/ domingo 18 de julio de 2021

El tiempo de la cólera

Entre 1967 y 1968, el por entonces famosísimo cardenal Jean Daniélou (1905-1974), jesuita y conocedor profundo de la antigüedad cristiana, escribió cada semana para dos periódicos de gran tirada: L’Osservatore Romano, italiano, y La Croix, francés. Más tarde, sus colaboraciones fueron recopiladas en un grueso volumen titulado Test, del que extraigo ahora los siguientes pensamientos, esperando que den todavía material de reflexión a quienes los lean hoy, cincuenta y tantos años después de haber sido escritos.

“Existe una especie de derrotismo, que se manifiesta en muchos. ¿Cómo se puede ser cristiano hoy? Es la pregunta que nos hacen. Demasiados cristianos parecen serlo como con disgusto y arrastran su fe como un grillete. Demasiados sacerdotes dan la impresión de que llevan su sacerdocio como una carga. ¡Quede bien claro que este cristianismo de perros acosados no tiene atracción alguna para los jóvenes, y no veo cómo podrían entusiasmarse por él!”.

“No son los ataques desde el exterior, sino las defecciones de dentro lo que constituye hoy el gran peligro para el porvenir de la fe”.

“Lo que el mundo necesita no son unos cuantos técnicos más… Lo que hoy se necesita son jóvenes cristianos que vuelvan a encontrar la salud gozosa de la fe. Nada tienen que temer de los terrores que los rodean. Porque su fe es ya victoria sobre el mundo”.

“Hay una forma de cobardía entre los cristianos: es el respeto humano. No se quiere dar la impresión de no estar acordes a los tiempos que corren y no se tiene la valentía de decir lo que se piensa en el fondo del corazón… Estamos –y sopeso mis palabras- en el tiempo de la cólera. Hay una manera de aguantar los terrorismos intelectuales que nos agreden que, en un momento dado, equivale al suicidio”.

“La descripción que hace San Pablo del mundo pagano de su tiempo es muy semejante a la que podríamos hacer del París de hoy. ¿Cuál fue la actitud de los cristianos? Muy sencilla. En primer lugar, quedarse allí. Decía Tertuliano: ‘No nos iremos, aunque os irritemos con nuestras negativas. Aceptamos de vosotros lo bueno. Somos absolutamente iguales a los demás. Pero hay un cierto número de cosas a las que decimos: ¡no!’ ”.

“Los únicos maestros que encuentra hoy la juventud son unos maestros de revolución y de impugnación: unos maestros de nihilismo”.

“El drama consiste en la ausencia del cristianismo en el mundo del pensamiento. No faltan, ciertamente, los escritores, los filósofos y los periodistas cristianos. Sin embargo, estamos padeciendo un serio déficit en ese campo. Ello se debe a diversas razones. Ante todo, ha habido entre los cristianos un desconocimiento de la importancia del pensamiento como forma eminente del servicio. Han estado preocupados por la acción social o pastoral. Pero han abandonado en manos del ateísmo los importantes campos de la literatura, de la filosofía, del cine”…

Los cristianos han menospreciado demasiado la inteligencia. Demasiado a menudo han dejado la cultura en manos de los incrédulos. Indudablemente, éste es uno de los grandes errores del cristianismo contemporáneo. El resultado es que espíritus más exigentes no encuentran respuesta a sus interrogantes”.

“Hace falta que los cristianos se sacudan los complejos de culpabilidad masoquista, los terrores ante los falsos prestigios de la inteligencia del día, el morboso placer de la autocrítica. Es necesario que se decidan a cantar gozosamente la alabanza de la Trinidad, la esperanza de la resurrección, el gozo de la Eucaristía… La juventud tiene sed de absoluto. La tragedia, hoy, consiste en la dimisión de los que tendrían que saciar esa sed”.

“No hay nada que desagrade tanto como una Iglesia que disimule su mensaje para lograr que lo acepten, lo cual, por otra parte, no engaña a nadie. Lo que se le pide es que demuestre cómo ese mensaje responde al interrogante del hombre de hoy acerca de Dios… Lo que se pide a las Iglesias no es que se callen con respecto a Dios: lo que se les pide es que hablen bien de Él”.

“Indudablemente, la pobreza más difícil de aceptar no es la del dinero, sino la de las pruebas de salud, de la soledad afectiva, del fracaso profesional”.

“La palabra diálogo no tiene sentido alguno si no significa que la Iglesia tiene algo que recibir de la civilización moderna, pero también que la civilización moderna tiene algo que recibir de la Iglesia”.

“Hoy padecemos una falta de espíritu creador entre los cristianos… Diríase que buena parte de ellos encuentran una malsana complacencia en hurgar constantemente sus llagas”.

Entre 1967 y 1968, el por entonces famosísimo cardenal Jean Daniélou (1905-1974), jesuita y conocedor profundo de la antigüedad cristiana, escribió cada semana para dos periódicos de gran tirada: L’Osservatore Romano, italiano, y La Croix, francés. Más tarde, sus colaboraciones fueron recopiladas en un grueso volumen titulado Test, del que extraigo ahora los siguientes pensamientos, esperando que den todavía material de reflexión a quienes los lean hoy, cincuenta y tantos años después de haber sido escritos.

“Existe una especie de derrotismo, que se manifiesta en muchos. ¿Cómo se puede ser cristiano hoy? Es la pregunta que nos hacen. Demasiados cristianos parecen serlo como con disgusto y arrastran su fe como un grillete. Demasiados sacerdotes dan la impresión de que llevan su sacerdocio como una carga. ¡Quede bien claro que este cristianismo de perros acosados no tiene atracción alguna para los jóvenes, y no veo cómo podrían entusiasmarse por él!”.

“No son los ataques desde el exterior, sino las defecciones de dentro lo que constituye hoy el gran peligro para el porvenir de la fe”.

“Lo que el mundo necesita no son unos cuantos técnicos más… Lo que hoy se necesita son jóvenes cristianos que vuelvan a encontrar la salud gozosa de la fe. Nada tienen que temer de los terrores que los rodean. Porque su fe es ya victoria sobre el mundo”.

“Hay una forma de cobardía entre los cristianos: es el respeto humano. No se quiere dar la impresión de no estar acordes a los tiempos que corren y no se tiene la valentía de decir lo que se piensa en el fondo del corazón… Estamos –y sopeso mis palabras- en el tiempo de la cólera. Hay una manera de aguantar los terrorismos intelectuales que nos agreden que, en un momento dado, equivale al suicidio”.

“La descripción que hace San Pablo del mundo pagano de su tiempo es muy semejante a la que podríamos hacer del París de hoy. ¿Cuál fue la actitud de los cristianos? Muy sencilla. En primer lugar, quedarse allí. Decía Tertuliano: ‘No nos iremos, aunque os irritemos con nuestras negativas. Aceptamos de vosotros lo bueno. Somos absolutamente iguales a los demás. Pero hay un cierto número de cosas a las que decimos: ¡no!’ ”.

“Los únicos maestros que encuentra hoy la juventud son unos maestros de revolución y de impugnación: unos maestros de nihilismo”.

“El drama consiste en la ausencia del cristianismo en el mundo del pensamiento. No faltan, ciertamente, los escritores, los filósofos y los periodistas cristianos. Sin embargo, estamos padeciendo un serio déficit en ese campo. Ello se debe a diversas razones. Ante todo, ha habido entre los cristianos un desconocimiento de la importancia del pensamiento como forma eminente del servicio. Han estado preocupados por la acción social o pastoral. Pero han abandonado en manos del ateísmo los importantes campos de la literatura, de la filosofía, del cine”…

Los cristianos han menospreciado demasiado la inteligencia. Demasiado a menudo han dejado la cultura en manos de los incrédulos. Indudablemente, éste es uno de los grandes errores del cristianismo contemporáneo. El resultado es que espíritus más exigentes no encuentran respuesta a sus interrogantes”.

“Hace falta que los cristianos se sacudan los complejos de culpabilidad masoquista, los terrores ante los falsos prestigios de la inteligencia del día, el morboso placer de la autocrítica. Es necesario que se decidan a cantar gozosamente la alabanza de la Trinidad, la esperanza de la resurrección, el gozo de la Eucaristía… La juventud tiene sed de absoluto. La tragedia, hoy, consiste en la dimisión de los que tendrían que saciar esa sed”.

“No hay nada que desagrade tanto como una Iglesia que disimule su mensaje para lograr que lo acepten, lo cual, por otra parte, no engaña a nadie. Lo que se le pide es que demuestre cómo ese mensaje responde al interrogante del hombre de hoy acerca de Dios… Lo que se pide a las Iglesias no es que se callen con respecto a Dios: lo que se les pide es que hablen bien de Él”.

“Indudablemente, la pobreza más difícil de aceptar no es la del dinero, sino la de las pruebas de salud, de la soledad afectiva, del fracaso profesional”.

“La palabra diálogo no tiene sentido alguno si no significa que la Iglesia tiene algo que recibir de la civilización moderna, pero también que la civilización moderna tiene algo que recibir de la Iglesia”.

“Hoy padecemos una falta de espíritu creador entre los cristianos… Diríase que buena parte de ellos encuentran una malsana complacencia en hurgar constantemente sus llagas”.

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