/ domingo 18 de octubre de 2020

La costilla de Adán

“Luego –se lee en el libro del Génesis- dijo el Señor Dios: ‘No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle a alguien como él, para que lo ayude’. Entonces el Señor Dios formó de la tierra todas las bestias del campo y todos los pájaros del cielo y los llevó ante Adán para que les pusiera nombre y así todo ser viviente tuviera el nombre puesto por Adán.

Así pues, Adán les puso nombre a todos los animales domésticos, a los pájaros del cielo y a las bestias del campo; pero no hubo ningún ser semejante a Adán para ayudarlo. Luego el Señor Dios hizo caer al hombre en un profundo sueño y, mientras dormía, le sacó una costilla y cerró la carne sobre el lugar vacío. Y de la costilla que le había sacado al hombre, Dios formó una mujer” (2, 18-24).

Los especialistas y filólogos, siempre tan meticulosos y enterados, dicen que, más que de la costilla de Adán, habría que hablar de su costado. El texto, pues, debería sonar así: “Y del costado del hombre, Dios formó una mujer”. ¡No importa! A pesar de la nueva traducción, el texto continúa siendo la mar de misterioso. ¿Qué quiso decir con ello exactamente el autor sagrado? Dada la complejidad del pasaje, los maestros del judaísmo han aventurado algunas hipótesis, aunque cabe aclarar que no son más tanteos, si bien enormemente interesantes. He aquí, por ejemplo, lo que encontramos en el Talmud: “De una costilla de Adán formó el Señor a la primera mujer. No la creó de su cabeza, para que ella no levantara la suya con demasiado orgullo; ni de sus ojos, para que no mirara con excesiva curiosidad a su alrededor; de su oído tampoco, para que no fuese ávida de escuchar todo; ni de su boca, a fin de evitar que fuese locuaz; ni de su corazón, para que no fuese envidiosa; tampoco de su mano, para que no se apoderara de lo ajeno; ni de su pie, para que no sea andarina y ande siempre callejeando, sino que la formó de una modesta parte del hombre que está siempre cubierta, para que sea pura y piadosa”.

¡No está mal! Se trata, después de todo, de una interpretación ingeniosa. Sin embargo, hay más interpretaciones posibles; en otro de sus tratados, el Talmud dice, a propósito del mismo asunto, lo siguiente: “Dios no creó a la mujer de la cabeza del hombre para que ésta no lo tiranice; pero tampoco la creó de sus pies, para que no sea su esclava, sino de su costado, para que permaneciese cercana a su corazón”. ¡Vaya, esto está mucho mejor!

Por lo demás, en todo han pensado los teólogos: ¡hasta en el sueño del hombre! ¿Por qué hizo Dios, por ejemplo –según dice el texto sagrado-, caer a Adán en un profundo sueño? Sobre esto se han hecho infinidad de chistes. “Porque –ha respondido alguien- sólo dormido habría haber permitido Adán que le jugaran tan mala pasada. Dios tuvo que anestesiarlo, pues a partir de entonces ya no tendría paz”. Pero no son los chistes los que dan las explicaciones más profundas, y tampoco las más verdaderas. Para los teólogos, como dije hace un momento –y ahora cito a uno de ellos con mucho gusto-, “el sueño de Adán da a entender un acontecimiento misterioso, velado aunque revelador, de la acción de Dios. El origen de la mujer es y será siempre un misterio impenetrable para el hombre”.

“Luego –se lee en el libro del Génesis- dijo el Señor Dios: ‘No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle a alguien como él, para que lo ayude’. Entonces el Señor Dios formó de la tierra todas las bestias del campo y todos los pájaros del cielo y los llevó ante Adán para que les pusiera nombre y así todo ser viviente tuviera el nombre puesto por Adán.

Así pues, Adán les puso nombre a todos los animales domésticos, a los pájaros del cielo y a las bestias del campo; pero no hubo ningún ser semejante a Adán para ayudarlo. Luego el Señor Dios hizo caer al hombre en un profundo sueño y, mientras dormía, le sacó una costilla y cerró la carne sobre el lugar vacío. Y de la costilla que le había sacado al hombre, Dios formó una mujer” (2, 18-24).

Los especialistas y filólogos, siempre tan meticulosos y enterados, dicen que, más que de la costilla de Adán, habría que hablar de su costado. El texto, pues, debería sonar así: “Y del costado del hombre, Dios formó una mujer”. ¡No importa! A pesar de la nueva traducción, el texto continúa siendo la mar de misterioso. ¿Qué quiso decir con ello exactamente el autor sagrado? Dada la complejidad del pasaje, los maestros del judaísmo han aventurado algunas hipótesis, aunque cabe aclarar que no son más tanteos, si bien enormemente interesantes. He aquí, por ejemplo, lo que encontramos en el Talmud: “De una costilla de Adán formó el Señor a la primera mujer. No la creó de su cabeza, para que ella no levantara la suya con demasiado orgullo; ni de sus ojos, para que no mirara con excesiva curiosidad a su alrededor; de su oído tampoco, para que no fuese ávida de escuchar todo; ni de su boca, a fin de evitar que fuese locuaz; ni de su corazón, para que no fuese envidiosa; tampoco de su mano, para que no se apoderara de lo ajeno; ni de su pie, para que no sea andarina y ande siempre callejeando, sino que la formó de una modesta parte del hombre que está siempre cubierta, para que sea pura y piadosa”.

¡No está mal! Se trata, después de todo, de una interpretación ingeniosa. Sin embargo, hay más interpretaciones posibles; en otro de sus tratados, el Talmud dice, a propósito del mismo asunto, lo siguiente: “Dios no creó a la mujer de la cabeza del hombre para que ésta no lo tiranice; pero tampoco la creó de sus pies, para que no sea su esclava, sino de su costado, para que permaneciese cercana a su corazón”. ¡Vaya, esto está mucho mejor!

Por lo demás, en todo han pensado los teólogos: ¡hasta en el sueño del hombre! ¿Por qué hizo Dios, por ejemplo –según dice el texto sagrado-, caer a Adán en un profundo sueño? Sobre esto se han hecho infinidad de chistes. “Porque –ha respondido alguien- sólo dormido habría haber permitido Adán que le jugaran tan mala pasada. Dios tuvo que anestesiarlo, pues a partir de entonces ya no tendría paz”. Pero no son los chistes los que dan las explicaciones más profundas, y tampoco las más verdaderas. Para los teólogos, como dije hace un momento –y ahora cito a uno de ellos con mucho gusto-, “el sueño de Adán da a entender un acontecimiento misterioso, velado aunque revelador, de la acción de Dios. El origen de la mujer es y será siempre un misterio impenetrable para el hombre”.

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