana parece pequeña a primera vista, vulgar y débil; no muestra su poder, no hace alarde de su influencia. Pero cuando ha sido triturada por diversas pruebas, muestra su fuerza, hace estallar su energía y exhala la llama de su fe en el Señor” (Sermón 40, sobre San Lorenzo).

No ha habido época en la que los cristianos no hayan sufrido algún tipo de persecución. Y, sin embargo, aquí seguimos. Y, a lo que parece, seguiremos. Tenía razón François Mauriac (1885-1970) al decir: “Cuando se trata de la Iglesia, las palabras victoria y derrota pierden su sentido habitual. Nunca la sentimos tan desarmada como en sus triunfos, ni tan poderosa como en sus humillaciones” (Palabras católicas).

Al escribir la biografía del emperador Nerón, Suetonio (69-140), el historiador romano, nos da la siguiente noticia: “Los cristianos, una raza de hombres llenos de supersticiones nuevas y peligrosas, fueron entregados al suplicio” (Vida de los doce césares). ¿A qué género de suplicio, exactamente? Y, sobre todo, ¿por qué razón se los castigaba? Dentro de poco lo veremos.

De Cristo y de los cristianos habla también una carta que el legado imperial en las provincias próximas al Mar Muerto y gobernador de Bitinia, Plinio el Joven (62-113), envía al emperador Trajano para preguntarle qué es lo que debe hacer con los cristianos: ¿matarlos o absolverlos? Pero, ante todo, ¿por qué una cosa o la otra?, ¿de qué eran culpables? Nada de esto le queda claro al gobernador, de modo que tiene que consultar el caso con el único que puede decir en torno a esta difícil cuestión la última palabra. He aquí la famosa carta:

“Plinio al emperador Trajano. Salud.

“Cosa solemne es para mí, señor, exponerte todas mis dudas; porque, ¿quién puede decirme o instruirme mejor? Nunca he asistido al proceso y sentencia de ningún cristiano. Así es que ignoro sobre qué recae la información que se hace contra ellos, y hasta dónde puede llevarse el castigo. Vacilo mucho acerca de la diferencia de edades. ¿Deben ser castigados sin distinción de jóvenes y ancianos? ¿Debe perdonarse al que se arrepiente? ¿Es el nombre el que se castiga en ellos? ¿Qué crímenes hay unidos a este nombre?”…

Plinio está perplejo. Sabe, sí, que debe castigar a los cristianos, aunque ignora por qué debe hacerlo, ni hasta qué extremo debe llevar los tormentos. Él, personalmente, ha escuchado ciertos rumores, pero no ha podido aún comprobar si lo que éstos dicen es verdad. ¿De veras los cristianos constituyen una raza perversa y corruptora, según todos se empeñan en decirlo? ¿Es verdad que comen la carne y beben la sangre de alguien que no se sabe con precisión quién sea? ¿Cómo salir de este embrollo?

“He aquí –prosigue Plinio- las reglas que he seguido en las acusaciones presentadas ante mí contra los cristianos. A los que lo han confesado, los he interrogado por segunda y tercera vez, y les he amenazado con el suplicio, y a él les he enviado si han persistido. Porque, fuera lo que quisiera lo que confesasen, he creído que debía castigarse su desobediencia e invencible obstinación”…

Obsérvese que Plinio ni siquiera sabe por qué ha de ajusticiar a los cristianos; pero lo hace, creyendo que ya serlo es una falta que merece ser castigada. ¿Qué crímenes hay unidos a este nombre? Lo ignora, pero algún crimen debe haber, puesto que debe castigarlo. ¡He aquí El proceso escrito mil novecientos años antes de que Kafka viniera al mundo!

Pero prosigamos con nuestra indagación. Ahora es el turno de un importantísimo historiador romano llamado Cornelio Tácito (55-120), autor de los Anales, obra escrita hacia el año 114 de nuestra Era, en tiempos del emperador Trajano. Dice en ésta nuestro autor que Nerón, buscando echar por tierra los rumores que los inculpaban de haber incendiado Roma, y para descargarse, “comenzó a castigar con exquisitos géneros de tormentos a unos hombres aborrecidos del vulgo por sus excesos llamados comúnmente cristianos. El autor de este nombre fue un tal Cresto (sic), el cual, imperando Tiberio, había sido ajusticiado por orden de Poncio Pilato, procurador de Judea. Por entonces se reprimió un tanto aquella perniciosa superstición, pero tornaba otra vez a reverdecer, no solamente en Judea, origen de este mal, sino también en Roma… Fueron pues castigados –continúa- los que profesaban públicamente esta religión, y después, por indicios de aquéllos, una multitud infinita, (ya) no tanto por el delito del incendio que se les imputaba, como por haberles convencido de general aborrecimiento al género humano. A unos vestían con pellejos de fieras, para que de esta manera los despedazasen los perros; a otros ponían en cruces; a otros echaban en grandes rimeros de leña, a los cuales, en faltando el día, pegaban fuego para que, ardiendo con ellos, sirvieran de luminarias en las tinieblas de la noche”.

¡En esto quedaban convertidos los cristianos: en lámparas vivientes! Con ellos se cumplían de la manera más irónica, espantosa y brutal posible las palabras que Jesús dijo una vez de sus discípulos: “Ustedes son la luz del mundo. No se enciende una vela para meterla debajo de una olla, sino para ponerla en el candelero y que brille para todos los de la casa. Así brille la luz de ustedes ante los hombres” (Mateo 5, 14-15). ¡Y vaya si brilló! ¡Pero de qué manera!

Al cristianismo las persecuciones no le sientan nada mal. Su fe se acrecienta en las pruebas. Como dijo San Máximo de Turín (380-465) en uno de sus sermones: “A primera vista, un grano de mostaza se ve pequeño, vulgar y despreciable; no tiene sabor, ni exhala ningún olor. Pero cuando es triturado, expande su olor, muestra su fuerza, tiene sabor fuerte y quema de tal manera que nos quedamos extrañados de encontrar un fuego así dentro de un grano tan pequeño. Igualmente, la fe cristiana parece pequeña a primera vista, vulgar y débil; no muestra su poder, no hace alarde de su influencia. Pero cuando ha sido triturada por diversas pruebas, muestra su fuerza, hace estallar su energía y exhala la llama de su fe en el Señor” (Sermón 40, sobre San Lorenzo).

No ha habido época en la que los cristianos no hayan sufrido algún tipo de persecución. Y, sin embargo, aquí seguimos. Y, a lo que parece, seguiremos. Tenía razón François Mauriac (1885-1970) al decir: “Cuando se trata de la Iglesia, las palabras victoria y derrota pierden su sentido habitual. Nunca la sentimos tan desarmada como en sus triunfos, ni tan poderosa como en sus humillaciones” (Palabras católicas).

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