/ sábado 6 de marzo de 2021

María, una incansable lustradora de zapatos

La pandemia le "espantó" la clientela, hay personas que prefieren a un lustrador masculino, en ocasiones se queda sin bocado por compartirlo a sus hijos, pero sigue en la lucha del sustento diario

A la distancia y en punto de las 8 de la mañana, entre las calles del Centro Histórico de la capital ya se escucha el cepillo rascar el cuero del calzado, un llamado para quienes conocen a María Elizabeth Martínez Niño de 35 años de edad, que les entera que ha comenzado su jornada de trabajo, donde hace más de 12 años, se ha dedicado al tradicional oficio del boleado o limpieza de zapatos.

María, aprendería a desarrollar este trabajo gracias a la observancia que dedicaría al mirar a las afueras del Mercado Hidalgo cómo los lustradores de calzado le sacaban brillo a los zapatos de las personas que por ahí transitaban.

Juanita Olivo | El Sol de San Luis

“A mí me enseñó el padre de mi hija mayor. Pero no sólo aprendí a lustrar zapatos, sino también a remendarlos y coserlos. Todo este conocimiento en el oficio lo adquirí observando y poniéndolo en práctica. Desde entonces busqué un lugar para independizarme y hacer algo con esta habilidad, fue así que me convertí en “Boleadora”.

María comienza su día desde temprana hora, alistando a sus dos hijos, una pre adolescente de 12 años y un pequeño de 7 meses, para después salir a trabajar. Llega a su pequeño banquito laminado en punto de las 8 de la mañana, para estar disponible y lustrar los zapatos de alguno que otro burócrata y oficinista del centro.

Juanita Olivo | El Sol de San Luis

“Mi clientela es diversa, pero en su mayoría son hombres los que solicitan la limpieza de calzado. El lugar donde realizo mi trabajo (Plaza de Armas), me ha permitido atender a muchas personas, entre ellas diputados, personal de Municipio, Ayuntamiento, Congreso y Gobierno del Estado y uno que otro empleado de oficina”.

Pero esto cambiaría con la llegada de la pandemia, situación que le ha quitado a María más del 70 por ciento de su entrada económica. No obstante, rememora aquellos tiempos de prosperidad, donde las personas llegaban puntuales -como siempre- a lustrar sus zapatos con las manos dedicadas de esta jefa de familia.

Juanita Olivo | El Sol de San Luis

“He lustrado todo tipo de zapatos, desde calzado deportivo, hasta zapato de diario, tacones, botas, oxford e industriales. El tiempo estimado para bolear un buen par de calzado es de 30 minutos, pero si la clientela tiene prisa puedo hacerlo en 15 minutos. Con el tiempo he aprendido que la celeridad lo es todo. En precios el costo es accesible y depende del tamaño y tipo de calzado. Si son zapatos de piel el costo aumenta, puesto que el material para limpiarlos es especial”.

En sus 12 años de carrera como lustradora de calzado, calcula que ha limpiado más de tres mil pares de zapatos, donde ha dejado el rastro de su oficio en el betún que aplica a conciencia, en cada brochazo que dispone sobre cada bota o tacón.

Una labor que le ha costado el doble de esfuerzo, pues refiere que este oficio en su mayoría es realizado por hombres y no sólo eso, sino que también en ocasiones la clientela prefiere la mano masculina para el lustro de su calzado.

“Es complejo, hay mucha clientela que prefiere que un hombre limpie sus zapatos. La mayoría de las personas que vienen conmigo es porque ya conocen mi trabajo, difícilmente vendría alguien nuevo porque desconfían regularmente de mis capacidades. Muchos hasta se toman el tiempo de mirarme mientras lustro los zapatos de otras personas, yo creo para cerciorarse de que sé hacer mi oficio”.

Trabajadora, consciente de su entorno y de lo difícil que es ser mujer, María subraya que lo más complicado que le ha tocado enfrentar ha sido la crisis económica que desató la pandemia, “Ya no viene gente al Centro a lustrar sus zapatos, los trabajadores en su mayoría ya laboran desde casa, es poca la clientela que viene conmigo a que limpie o arregle su calzado. Al día puedo llegar a juntar 55 pesos si bien me va”.

Con una familia de tres, María siempre se debate entre qué comerán sus hijos al día siguiente, donde en ocasiones ella se queda sin probar bocado para llevar a la mesa de su hogar algo digno que alimente a su familia. “Si me toca algo de comer ya es ganancia, pero casi siempre prefiero que mis hijos sean los que coman bien. Con lo que se gana de lustrar zapatos muy apenas se sobrevive y sin clientela mucho menos”, afirmó.

Ella es el ejemplo latente de cómo las mujeres se enfrentan a diario a una situación laboral compleja y cómo esto ocasiona que dediquen el doble de esfuerzo para poder subsistir. Esta lustradora de zapatos no sólo se enfrenta al sexismo que envuelve su labor, sino también a una austeridad económica permanente y a la responsabilidad de ser cabeza del hogar.

Ser limpiadora de calzado, significa para María todo un desarrollo personal con el cual reconoce en sí misma todo el empeño que realiza para salir adelante, “Ser boleadora para mi es motivo de orgullo. Me ha permitido conocer en su mayoría personas muy buenas, pero sobre todo me ha ayudado a que nunca falte un plato de comida en casa. A pesar del sol, de las lluvias, de lo cansado que es estar sentada a los pies de las personas, es un oficio que amo. Agradezco seguir aprendiendo y tener la oportunidad de sacarle brillo a los zapatos de las personas que me ayudan a sobrevivir dándome trabajo”, finalizó.

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A la distancia y en punto de las 8 de la mañana, entre las calles del Centro Histórico de la capital ya se escucha el cepillo rascar el cuero del calzado, un llamado para quienes conocen a María Elizabeth Martínez Niño de 35 años de edad, que les entera que ha comenzado su jornada de trabajo, donde hace más de 12 años, se ha dedicado al tradicional oficio del boleado o limpieza de zapatos.

María, aprendería a desarrollar este trabajo gracias a la observancia que dedicaría al mirar a las afueras del Mercado Hidalgo cómo los lustradores de calzado le sacaban brillo a los zapatos de las personas que por ahí transitaban.

Juanita Olivo | El Sol de San Luis

“A mí me enseñó el padre de mi hija mayor. Pero no sólo aprendí a lustrar zapatos, sino también a remendarlos y coserlos. Todo este conocimiento en el oficio lo adquirí observando y poniéndolo en práctica. Desde entonces busqué un lugar para independizarme y hacer algo con esta habilidad, fue así que me convertí en “Boleadora”.

María comienza su día desde temprana hora, alistando a sus dos hijos, una pre adolescente de 12 años y un pequeño de 7 meses, para después salir a trabajar. Llega a su pequeño banquito laminado en punto de las 8 de la mañana, para estar disponible y lustrar los zapatos de alguno que otro burócrata y oficinista del centro.

Juanita Olivo | El Sol de San Luis

“Mi clientela es diversa, pero en su mayoría son hombres los que solicitan la limpieza de calzado. El lugar donde realizo mi trabajo (Plaza de Armas), me ha permitido atender a muchas personas, entre ellas diputados, personal de Municipio, Ayuntamiento, Congreso y Gobierno del Estado y uno que otro empleado de oficina”.

Pero esto cambiaría con la llegada de la pandemia, situación que le ha quitado a María más del 70 por ciento de su entrada económica. No obstante, rememora aquellos tiempos de prosperidad, donde las personas llegaban puntuales -como siempre- a lustrar sus zapatos con las manos dedicadas de esta jefa de familia.

Juanita Olivo | El Sol de San Luis

“He lustrado todo tipo de zapatos, desde calzado deportivo, hasta zapato de diario, tacones, botas, oxford e industriales. El tiempo estimado para bolear un buen par de calzado es de 30 minutos, pero si la clientela tiene prisa puedo hacerlo en 15 minutos. Con el tiempo he aprendido que la celeridad lo es todo. En precios el costo es accesible y depende del tamaño y tipo de calzado. Si son zapatos de piel el costo aumenta, puesto que el material para limpiarlos es especial”.

En sus 12 años de carrera como lustradora de calzado, calcula que ha limpiado más de tres mil pares de zapatos, donde ha dejado el rastro de su oficio en el betún que aplica a conciencia, en cada brochazo que dispone sobre cada bota o tacón.

Una labor que le ha costado el doble de esfuerzo, pues refiere que este oficio en su mayoría es realizado por hombres y no sólo eso, sino que también en ocasiones la clientela prefiere la mano masculina para el lustro de su calzado.

“Es complejo, hay mucha clientela que prefiere que un hombre limpie sus zapatos. La mayoría de las personas que vienen conmigo es porque ya conocen mi trabajo, difícilmente vendría alguien nuevo porque desconfían regularmente de mis capacidades. Muchos hasta se toman el tiempo de mirarme mientras lustro los zapatos de otras personas, yo creo para cerciorarse de que sé hacer mi oficio”.

Trabajadora, consciente de su entorno y de lo difícil que es ser mujer, María subraya que lo más complicado que le ha tocado enfrentar ha sido la crisis económica que desató la pandemia, “Ya no viene gente al Centro a lustrar sus zapatos, los trabajadores en su mayoría ya laboran desde casa, es poca la clientela que viene conmigo a que limpie o arregle su calzado. Al día puedo llegar a juntar 55 pesos si bien me va”.

Con una familia de tres, María siempre se debate entre qué comerán sus hijos al día siguiente, donde en ocasiones ella se queda sin probar bocado para llevar a la mesa de su hogar algo digno que alimente a su familia. “Si me toca algo de comer ya es ganancia, pero casi siempre prefiero que mis hijos sean los que coman bien. Con lo que se gana de lustrar zapatos muy apenas se sobrevive y sin clientela mucho menos”, afirmó.

Ella es el ejemplo latente de cómo las mujeres se enfrentan a diario a una situación laboral compleja y cómo esto ocasiona que dediquen el doble de esfuerzo para poder subsistir. Esta lustradora de zapatos no sólo se enfrenta al sexismo que envuelve su labor, sino también a una austeridad económica permanente y a la responsabilidad de ser cabeza del hogar.

Ser limpiadora de calzado, significa para María todo un desarrollo personal con el cual reconoce en sí misma todo el empeño que realiza para salir adelante, “Ser boleadora para mi es motivo de orgullo. Me ha permitido conocer en su mayoría personas muy buenas, pero sobre todo me ha ayudado a que nunca falte un plato de comida en casa. A pesar del sol, de las lluvias, de lo cansado que es estar sentada a los pies de las personas, es un oficio que amo. Agradezco seguir aprendiendo y tener la oportunidad de sacarle brillo a los zapatos de las personas que me ayudan a sobrevivir dándome trabajo”, finalizó.

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