/ jueves 16 de mayo de 2019

Brigadistas, 29 días sofocando el fuego en la sierra de San Miguelito

La impotencia es el sentimiento que más abruma. Caminar entre cenizas, entre vegetación aún humeante. Luego mirar hacia atrás y ver todo el paisaje en blanco y negro, como fotografía antigua

El olor a quemado es irritante, aún con tapabocas. Los pies se sumergen en la bruma generada por la vegetación calcinada y aún humeante, sin posibilidad de ver dónde se pisa, pero hay que avanzar.

Los brigadistas suben y atraviesan la Sierra de San Miguelito, bien equipados, con palas, picos, y azadones. Hay que caminar varias horas para llegar a las áreas donde todavía hay brotes de incendio.

Foto: León Martínez

Algunos se quedan a medio camino, quizá los voluntarios sin preparación, sin condición física; los brigadistas como los de Protección Civil Municipal, los de Conafor o los elementos del ejército o policías, avanzan con más facilidad. Muchos de ellos llevan recorriendo la sierra diariamente desde hace 29 días que inició el siniestro.

Algunos se entretienen en remover cenizas, otro apagan algunas humaredas; detrás de ello el equipo médico, al pendiente de cualquier incidente que sufran, una resbalón, alguna herida cortante, alguna quemadura. O insolación.

Es muchísima gente la que se ve en un ir y venir de la sierra, mientras los helicópteros dan vuelta tras vuelta acarreando el agua que derraman en puntos estratégicos, donde aún se ven llamas o emerge humo.

Solamente Protección Civil trabaja con 17 personas operativas involucradas en el combate al incendio, pero también coordina más de un centenar de brigadistas voluntarios. Y no se reconoce a nadie

Todos con sombrero, gorras, pañuelos atados a la cabeza, tapabocas, lentes oscuros, y la ropa sucia

Otros apoyantes: personas que llegan con víveres para dejarlos a disposición de los brigadistas: Agua, bebidas energízantes, alimentos o equipo, como guantes, tapabocas, lentes de protección y hasta cachuchas.

Algunos voluntarios se quejan. “¿No hay otra cosa que no sea atún?”, y hurgan entre los alimentos. Las latas de chile son como un tesoro: “¡¡¡Mira, aquí hay chilitos en vinagre…!!!"

Tortas, emparedados, galletas y hasta golosinas son peleadas. Un descanso mientras el cuerpo se vuelve a llenar de energía, y rato después, de regreso a la escarpada sierra.

Las caídas son frecuentes, algunas con consecuencias. Pero ahí está el equipo médico siempre atento.

Todos los brigadistas están metidos en su trabajo, algunos bromean con sus compañeros mientras escarban, o remueven cenizas. “¿Qué, no se te antoja ahorita una carnita asada…?".

Y es que el olor a leña quemada es penetrante, que terminan odiándolo.

¿Y los sonidos de la sierra?

A veces hay un total silencio, cuando se está cerca de las áreas todavía con el fuego vivo

A veces hay un crepitar de la flora quemándose, como un quejido, como un grito, luego hay silencio.

De vez en cuando, hay sonidos de la fauna que aún se niega a abandonar la zona, trinos de pájaros. Una liebre se atraviesa rápidamente al paso de los brigadistas.

La impotencia es el sentimiento que más abruma. Caminar entre cenizas, entre vegetación aún humeante. Luego mirar hacia atrás y ver todo el paisaje en blanco y negro, como fotografía antigua.

Y el aire. Las ráfagas de viento que al paso de las horas se hacen más constantes y que dificultan los trabajos para sofocar el incendio forestal, porque cambian la dirección en la que camina el fuego.

Tengan cuidado, que no queden atrapados, que no los rodee el fuego, piden a los voluntarios.

Y es que a veces el viento cambia de dirección, como retando a los brigadistas.

Es solamente una jornada de las 29 que han trabajado hasta ahora. El incendio forestal en la sierra de San Miguelito aún no termina, pero los brigadistas siguen empeñados en sofocarlos al cien por ciento.


Foto: León Martínez

Hay alegría, entusiasmo, cuando parece que se cumplió la meta en un área. Luego bajan a descansar, pero el trabajo sigue: “Ahí hay una fumarola, hay lumbre…¡¡¡vamos!!!!"

Y la historia diaria se repite, una y otra vez, aunque el brigadista ya no dé más de sí.


Leer también en El Sol de San Luis

El olor a quemado es irritante, aún con tapabocas. Los pies se sumergen en la bruma generada por la vegetación calcinada y aún humeante, sin posibilidad de ver dónde se pisa, pero hay que avanzar.

Los brigadistas suben y atraviesan la Sierra de San Miguelito, bien equipados, con palas, picos, y azadones. Hay que caminar varias horas para llegar a las áreas donde todavía hay brotes de incendio.

Foto: León Martínez

Algunos se quedan a medio camino, quizá los voluntarios sin preparación, sin condición física; los brigadistas como los de Protección Civil Municipal, los de Conafor o los elementos del ejército o policías, avanzan con más facilidad. Muchos de ellos llevan recorriendo la sierra diariamente desde hace 29 días que inició el siniestro.

Algunos se entretienen en remover cenizas, otro apagan algunas humaredas; detrás de ello el equipo médico, al pendiente de cualquier incidente que sufran, una resbalón, alguna herida cortante, alguna quemadura. O insolación.

Es muchísima gente la que se ve en un ir y venir de la sierra, mientras los helicópteros dan vuelta tras vuelta acarreando el agua que derraman en puntos estratégicos, donde aún se ven llamas o emerge humo.

Solamente Protección Civil trabaja con 17 personas operativas involucradas en el combate al incendio, pero también coordina más de un centenar de brigadistas voluntarios. Y no se reconoce a nadie

Todos con sombrero, gorras, pañuelos atados a la cabeza, tapabocas, lentes oscuros, y la ropa sucia

Otros apoyantes: personas que llegan con víveres para dejarlos a disposición de los brigadistas: Agua, bebidas energízantes, alimentos o equipo, como guantes, tapabocas, lentes de protección y hasta cachuchas.

Algunos voluntarios se quejan. “¿No hay otra cosa que no sea atún?”, y hurgan entre los alimentos. Las latas de chile son como un tesoro: “¡¡¡Mira, aquí hay chilitos en vinagre…!!!"

Tortas, emparedados, galletas y hasta golosinas son peleadas. Un descanso mientras el cuerpo se vuelve a llenar de energía, y rato después, de regreso a la escarpada sierra.

Las caídas son frecuentes, algunas con consecuencias. Pero ahí está el equipo médico siempre atento.

Todos los brigadistas están metidos en su trabajo, algunos bromean con sus compañeros mientras escarban, o remueven cenizas. “¿Qué, no se te antoja ahorita una carnita asada…?".

Y es que el olor a leña quemada es penetrante, que terminan odiándolo.

¿Y los sonidos de la sierra?

A veces hay un total silencio, cuando se está cerca de las áreas todavía con el fuego vivo

A veces hay un crepitar de la flora quemándose, como un quejido, como un grito, luego hay silencio.

De vez en cuando, hay sonidos de la fauna que aún se niega a abandonar la zona, trinos de pájaros. Una liebre se atraviesa rápidamente al paso de los brigadistas.

La impotencia es el sentimiento que más abruma. Caminar entre cenizas, entre vegetación aún humeante. Luego mirar hacia atrás y ver todo el paisaje en blanco y negro, como fotografía antigua.

Y el aire. Las ráfagas de viento que al paso de las horas se hacen más constantes y que dificultan los trabajos para sofocar el incendio forestal, porque cambian la dirección en la que camina el fuego.

Tengan cuidado, que no queden atrapados, que no los rodee el fuego, piden a los voluntarios.

Y es que a veces el viento cambia de dirección, como retando a los brigadistas.

Es solamente una jornada de las 29 que han trabajado hasta ahora. El incendio forestal en la sierra de San Miguelito aún no termina, pero los brigadistas siguen empeñados en sofocarlos al cien por ciento.


Foto: León Martínez

Hay alegría, entusiasmo, cuando parece que se cumplió la meta en un área. Luego bajan a descansar, pero el trabajo sigue: “Ahí hay una fumarola, hay lumbre…¡¡¡vamos!!!!"

Y la historia diaria se repite, una y otra vez, aunque el brigadista ya no dé más de sí.


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