/ domingo 12 de agosto de 2018

Opinión

LAS CINTAS AMARILLAS

Corría el tren por la vía, en busca de las estaciones que se acercaban sin cesar. Entre el bullicio que había entre el pasillo, nadie se fijó en un joven que estaba sentado, con el rostro entre las manos. Cuando levantaba el rostro, se veían en él las huellas de la tristeza, el desencanto y la preocupación. Después de varias estaciones, un anciano que estaba sentado frente a él, se animó a preguntarle cuál era el motivo de su turbación.

-Verá, -dijo el joven- siendo adolescente era muy rebelde y no hice caso a mi madre que me aconsejaba a dejar las malas compañías. En una de mis peleas, le quité la vida a una persona. Fui juzgado y condenado a diez años de cárcel; mi sentencia la tuve que purgar en un presidio lejos de mi casa. Nadie me escribió durante ese tiempo, y todas las cartas que envié no tuvieron respuesta. Unos meses atrás, cuando supe la fecha de mi liberación, le escribí a mi madre una carta. En ella decía:

“Querida mamá, sé que has sufrido mucho por mi causa en estos diez años; sé que he sido un mal hijo y entiendo tu silencio al no querer comunicarte conmigo. Dentro de unos meses voy a estar libre y quisiera regresar a casa. No sé si me estarás esperando, por lo cual te ruego que me des una señal de que me aceptarás. ¿Te acuerdas del peral que hay en la estación de trenes? -Yo voy a comprar un pasaje que vaya más allá de nuestro pueblo. Si tú me perdonaste y aceptas mi regreso, te ruego le pongas una cinta amarilla a ese peral, entonces, yo al verlo me bajaré. Si es que no aceptas mi regreso, al no ver la cinta amarilla en el árbol, seguiré de largo y nunca más te molestaré”.

Esta es mi historia, señor, y quisiera pedirle un favor. ¿Podría decirme usted, si en la próxima estación ve el árbol con la cinta amarilla? Tengo tanto miedo que no me animo a hacerlo yo. El silencio sólo quedó interrumpido por los sollozos del joven. El tren fue avanzando, acercándose cada vez más a la estación.

De repente, el señor que estaba enfrente gritó lleno de júbilo: -¡Joven, joven, mire! Alzando los ojos surcados por las lágrimas, el joven contempló el espectáculo más hermoso que podían ver sus ojos. ¡No solo el peral, sino todos los árboles del pueblo, estaban llenos de cintas amarillas!

Esta hermosa reflexión, que hoy entrega “El Sol de San Luis” a sus fieles lectores, la cual forma parte de las compilaciones del padre Fernando Castro Villanueva, retrata fielmente el real, puro y sagrado amor de una madre, quién sin condición alguna perdona todas las faltas de sus amados hijos.

Así son las verdaderas madres, incluso, al ver en peligro a sus cachorros pelean cual leonas hasta la muerte, contra quien se atreva a lastimarlos. Por eso Dios al crear a la mujer dijo: -Esta es mi Creación Perfecta. Yo mismo experimentaré sus mejores dones porque pondré a mi Hijo entre sus manos. El Hijo de Dios, que murió en la Cruz para salvar de las fuerzas del mal a la humanidad.


Comentarios: altagracia_155@hotmail.com

LAS CINTAS AMARILLAS

Corría el tren por la vía, en busca de las estaciones que se acercaban sin cesar. Entre el bullicio que había entre el pasillo, nadie se fijó en un joven que estaba sentado, con el rostro entre las manos. Cuando levantaba el rostro, se veían en él las huellas de la tristeza, el desencanto y la preocupación. Después de varias estaciones, un anciano que estaba sentado frente a él, se animó a preguntarle cuál era el motivo de su turbación.

-Verá, -dijo el joven- siendo adolescente era muy rebelde y no hice caso a mi madre que me aconsejaba a dejar las malas compañías. En una de mis peleas, le quité la vida a una persona. Fui juzgado y condenado a diez años de cárcel; mi sentencia la tuve que purgar en un presidio lejos de mi casa. Nadie me escribió durante ese tiempo, y todas las cartas que envié no tuvieron respuesta. Unos meses atrás, cuando supe la fecha de mi liberación, le escribí a mi madre una carta. En ella decía:

“Querida mamá, sé que has sufrido mucho por mi causa en estos diez años; sé que he sido un mal hijo y entiendo tu silencio al no querer comunicarte conmigo. Dentro de unos meses voy a estar libre y quisiera regresar a casa. No sé si me estarás esperando, por lo cual te ruego que me des una señal de que me aceptarás. ¿Te acuerdas del peral que hay en la estación de trenes? -Yo voy a comprar un pasaje que vaya más allá de nuestro pueblo. Si tú me perdonaste y aceptas mi regreso, te ruego le pongas una cinta amarilla a ese peral, entonces, yo al verlo me bajaré. Si es que no aceptas mi regreso, al no ver la cinta amarilla en el árbol, seguiré de largo y nunca más te molestaré”.

Esta es mi historia, señor, y quisiera pedirle un favor. ¿Podría decirme usted, si en la próxima estación ve el árbol con la cinta amarilla? Tengo tanto miedo que no me animo a hacerlo yo. El silencio sólo quedó interrumpido por los sollozos del joven. El tren fue avanzando, acercándose cada vez más a la estación.

De repente, el señor que estaba enfrente gritó lleno de júbilo: -¡Joven, joven, mire! Alzando los ojos surcados por las lágrimas, el joven contempló el espectáculo más hermoso que podían ver sus ojos. ¡No solo el peral, sino todos los árboles del pueblo, estaban llenos de cintas amarillas!

Esta hermosa reflexión, que hoy entrega “El Sol de San Luis” a sus fieles lectores, la cual forma parte de las compilaciones del padre Fernando Castro Villanueva, retrata fielmente el real, puro y sagrado amor de una madre, quién sin condición alguna perdona todas las faltas de sus amados hijos.

Así son las verdaderas madres, incluso, al ver en peligro a sus cachorros pelean cual leonas hasta la muerte, contra quien se atreva a lastimarlos. Por eso Dios al crear a la mujer dijo: -Esta es mi Creación Perfecta. Yo mismo experimentaré sus mejores dones porque pondré a mi Hijo entre sus manos. El Hijo de Dios, que murió en la Cruz para salvar de las fuerzas del mal a la humanidad.


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