/ domingo 2 de mayo de 2021

La desigualdad golpea en 250 viviendas por Bachoco

Mujeres en su mayoría son las jefas del hogar. “No es fácil vivir aquí entre la pobreza y la delincuencia. No tenemos luz, ni servicios básicos; Lo único bueno es que, entre puras mujeres sabemos defendernos y nos hacemos fuertes entre todas”

En medio de algunos lotes baldíos y de las vías del tren que se escuchan chirriar al ritmo de silbato de las locomotoras que recorren la zona oriente de la capital, se encuentra una zona de extrema pobreza aledaña a la empresa Bachoco, de ahí toma su nombre. Un sitio donde la desigualdad golpea de frente a cualquiera.

Casas de madera, lámina y cartón conforman algunos de los siete lotes que comprenden un total de 250 viviendas dirigidas en su mayoría por mujeres obreras, empleadas de limpieza y comerciantes.

Ellas son los rostros de la feminización de la pobreza oculta de San Luis Potosí; tildadas y señaladas -por muchos- de paracaidistas, llegaron a esta zona al ser despojadas de su único patrimonio, quienes buscando entre la pedacería lograron levantar de las ruinas un techo para poder dormir.

Muchas víctimas de la violencia, de la precariedad y del trabajo mal pagado, se vieron obligadas a llegar a esta zona que ahora consideran su único hogar. Sin muebles, ni lujos y algunas de ellas apenas con una mesa para servir la comida del día, subsisten trabajando jornadas de 12 por 12 horas en las fábricas de la zona, o bien, limpiando lujosas casas de áreas residenciales de la localidad.

Estas jefas de familia, forman parte del 42.4 % (según indica el Coneval) de mujeres pobres en el Estado. Mujeres que día con día enfrentan la vulnerabilidad generada por vivir en condiciones adversas que, se han ido agudizando por la falta de oportunidades.

La pobreza tiene nombre y apellido

Tal es el caso de Leticia de Jesús, quien se dedica a las labores de la limpieza del hogar, y quien además es apoyada por uno de sus tres hijos. Sin ingreso fijo, al desamparo y ante un escenario donde su alimentación, educación y atención médica como familia se ha modificado debido a la carencia de ingresos, hoy se aferra al sueño de poder cambiar su terrible realidad.

“Yo sé que pronto saldremos de esta. Llegamos a este lugar “Bachoco” hace siete meses, buscando un espacio donde vivir, porque con la llegada de la pandemia nos quedamos sin nada. Entonces recolectamos madera, cartón y algunas sábanas para hacer de ellas nuestro hogar.

No es fácil vivir aquí entre la pobreza y la delincuencia. Las vías del tren quedan a una muy poca distancia, hay migrantes, algunos malvivientes, no hay luz, ni servicios básicos. Lo único bueno es que, entre puras mujeres sabemos defendernos y nos hacemos fuertes entre todas”.

“La mayoría de las casas de por aquí son dirigidas por mujeres trabajadoras y cuando una no tiene que comer viene otra y la ayuda”.

Por otro lado, hay familias que sobrellevan la ausencia de sus madres y esposas pues, al trabajar jornadas completas, su presencia es casi nula dentro de sus hogares. Como la familia Hernández Hernández, donde María de 45 años labora como obrera y, desde temprana hora recorre todo un sendero de terracería para llegar a los ejes de la zona industrial y ser llevada a trabajar.

Su esposo Martín, quien vende paletas de hielo junto a su pequeña hija a las afueras de un pequeño cuarto de tres metros cuadrados, relata que su llegada fue repentina, pues las deudas y la falta de trabajo consumieron a su familia, y se vieron obligados a pedir alojo a las vecinas que conforman esta pequeña comuna.

“Me quedé sin trabajo desde hace cuatro meses, porque debido a una situación compleja de salud “me descansaron”. Hicimos hasta lo imposible por seguir manteniendo las prestaciones que me darían la oportunidad de tener una casita en un futuro, pero todo lo perdimos. Las deudas, la falta de trabajo nos consumieron. Hoy es mi esposa la que sale a trabajar, y yo laboro con quien me da la oportunidad”.

También las niñas y adolescentes son un punto clave en el desarrollo económico de estos hogares, pues muchas de ellas que al ser testigos de la adversidad y del hambre, se han puesto a trabajar junto a sus madres. Sus rostros reflejan el temor y la desconfianza que les ha provocado una sociedad indolente, que las ha dejado solas a la merced de un destino que lo único que tiene de cierto es la crudeza de la pobreza.

Karina, Mariana, Esperanza, así como otras jefas de familia de esa otredad desdibujada por muchos en San Luis Potosí, son el reflejo de una situación perjudicial que ha privado durante años a infinidad de mujeres a una vida digna.

Bachoco, durante años ha sido un sitio en el cual se puede diferenciar la condición social que aqueja a las familias que ahí residen, las cuales en su mayoría sobreviven con una percepción económica mensual que apenas ajusta los 1,800 pesos por familia. Dentro de su alimentación logran tener de una a dos comidas diarias la cual comparten para todos los integrantes de las familias que rondan entre las tres y hasta ocho personas por hogar. Comida que muchas veces les es otorgada por el Banco de Alimentos que se encuentra a unos metros de estos lotes de casas.

Entre el denso aroma de las fábricas de comida que se encuentran cercanas a la zona y los trenes en pausa que a lo lejos son tomados por migrantes, madres de familia van acompañadas de sus hijas para ir a trabajar y otras tantas se quedan atendiendo sus hogares, haciendo milagros para ajustar el gasto y la comida. Así es la zona a la que denominan Bachoco, donde la injusticia social va sobre la espalda de las mujeres que aquí residen.

En medio de algunos lotes baldíos y de las vías del tren que se escuchan chirriar al ritmo de silbato de las locomotoras que recorren la zona oriente de la capital, se encuentra una zona de extrema pobreza aledaña a la empresa Bachoco, de ahí toma su nombre. Un sitio donde la desigualdad golpea de frente a cualquiera.

Casas de madera, lámina y cartón conforman algunos de los siete lotes que comprenden un total de 250 viviendas dirigidas en su mayoría por mujeres obreras, empleadas de limpieza y comerciantes.

Ellas son los rostros de la feminización de la pobreza oculta de San Luis Potosí; tildadas y señaladas -por muchos- de paracaidistas, llegaron a esta zona al ser despojadas de su único patrimonio, quienes buscando entre la pedacería lograron levantar de las ruinas un techo para poder dormir.

Muchas víctimas de la violencia, de la precariedad y del trabajo mal pagado, se vieron obligadas a llegar a esta zona que ahora consideran su único hogar. Sin muebles, ni lujos y algunas de ellas apenas con una mesa para servir la comida del día, subsisten trabajando jornadas de 12 por 12 horas en las fábricas de la zona, o bien, limpiando lujosas casas de áreas residenciales de la localidad.

Estas jefas de familia, forman parte del 42.4 % (según indica el Coneval) de mujeres pobres en el Estado. Mujeres que día con día enfrentan la vulnerabilidad generada por vivir en condiciones adversas que, se han ido agudizando por la falta de oportunidades.

La pobreza tiene nombre y apellido

Tal es el caso de Leticia de Jesús, quien se dedica a las labores de la limpieza del hogar, y quien además es apoyada por uno de sus tres hijos. Sin ingreso fijo, al desamparo y ante un escenario donde su alimentación, educación y atención médica como familia se ha modificado debido a la carencia de ingresos, hoy se aferra al sueño de poder cambiar su terrible realidad.

“Yo sé que pronto saldremos de esta. Llegamos a este lugar “Bachoco” hace siete meses, buscando un espacio donde vivir, porque con la llegada de la pandemia nos quedamos sin nada. Entonces recolectamos madera, cartón y algunas sábanas para hacer de ellas nuestro hogar.

No es fácil vivir aquí entre la pobreza y la delincuencia. Las vías del tren quedan a una muy poca distancia, hay migrantes, algunos malvivientes, no hay luz, ni servicios básicos. Lo único bueno es que, entre puras mujeres sabemos defendernos y nos hacemos fuertes entre todas”.

“La mayoría de las casas de por aquí son dirigidas por mujeres trabajadoras y cuando una no tiene que comer viene otra y la ayuda”.

Por otro lado, hay familias que sobrellevan la ausencia de sus madres y esposas pues, al trabajar jornadas completas, su presencia es casi nula dentro de sus hogares. Como la familia Hernández Hernández, donde María de 45 años labora como obrera y, desde temprana hora recorre todo un sendero de terracería para llegar a los ejes de la zona industrial y ser llevada a trabajar.

Su esposo Martín, quien vende paletas de hielo junto a su pequeña hija a las afueras de un pequeño cuarto de tres metros cuadrados, relata que su llegada fue repentina, pues las deudas y la falta de trabajo consumieron a su familia, y se vieron obligados a pedir alojo a las vecinas que conforman esta pequeña comuna.

“Me quedé sin trabajo desde hace cuatro meses, porque debido a una situación compleja de salud “me descansaron”. Hicimos hasta lo imposible por seguir manteniendo las prestaciones que me darían la oportunidad de tener una casita en un futuro, pero todo lo perdimos. Las deudas, la falta de trabajo nos consumieron. Hoy es mi esposa la que sale a trabajar, y yo laboro con quien me da la oportunidad”.

También las niñas y adolescentes son un punto clave en el desarrollo económico de estos hogares, pues muchas de ellas que al ser testigos de la adversidad y del hambre, se han puesto a trabajar junto a sus madres. Sus rostros reflejan el temor y la desconfianza que les ha provocado una sociedad indolente, que las ha dejado solas a la merced de un destino que lo único que tiene de cierto es la crudeza de la pobreza.

Karina, Mariana, Esperanza, así como otras jefas de familia de esa otredad desdibujada por muchos en San Luis Potosí, son el reflejo de una situación perjudicial que ha privado durante años a infinidad de mujeres a una vida digna.

Bachoco, durante años ha sido un sitio en el cual se puede diferenciar la condición social que aqueja a las familias que ahí residen, las cuales en su mayoría sobreviven con una percepción económica mensual que apenas ajusta los 1,800 pesos por familia. Dentro de su alimentación logran tener de una a dos comidas diarias la cual comparten para todos los integrantes de las familias que rondan entre las tres y hasta ocho personas por hogar. Comida que muchas veces les es otorgada por el Banco de Alimentos que se encuentra a unos metros de estos lotes de casas.

Entre el denso aroma de las fábricas de comida que se encuentran cercanas a la zona y los trenes en pausa que a lo lejos son tomados por migrantes, madres de familia van acompañadas de sus hijas para ir a trabajar y otras tantas se quedan atendiendo sus hogares, haciendo milagros para ajustar el gasto y la comida. Así es la zona a la que denominan Bachoco, donde la injusticia social va sobre la espalda de las mujeres que aquí residen.

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