/ domingo 29 de octubre de 2023

"La Maltos", una mujer que escapó de su destino

Se dice que además de contar con un gran poder político y económico, paradójicamente solía practicar la hechicería y la magia negra

Cuenta esta leyenda potosina que en el lugar en el que está construido el edificio monumental Ipiña, antiguamente se encontraban ubicadas las mazmorras y la sede del Santo Oficio de la Inquisición de la Nueva España en San Luis Potosí; y que dicha institución, en alguna época, fue dirigida extraoficialmente por una enigmática mujer conocida como “La Maltos”, de quien se dice que además de contar con un gran poder político y económico, paradójicamente solía practicar la hechicería y la magia negra.

Cuentan que era tal su autoridad dentro del infame tribunal, que acostumbraba a torturar cruelmente, a veces hasta la muerte, a las personas que tenían la desgracia de ser acusadas de alguna conducta penada por la Inquisición, y que en repetidas ocasiones era ella misma quien las denunciaba, convirtiéndose así en juez y verdugo de aquellos infelices.

Se dice que en una ocasión, llevada por su insaciable sed de poder, acusó, juzgó, torturó y ejecutó a dos prominentes personajes integrantes de una de las familias más poderosas de la Nueva España; por lo que el virrey, al verse presionado por las más altas esferas de la sociedad, no tuvo más remedio que ordenar la aprehensión y posterior ejecución de “La Maltos”.

De inmediato, las autoridades locales enviaron a un pelotón de soldados a la casa de la hechicera para arrestarla y conducirla a la prisión, de donde salió tiempo después para ser juzgada y sentenciada a morir.

El día señalado para la ejecución, “La Maltos” fue llevada a la Plaza Pública, misma que actualmente es conocida como la Plaza Fundadores, en cuyo centro se construyó un patíbulo para complementar la sentencia ante la población potosina que para la ocasión se congregó en el lugar.

Una vez que le fueron leídos los cargos de los que se le acusaba, así como la sentencia dictada por el juez, se le informó que se le concedería un último deseo antes de ser ejecutada.

Aceptando su destino y con tristeza, la prisionera pidió que se le permitiera realizar una pintura en la pared de su habitación para que fuera recordada por todo aquel que la contemplara.

Accediendo a su petición, el tribunal ordenó que fuera escoltada a sus aposentos; y, al llegar ahí, la sentenciada empezó a pintar en una de las paredes un majestuoso carruaje tirado por dos hermosos corceles negros.

Al terminar su obra y de manera muy veloz, profirió un conjuro que hizo que el carruaje y los caballos cobraran vida, ante la mirada atónita de los guardias que, ante la impresión de la macabra aparición, quedaron paralizados de terror, sin poder evitar que la condenada abordara la infernal carroza y, emitiendo una diabólica carcajada, huyera atravesando las paredes al atronador galope de aquellas bestias negras.

Desde ese día, nunca más se volvió a saber algo de “La Maltos”; sin embargo, hay quienes aseguran que en el lugar que ahora ocupa el edificio Ipiña, todavía se puede escuchar por las noches el eco lejano del galopar de caballos, arrastrando un carruaje, además de la risa burlona y espeluznante de “La Maltos”.

Cuenta esta leyenda potosina que en el lugar en el que está construido el edificio monumental Ipiña, antiguamente se encontraban ubicadas las mazmorras y la sede del Santo Oficio de la Inquisición de la Nueva España en San Luis Potosí; y que dicha institución, en alguna época, fue dirigida extraoficialmente por una enigmática mujer conocida como “La Maltos”, de quien se dice que además de contar con un gran poder político y económico, paradójicamente solía practicar la hechicería y la magia negra.

Cuentan que era tal su autoridad dentro del infame tribunal, que acostumbraba a torturar cruelmente, a veces hasta la muerte, a las personas que tenían la desgracia de ser acusadas de alguna conducta penada por la Inquisición, y que en repetidas ocasiones era ella misma quien las denunciaba, convirtiéndose así en juez y verdugo de aquellos infelices.

Se dice que en una ocasión, llevada por su insaciable sed de poder, acusó, juzgó, torturó y ejecutó a dos prominentes personajes integrantes de una de las familias más poderosas de la Nueva España; por lo que el virrey, al verse presionado por las más altas esferas de la sociedad, no tuvo más remedio que ordenar la aprehensión y posterior ejecución de “La Maltos”.

De inmediato, las autoridades locales enviaron a un pelotón de soldados a la casa de la hechicera para arrestarla y conducirla a la prisión, de donde salió tiempo después para ser juzgada y sentenciada a morir.

El día señalado para la ejecución, “La Maltos” fue llevada a la Plaza Pública, misma que actualmente es conocida como la Plaza Fundadores, en cuyo centro se construyó un patíbulo para complementar la sentencia ante la población potosina que para la ocasión se congregó en el lugar.

Una vez que le fueron leídos los cargos de los que se le acusaba, así como la sentencia dictada por el juez, se le informó que se le concedería un último deseo antes de ser ejecutada.

Aceptando su destino y con tristeza, la prisionera pidió que se le permitiera realizar una pintura en la pared de su habitación para que fuera recordada por todo aquel que la contemplara.

Accediendo a su petición, el tribunal ordenó que fuera escoltada a sus aposentos; y, al llegar ahí, la sentenciada empezó a pintar en una de las paredes un majestuoso carruaje tirado por dos hermosos corceles negros.

Al terminar su obra y de manera muy veloz, profirió un conjuro que hizo que el carruaje y los caballos cobraran vida, ante la mirada atónita de los guardias que, ante la impresión de la macabra aparición, quedaron paralizados de terror, sin poder evitar que la condenada abordara la infernal carroza y, emitiendo una diabólica carcajada, huyera atravesando las paredes al atronador galope de aquellas bestias negras.

Desde ese día, nunca más se volvió a saber algo de “La Maltos”; sin embargo, hay quienes aseguran que en el lugar que ahora ocupa el edificio Ipiña, todavía se puede escuchar por las noches el eco lejano del galopar de caballos, arrastrando un carruaje, además de la risa burlona y espeluznante de “La Maltos”.

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