/ miércoles 16 de mayo de 2018

Destruyen la última esperanza de paz en Oriente Medio

La realpolitik extrema de Trump y Netanyahu dictan un panorama oscuro por la violencia en Gaza

La última esperanza que existía de salvar la paz en Oriente Medio se extinguió el lunes pasado -ahogada en sangre- con el traslado de la embajada norteamericana a Jerusalén y la represión de las manifestaciones en Gaza que provocaron 58 muertos y 2 mil 700 heridos.

Como si fuera una tragedia shakesperiana, se conoce el inspirador y el móvil común, pero nadie es capaz de predecir las dimensiones que tendrá el veredicto de la historia.

Donald Trump fue quien puso en marcha esa dinámica infernal desde su trono imperial, hechizado por las prestidigitaciones de Benjamin Netanyahu y aconsejado por los principales “halcones” del gobierno norteamericano: el nuevo secretario de Estado, Mike Pompeo; el director de Seguridad Nacional, John Bolton, y el yerno del presidente, Jared Kushner.

El primer ministro israelí, precisamente, fue el que transformó un gesto político grave -como es el traslado de la embajada a Jerusalén, ciudad santa para las tres religiones monoteístas- en una ceremonia grotesca que tuvo el valor de una provocación para los palestinos: una fiesta para celebrar los 70 años de una ocupación que no es precisamente gloriosa y que, desde 1948, es el principal factor de inestabilidad regional.

Para completar el cuadro de infortunios, Netanyahu provocó un auténtico baño de sangre en Gaza. Las protestas de los palestinos, que desde 2007 se sienten encerrados como animales detrás de la barrera metálica que rodea todo el territorio, no parecían constituir una amenaza vital para la seguridad de Israel. De otro modo, no se comprende el “resultado” de los incidentes del lunes: frente a los 58 muertos en Gaza, no hubo ni siquiera un herido israelí.

Como si la muerte de 58 personas no hubiera sido suficiente, el gobierno israelí amenazó con “liquidar” a los principales líderes del movimiento palestino Hamas, considerado como responsable de la rebelión. A un pueblo ocupado, ¿se le puede negar el derecho de protesta y, al mismo tiempo, rehusar toda forma de diálogo?

Porque, en definitiva, ese es el fondo del problema.

La Autoridad Palestina que dirige Mahmud Abbas y Hamas en particular habían lanzado en las últimas semanas diversos globos de ensayo para sondear las posibilidades de una negociación. “Si hay un medio de resolver pacíficamente el conflicto [con Israel] sin causar destrucciones, eso nos conviene perfectamente”, había declarado el jueves pasado Yahya Sinuar, número dos y verdadero hombre fuerte de Hamas en una conferencia de prensa especialmente convocada en Gaza para divulgar esa propuesta.

Independientemente de la responsabilidad que ha podido tener la conducción del movimiento en las explosiones de ira que comenzaron el 30 de marzo, parece evidente que la dirección de Hamas está perdiendo el control de un sector de la juventud asfixiado por 11 años de bloqueo económico que agravaron la pobreza hasta el borde de la miseria.

“Gaza es como un tigre hambriento que pasó 11 años enjaulado, que fue humillado por Israel y que terminó por escaparse […] Nadie sabe qué va a hacer”, advirtió Yaya Sinuar.

Hasta la masacre el lunes, Hamas y la Autoridad Palestina esperaban que Trump y Netanyahu promovieran una iniciativa de paz que incluyera medidas para aliviar las condiciones de vida en Gaza. En los últimos días, incluso la prensa israelí evocó la existencia de contactos indirectos entre Hamas e Israel para concluir una tregua a largo plazo por 10 o 15 años. ¿Por qué Estados Unidos e Israel desdeñaron esa perspectiva?

La respuesta es que, probablemente, Trump y Netanyahu están hechos de la misma madera. Los dos hombres, que practican una forma extrema de realpolitik -despiadada, cínica y sin ideología- actúan sin ninguna consideración por las consecuencias que pueden tener sus decisiones en materia internacional. Trump estuvo a punto de ir a la guerra con Corea del Norte antes de aceptar -casi sin transición- una cumbre con Kim Jong-un. Netanyahu, con la complicidad de su aliado en la Casa Blanca, está calibrando si puede atacar a Irán. Ambos, acosados por múltiples escándalos judiciales, creen por lo demás que la pirotecnia de victorias espectaculares en el plano interno puede asegurarles la supervivencia en el poder y eventualmente la reelección.

En el mes de ramadán que se abre en las próximas horas en el mundo musulmán -período tradicionalmente propicio para todos los desbordes- es difícil imaginar en ese contexto un soplo de moderación o de sensatez.

La última esperanza que existía de salvar la paz en Oriente Medio se extinguió el lunes pasado -ahogada en sangre- con el traslado de la embajada norteamericana a Jerusalén y la represión de las manifestaciones en Gaza que provocaron 58 muertos y 2 mil 700 heridos.

Como si fuera una tragedia shakesperiana, se conoce el inspirador y el móvil común, pero nadie es capaz de predecir las dimensiones que tendrá el veredicto de la historia.

Donald Trump fue quien puso en marcha esa dinámica infernal desde su trono imperial, hechizado por las prestidigitaciones de Benjamin Netanyahu y aconsejado por los principales “halcones” del gobierno norteamericano: el nuevo secretario de Estado, Mike Pompeo; el director de Seguridad Nacional, John Bolton, y el yerno del presidente, Jared Kushner.

El primer ministro israelí, precisamente, fue el que transformó un gesto político grave -como es el traslado de la embajada a Jerusalén, ciudad santa para las tres religiones monoteístas- en una ceremonia grotesca que tuvo el valor de una provocación para los palestinos: una fiesta para celebrar los 70 años de una ocupación que no es precisamente gloriosa y que, desde 1948, es el principal factor de inestabilidad regional.

Para completar el cuadro de infortunios, Netanyahu provocó un auténtico baño de sangre en Gaza. Las protestas de los palestinos, que desde 2007 se sienten encerrados como animales detrás de la barrera metálica que rodea todo el territorio, no parecían constituir una amenaza vital para la seguridad de Israel. De otro modo, no se comprende el “resultado” de los incidentes del lunes: frente a los 58 muertos en Gaza, no hubo ni siquiera un herido israelí.

Como si la muerte de 58 personas no hubiera sido suficiente, el gobierno israelí amenazó con “liquidar” a los principales líderes del movimiento palestino Hamas, considerado como responsable de la rebelión. A un pueblo ocupado, ¿se le puede negar el derecho de protesta y, al mismo tiempo, rehusar toda forma de diálogo?

Porque, en definitiva, ese es el fondo del problema.

La Autoridad Palestina que dirige Mahmud Abbas y Hamas en particular habían lanzado en las últimas semanas diversos globos de ensayo para sondear las posibilidades de una negociación. “Si hay un medio de resolver pacíficamente el conflicto [con Israel] sin causar destrucciones, eso nos conviene perfectamente”, había declarado el jueves pasado Yahya Sinuar, número dos y verdadero hombre fuerte de Hamas en una conferencia de prensa especialmente convocada en Gaza para divulgar esa propuesta.

Independientemente de la responsabilidad que ha podido tener la conducción del movimiento en las explosiones de ira que comenzaron el 30 de marzo, parece evidente que la dirección de Hamas está perdiendo el control de un sector de la juventud asfixiado por 11 años de bloqueo económico que agravaron la pobreza hasta el borde de la miseria.

“Gaza es como un tigre hambriento que pasó 11 años enjaulado, que fue humillado por Israel y que terminó por escaparse […] Nadie sabe qué va a hacer”, advirtió Yaya Sinuar.

Hasta la masacre el lunes, Hamas y la Autoridad Palestina esperaban que Trump y Netanyahu promovieran una iniciativa de paz que incluyera medidas para aliviar las condiciones de vida en Gaza. En los últimos días, incluso la prensa israelí evocó la existencia de contactos indirectos entre Hamas e Israel para concluir una tregua a largo plazo por 10 o 15 años. ¿Por qué Estados Unidos e Israel desdeñaron esa perspectiva?

La respuesta es que, probablemente, Trump y Netanyahu están hechos de la misma madera. Los dos hombres, que practican una forma extrema de realpolitik -despiadada, cínica y sin ideología- actúan sin ninguna consideración por las consecuencias que pueden tener sus decisiones en materia internacional. Trump estuvo a punto de ir a la guerra con Corea del Norte antes de aceptar -casi sin transición- una cumbre con Kim Jong-un. Netanyahu, con la complicidad de su aliado en la Casa Blanca, está calibrando si puede atacar a Irán. Ambos, acosados por múltiples escándalos judiciales, creen por lo demás que la pirotecnia de victorias espectaculares en el plano interno puede asegurarles la supervivencia en el poder y eventualmente la reelección.

En el mes de ramadán que se abre en las próximas horas en el mundo musulmán -período tradicionalmente propicio para todos los desbordes- es difícil imaginar en ese contexto un soplo de moderación o de sensatez.

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