/ domingo 26 de abril de 2020

Aviso para mujeres

Antes de elegir a la que será tu mujer –aconsejaban los antiguos-, pregúntate a ti mismo: “¿Estaría yo dispuesto a conversar con ella hasta el día de mi muerte?”. No era un mal consejo, después de todo.

Hace tiempo conocí a una joven que, más que amar a su novio, lo adoraba. Casi en todo divergía con él, menos en ese sentimiento de atracción física que ambos sentían el uno por el otro.

Su madre –la madre de ella, quiero decir-, que era una mujer intrépida y sagaz, le decía cada noche antes de acostarse:

-Hija, ya sé de qué manera amas a Juan, pero ese muchacho no es para ti. ¿No te ha dicho nunca lo que piensa de Dios? ¡Es un ateo! ¡Un descreído! ¿Cómo puedes andar con un hombre así?

Y la muchacha:

-Pero es que no le has visto los ojos, mamá. Son de un azul tan intenso que, al reflejarte en ellos, te sientes como en el mar.

Y sí, la verdad es que el jovencito tenía unos maravillosos ojos azules que ya sólo el sólo verlos de lejos causaban envidia. Nadie que pasara junto a él podía dejar de detenerse a contemplar esos ojos cuyas tonalidades fosforescían con la luz del sol, dejando a los transeúntes con la boca abierta. Otra noche le dijo su madre, que, ya lo hemos dicho, era una mujer despejada:

-Hija, ese muchacho no te conviene. ¿Recuerdas lo que te dijo una vez? Recuérdalo: él no cree en la indisolubilidad del matrimonio. Si no me equivoco, la frase más romántica que ha salido de sus labios ha sido ésta: “Estaremos juntos hasta que el amor nos dure”. ¿Cómo pudiste soportar que te dijera semejante cosa?

Y la hija:

-No te preocupes, mamá. Ya me encargaré yo de que el amor nos dure toda la vida. ¡Eso déjamelo a mí! Y, por lo que hace a Dios, nada hay que temer: yo lo convertiré.

-¿Estás segura, hija?

-¡Mamá, es tan guapo! Todas mis compañeras me envidian y dicen no haber visto nunca a un hombre tan bello.

Y sí, la verdad es que el jovencito causaba una gran turbación entre las chicas. Muchas de ellas, al verlo, se daban pellizcos en la cara para cerciorarse de estar despiertas.

Y la madre, otra vez:

-Hija, ese muchacho… ¿Qué fue lo que te dijo hace poco? Que el dinero es muy importante para él, y que si se terciaba la ocasión haría cualquier cosa por tener siempre más y más.

-¿Y qué tiene de malo que le guste el dinero? A todos nos gusta, confiésalo, mamá. Tú no lo quieres porque es demasiado bello. Ya sé lo que temes: que llegue otra y me lo quite. ¡Quédate tranquila! Yo lo controlaré de tal manera que esto nunca sucederá.

Y pasó el tiempo. Él y ella se casaron, finalmente. Y vivieron juntos algunos años. Él, por lo pronto, ya no era aquel joven esbelto que fue un día; como se dio a la bebida, engordó mucho; como fue atacado por una cierta enfermedad ocular, tuvo que usar siempre gafas oscuras, de modo que nadie apreciaba ya la hermosura de sus ojos; y, cuando hablaba, amargado como estaba por los maltratos de la vida, no decía más que insultos e inconveniencias. Para ella, Dios era importante; para él nunca lo fue; para ella la fidelidad era importante; él, a veces, se iba de juerga y no volvía a su casa sino tres días después, vomitado y sucio; para ella, la limpieza era esencial, pero él detestaba el orden y no había manera de que se bañara por lo menos cada tercer día. La pasión primera había amainado sus furores, y ella apenas reconocía ya en él al hermoso joven que había amado veinte años atrás. “¡Dios mío! –me dijo un día-. ¡Pero si él y yo no teníamos nada en común!...”.

Por desgracia, había hecho el descubrimiento demasiado tarde.

Los antiguos tenían razón: no basta la belleza. Es necesario, ante todo, hablar el mismo idioma: tener cosas en común que los mantenga unidos cuando la belleza se haya ido y no queden de ella más que recuerdos. En una hermosa carta le dijo un día Léon Bloy a su novia (27 de noviembre de 1889):

“Es preciso que te cases con mi pensamiento al mismo tiempo que te casarás con mi persona”. Es, sin duda, una hermosa súplica. Por eso, yo me atrevería a aconsejar a mis jóvenes lectoras: “Cuida, amiga, que además de belleza tenga tu novio pensamientos. Y, sobre todo, que esos pensamientos se parezcan a los tuyos.

Antes de elegir a la que será tu mujer –aconsejaban los antiguos-, pregúntate a ti mismo: “¿Estaría yo dispuesto a conversar con ella hasta el día de mi muerte?”. No era un mal consejo, después de todo.

Hace tiempo conocí a una joven que, más que amar a su novio, lo adoraba. Casi en todo divergía con él, menos en ese sentimiento de atracción física que ambos sentían el uno por el otro.

Su madre –la madre de ella, quiero decir-, que era una mujer intrépida y sagaz, le decía cada noche antes de acostarse:

-Hija, ya sé de qué manera amas a Juan, pero ese muchacho no es para ti. ¿No te ha dicho nunca lo que piensa de Dios? ¡Es un ateo! ¡Un descreído! ¿Cómo puedes andar con un hombre así?

Y la muchacha:

-Pero es que no le has visto los ojos, mamá. Son de un azul tan intenso que, al reflejarte en ellos, te sientes como en el mar.

Y sí, la verdad es que el jovencito tenía unos maravillosos ojos azules que ya sólo el sólo verlos de lejos causaban envidia. Nadie que pasara junto a él podía dejar de detenerse a contemplar esos ojos cuyas tonalidades fosforescían con la luz del sol, dejando a los transeúntes con la boca abierta. Otra noche le dijo su madre, que, ya lo hemos dicho, era una mujer despejada:

-Hija, ese muchacho no te conviene. ¿Recuerdas lo que te dijo una vez? Recuérdalo: él no cree en la indisolubilidad del matrimonio. Si no me equivoco, la frase más romántica que ha salido de sus labios ha sido ésta: “Estaremos juntos hasta que el amor nos dure”. ¿Cómo pudiste soportar que te dijera semejante cosa?

Y la hija:

-No te preocupes, mamá. Ya me encargaré yo de que el amor nos dure toda la vida. ¡Eso déjamelo a mí! Y, por lo que hace a Dios, nada hay que temer: yo lo convertiré.

-¿Estás segura, hija?

-¡Mamá, es tan guapo! Todas mis compañeras me envidian y dicen no haber visto nunca a un hombre tan bello.

Y sí, la verdad es que el jovencito causaba una gran turbación entre las chicas. Muchas de ellas, al verlo, se daban pellizcos en la cara para cerciorarse de estar despiertas.

Y la madre, otra vez:

-Hija, ese muchacho… ¿Qué fue lo que te dijo hace poco? Que el dinero es muy importante para él, y que si se terciaba la ocasión haría cualquier cosa por tener siempre más y más.

-¿Y qué tiene de malo que le guste el dinero? A todos nos gusta, confiésalo, mamá. Tú no lo quieres porque es demasiado bello. Ya sé lo que temes: que llegue otra y me lo quite. ¡Quédate tranquila! Yo lo controlaré de tal manera que esto nunca sucederá.

Y pasó el tiempo. Él y ella se casaron, finalmente. Y vivieron juntos algunos años. Él, por lo pronto, ya no era aquel joven esbelto que fue un día; como se dio a la bebida, engordó mucho; como fue atacado por una cierta enfermedad ocular, tuvo que usar siempre gafas oscuras, de modo que nadie apreciaba ya la hermosura de sus ojos; y, cuando hablaba, amargado como estaba por los maltratos de la vida, no decía más que insultos e inconveniencias. Para ella, Dios era importante; para él nunca lo fue; para ella la fidelidad era importante; él, a veces, se iba de juerga y no volvía a su casa sino tres días después, vomitado y sucio; para ella, la limpieza era esencial, pero él detestaba el orden y no había manera de que se bañara por lo menos cada tercer día. La pasión primera había amainado sus furores, y ella apenas reconocía ya en él al hermoso joven que había amado veinte años atrás. “¡Dios mío! –me dijo un día-. ¡Pero si él y yo no teníamos nada en común!...”.

Por desgracia, había hecho el descubrimiento demasiado tarde.

Los antiguos tenían razón: no basta la belleza. Es necesario, ante todo, hablar el mismo idioma: tener cosas en común que los mantenga unidos cuando la belleza se haya ido y no queden de ella más que recuerdos. En una hermosa carta le dijo un día Léon Bloy a su novia (27 de noviembre de 1889):

“Es preciso que te cases con mi pensamiento al mismo tiempo que te casarás con mi persona”. Es, sin duda, una hermosa súplica. Por eso, yo me atrevería a aconsejar a mis jóvenes lectoras: “Cuida, amiga, que además de belleza tenga tu novio pensamientos. Y, sobre todo, que esos pensamientos se parezcan a los tuyos.

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