/ domingo 7 de junio de 2020

Imagina que te dice Dios...

Buenos días

Imagina que te dice Dios:

“Hijo, querido hijo mío: no te amargues la existencia. Tampoco vivas como esclavo. ¡Yo soy enemigo de las cadenas, los grilletes y la bota en la nuca! Si así no fuera, jamás habría sacado a mi pueblo de las tierras de Egipto.

“No, no me gustan los esclavos. Esclavo es aquel que dice: “No tengo tiempo”, porque el tiempo que podría tener para sí ha tenido que dárselo a otro.

“Cuando saqué a los israelitas de Egipto, donde vivían con la soga al cuello, lo primero que hice, en el desierto, fue regalarles lo que antes no tenían: tiempo. ¿No me crees? Entonces abre la Biblia desde los primeros libros y lo verás. De hecho, uno de los diez mandamientos se refiere al descanso, el tercero, que dice así:

“‘Acuérdate del día del sábado para santificarlo. Trabaja seis días y en ellos haz todas tuis faenas. Pero el día séptimo es día de descanso, consagrado a Yahvé, tu Dios. Ese día que nadie trabaje: ni tú, ni tus hijos, ni tus hijas, ni tus siervos, ni tus siervas, ni tu buey, ni tu asno, ni los extranjeros que viven en tu país. Pues en seis días Yahvé hizo el cielo y la tierra, el mar y cuanto hay en ellos, y el séptimo día descansó. Por eso bendijo el sábado y lo santificó’ (Éxodo 20, 8-11).

“Es una lástima que un mandamiento tan preciso y tan liberador haya traducido por los cristianos como santificarás las fiestas, que es demasiado vago y dice poco. Ve a las fuentes, como se dice hoy, y verás que el tercer mandamiento tiene que ver, ante todo, con el descanso. ¡El descanso convertido en un mandamiento divino! ¿No es maravilloso? Y luego hay unos hijos míos ateos que andan diciendo por allí que soy un Dios terrible y despiadado. ¡Si ellos supieran que los días libres de que gozan para escribir y maldecirme me los deben a mí! Yo fui el primero en concebir la idea, y ellos creen deberle el favor a sus sindicatos… Pero así se las gastan esos pobres –pero nunca huérfanos- hijos rebeldes. ¡Yo conozco al hombre y sé que se cansa!

Al exigir a los israelitas que descansaran, les quité las cadenas y los desuncí del yugo. En Egipto eran esclavos, pero una vez atravesado el Mar Rojo eran libres. Y quise dárselo a entender regalándoles un día de descanso a la semana. Hombre libre es aquel que tiene tiempo, y a partir de entonces lo tendrían, como que yo soy Dios y ellos mis hijos.

“Tiempo para alegrarse y respirar, para cantar y reír, para leer y rezar, para danzar y escribir, cosas éstas, por supuesto, que en Egipto no podían hacer. Después de los truenos del Sinaí, cuando llegara el sábado, todo israelita sería un rey.

“Claro que tuve que dar al respecto algunas indicaciones. Dije, por ejemplo: “El que no respete el sábado, morirá sin remedio”. Entonces no faltó quien dijera: ‘¡Pero qué intransigente es Dios!”. Leyeron la indicación en clave equivocada. Yo no dije que los mataría por desobedientes, sino que sencillamente se morirían. Pero el verdadero sentido es claro, ¿no? El que no descansa, se muere. Esto lo sabe hasta el más cándido.

“Entre las treinta y nueve cosas que he prohibido hacer en sábado está, por ejemplo, el encender fuego. Esto, a muchos, como es natural, les parece absurdo. Pero, aquí entre nos, obrando así me he puesto de parte de las mujeres. ¡También ellas deben descansar! Si no hubiese prohibido encender fuego, todos los varones celebrarían, menos ellas, que se pasarían el sábado en la cocina meneando cazuelas. Ahora bien, vista desde otro ángulo, la prohibición del fuego también es benéfica para la salud: como ese día la gente no podrá fumar sin violar el día santo, sus pulmones, al menos durante veinticuatro horas, respirarán felices.

“Con esto quiero decirte, hijo mío, que me apena mucho verte con la lengua de fuera. ¿Sería mucho pedirte que te tomaras la vida con una cierta dosis saludable de despreocupación?

“Veamos, ¿qué es lo que te gusta hacer? ¿Ir a correr al menos media hora al parque Tangamanga? Entonces no dejes de hacerlo: tómate unos minutos para ejercitar las piernas y fortalecer los músculos, y verás cómo tu mente se despeja y tu día se torna más luminoso. ¿Te gusta leer? Pues lee. ¿Por qué privarte de ese inofensivo –pero muy instructivo- placer? Ahora que me lo pienso, hace mucho tiempo que no hablas por teléfono con tu amigo X y tu amigo Y. ¿Por qué no te tomas cinco minutos para hacerlo? Tal vez tengan necesidad de ti, pero no te hablan para no molestarte. Ten por seguro que les dará mucho gusto escuchar tu voz.

“Al decretar que el descanso es una cosa sagrada, créeme, pensé más en ti que en mí. ¿Por qué no meditas más detenidamente sobre este asunto? “El descanso es sagrado”: he aquí una aseveración que, bíblicamente, tiene sólidos fundamentos. En la lista de los diez mandamientos, el descanso ocupa el tercer lugar. Ni siquiera es el décimo, para que no puedas decir: ‘Vaya, como este mandamiento está al final, tal vez no sea tan importante.’”.

Imagina que un día, al oído, todo esto te dice Dios. Pues bien, aunque no sea al oído, de todas maneras te lo dice. Y si no me crees por ser todo esto demasiado bello, toma tu Biblia y ábrela a la altura del Eclesiástico, donde podrás encontrarte esta máxima que, por estar donde se encuentra, es también Palabra de Dios: “No te prives de pasarte un buen día” (14, 14).

Si quien esto te dijera fuese tu compadre, tal vez tendrías derecho a encogerte de hombros. Pero si es Dios quien lo dice, hombre, tómatelo en serio y verás qué bien te va.

Buenos días

Imagina que te dice Dios:

“Hijo, querido hijo mío: no te amargues la existencia. Tampoco vivas como esclavo. ¡Yo soy enemigo de las cadenas, los grilletes y la bota en la nuca! Si así no fuera, jamás habría sacado a mi pueblo de las tierras de Egipto.

“No, no me gustan los esclavos. Esclavo es aquel que dice: “No tengo tiempo”, porque el tiempo que podría tener para sí ha tenido que dárselo a otro.

“Cuando saqué a los israelitas de Egipto, donde vivían con la soga al cuello, lo primero que hice, en el desierto, fue regalarles lo que antes no tenían: tiempo. ¿No me crees? Entonces abre la Biblia desde los primeros libros y lo verás. De hecho, uno de los diez mandamientos se refiere al descanso, el tercero, que dice así:

“‘Acuérdate del día del sábado para santificarlo. Trabaja seis días y en ellos haz todas tuis faenas. Pero el día séptimo es día de descanso, consagrado a Yahvé, tu Dios. Ese día que nadie trabaje: ni tú, ni tus hijos, ni tus hijas, ni tus siervos, ni tus siervas, ni tu buey, ni tu asno, ni los extranjeros que viven en tu país. Pues en seis días Yahvé hizo el cielo y la tierra, el mar y cuanto hay en ellos, y el séptimo día descansó. Por eso bendijo el sábado y lo santificó’ (Éxodo 20, 8-11).

“Es una lástima que un mandamiento tan preciso y tan liberador haya traducido por los cristianos como santificarás las fiestas, que es demasiado vago y dice poco. Ve a las fuentes, como se dice hoy, y verás que el tercer mandamiento tiene que ver, ante todo, con el descanso. ¡El descanso convertido en un mandamiento divino! ¿No es maravilloso? Y luego hay unos hijos míos ateos que andan diciendo por allí que soy un Dios terrible y despiadado. ¡Si ellos supieran que los días libres de que gozan para escribir y maldecirme me los deben a mí! Yo fui el primero en concebir la idea, y ellos creen deberle el favor a sus sindicatos… Pero así se las gastan esos pobres –pero nunca huérfanos- hijos rebeldes. ¡Yo conozco al hombre y sé que se cansa!

Al exigir a los israelitas que descansaran, les quité las cadenas y los desuncí del yugo. En Egipto eran esclavos, pero una vez atravesado el Mar Rojo eran libres. Y quise dárselo a entender regalándoles un día de descanso a la semana. Hombre libre es aquel que tiene tiempo, y a partir de entonces lo tendrían, como que yo soy Dios y ellos mis hijos.

“Tiempo para alegrarse y respirar, para cantar y reír, para leer y rezar, para danzar y escribir, cosas éstas, por supuesto, que en Egipto no podían hacer. Después de los truenos del Sinaí, cuando llegara el sábado, todo israelita sería un rey.

“Claro que tuve que dar al respecto algunas indicaciones. Dije, por ejemplo: “El que no respete el sábado, morirá sin remedio”. Entonces no faltó quien dijera: ‘¡Pero qué intransigente es Dios!”. Leyeron la indicación en clave equivocada. Yo no dije que los mataría por desobedientes, sino que sencillamente se morirían. Pero el verdadero sentido es claro, ¿no? El que no descansa, se muere. Esto lo sabe hasta el más cándido.

“Entre las treinta y nueve cosas que he prohibido hacer en sábado está, por ejemplo, el encender fuego. Esto, a muchos, como es natural, les parece absurdo. Pero, aquí entre nos, obrando así me he puesto de parte de las mujeres. ¡También ellas deben descansar! Si no hubiese prohibido encender fuego, todos los varones celebrarían, menos ellas, que se pasarían el sábado en la cocina meneando cazuelas. Ahora bien, vista desde otro ángulo, la prohibición del fuego también es benéfica para la salud: como ese día la gente no podrá fumar sin violar el día santo, sus pulmones, al menos durante veinticuatro horas, respirarán felices.

“Con esto quiero decirte, hijo mío, que me apena mucho verte con la lengua de fuera. ¿Sería mucho pedirte que te tomaras la vida con una cierta dosis saludable de despreocupación?

“Veamos, ¿qué es lo que te gusta hacer? ¿Ir a correr al menos media hora al parque Tangamanga? Entonces no dejes de hacerlo: tómate unos minutos para ejercitar las piernas y fortalecer los músculos, y verás cómo tu mente se despeja y tu día se torna más luminoso. ¿Te gusta leer? Pues lee. ¿Por qué privarte de ese inofensivo –pero muy instructivo- placer? Ahora que me lo pienso, hace mucho tiempo que no hablas por teléfono con tu amigo X y tu amigo Y. ¿Por qué no te tomas cinco minutos para hacerlo? Tal vez tengan necesidad de ti, pero no te hablan para no molestarte. Ten por seguro que les dará mucho gusto escuchar tu voz.

“Al decretar que el descanso es una cosa sagrada, créeme, pensé más en ti que en mí. ¿Por qué no meditas más detenidamente sobre este asunto? “El descanso es sagrado”: he aquí una aseveración que, bíblicamente, tiene sólidos fundamentos. En la lista de los diez mandamientos, el descanso ocupa el tercer lugar. Ni siquiera es el décimo, para que no puedas decir: ‘Vaya, como este mandamiento está al final, tal vez no sea tan importante.’”.

Imagina que un día, al oído, todo esto te dice Dios. Pues bien, aunque no sea al oído, de todas maneras te lo dice. Y si no me crees por ser todo esto demasiado bello, toma tu Biblia y ábrela a la altura del Eclesiástico, donde podrás encontrarte esta máxima que, por estar donde se encuentra, es también Palabra de Dios: “No te prives de pasarte un buen día” (14, 14).

Si quien esto te dijera fuese tu compadre, tal vez tendrías derecho a encogerte de hombros. Pero si es Dios quien lo dice, hombre, tómatelo en serio y verás qué bien te va.

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