/ jueves 2 de diciembre de 2021

Ana, vivió una vida llena de agresiones

Un día le puso fin, y pasó siete años en la cárcel, de la que dice “fue entrar a otro campo de batalla, es horrible”

Anita recibió el miércoles por la mañana el documento oficial que garantiza su liberación condicional, después de siete años de estar privada de su libertad en el Centro de Reinserción Social de La Pila.

Ella, como muchas otras mujeres que hoy se encuentran purgando condenas dentro de este sistema penitenciario, compartió su historia, una, repleta de violencia e injusticia social.

Justo cuando comenzó a hablar, el rimel de Ana ya había manchado un poco las comisuras de sus ojos, aquellos que miraron durante años el cielo a través del alambrado del CERESO.

Una riña con su hermano terminó en homicidio, y desde ese entonces los pasillos y muros de concreto frío de ese lugar se convirtieron en su casa, en su hogar.

Ana recordó cómo a sus 22 años, soportó una gran cantidad de violencia de manera silenciosa, ejercida no sólo por su pareja, sino también por su hermano.

Al tratar de contar su historia Ana lloró entre el desconsuelo y la alegría de saberse libre a sus ahora 29 años de edad.

Sin embargo, se siente arrepentida y se culpa de no haber tenido la fuerza de "tolerar" el maltrato de los hombres de su vida.

"Yo maté a mi hermano en una riña", expresó a través de un cubrebocas que escondía un rostro que ya no es el mismo, ni para ella ni para su familia.

"El homicidio contra mi hermano sucedió por una riña familiar. La situación se descontroló. Yo venía cargando años de maltrato y en esa ocasión, decidí ponerle fin a ese ciclo. Tal vez no era la manera, me descontrolé y se me fue de las manos, lo acepto. Pero ya quería acabar con todo eso que me venía persiguiendo, la violencia", compartió.

Ana platicó cómo en plena adolescencia conoció a su ex pareja y cómo a sus cortos 15 años de vida se vio envuelta en una relación repleta de sometimientos y abusos.

Sin experiencia, aguantó años de maltrato que la llevaron a una espiral dónde convirtió la violencia en su propia narrativa personal, sin escape, sin ayuda, sin poder pedir auxilio a una persona.

Hizo frente también, a un fenómeno de estigmatización por parte de su familia, quien en su momento desconoció cómo poder ayudarla a salir de esa vida repleta de agresiones.

"Yo no quería escuchar, no entendí en su momento los regaños de mi madre. Yo sólo quería que me entendieran. Sabía que iba a terminar mal , pero no hice caso. La violencia que viví con mi pareja, se convirtió en mi maldición", expresó Ana.

Después de ese incidente que marcó de por vida a Ana y a su familia, ella fue llevada al CERESO imputada por el delito de homicidio en Riña.

Tras las rejas, junto a otras mujeres que no conocía, enfrentó otra realidad, el prejuicio por ser una mujer encarcelada.

En medio del olvido, construyó otra familia, otros amigos, otro refugio. También se motivó a cambiar aspectos de si misma y comenzó a construir otra Ana.

"Fue difícil mi llegada aquí. Estar encerrada y extrañar a mi familia. Pero sabía que tenía que pagar por lo que hice. Así es la ley. Hice muchas amigas y me obligué a terminar la secundaria, de otra forma no lo hubiera logrado", mencionó.

La vida en la cárcel es complicada, reiteró Ana, en muchas ocasiones. No todo es complicidad, ni compañerismo. No hay vida tranquila adentro de aquel sitio.

Ana platicó que estar dentro del CERESO, fue entrar también a otro campo de batalla.

"Es horrible estar ahí adentro, pero una aprende a sobrellevarlo. No todas son buenas, pero tampoco son totalmente malas. Cada una carga su historia y eso en ocasiones nos hace estar a la defensiva, ser agresivas para defender lo poquito que uno tiene aquí. Es una sobre vivencia tan burda que, en ocasiones te sientes desesperada por huir".

La historia de Ana, caracteriza un perfil común entre todas las compañeras que la acompañan, la violencia machista que las orilla a delinquir de alguna u otra forma para defenderse o poner fin al menoscabo de la que también son víctimas.

Ahora que es libre y en sus manos lleva la carta de su liberación, esperaba ver a su familia pero al parecer nunca llegó.

Su nerviosismo fue evidente, estaba contenta de salir, renacer, de volver a ser una mujer entera y sin ataduras.

"Ojalá que muchas mujeres conozcan mi historia y sepan que no están solas. La violencia nos hace también cometer errores, no dejemos que eso pase. Y a las familias, entender y acompañar es primordial nunca abandonen a sus hijas, no estamos solas", señaló.

Anita recibió el miércoles por la mañana el documento oficial que garantiza su liberación condicional, después de siete años de estar privada de su libertad en el Centro de Reinserción Social de La Pila.

Ella, como muchas otras mujeres que hoy se encuentran purgando condenas dentro de este sistema penitenciario, compartió su historia, una, repleta de violencia e injusticia social.

Justo cuando comenzó a hablar, el rimel de Ana ya había manchado un poco las comisuras de sus ojos, aquellos que miraron durante años el cielo a través del alambrado del CERESO.

Una riña con su hermano terminó en homicidio, y desde ese entonces los pasillos y muros de concreto frío de ese lugar se convirtieron en su casa, en su hogar.

Ana recordó cómo a sus 22 años, soportó una gran cantidad de violencia de manera silenciosa, ejercida no sólo por su pareja, sino también por su hermano.

Al tratar de contar su historia Ana lloró entre el desconsuelo y la alegría de saberse libre a sus ahora 29 años de edad.

Sin embargo, se siente arrepentida y se culpa de no haber tenido la fuerza de "tolerar" el maltrato de los hombres de su vida.

"Yo maté a mi hermano en una riña", expresó a través de un cubrebocas que escondía un rostro que ya no es el mismo, ni para ella ni para su familia.

"El homicidio contra mi hermano sucedió por una riña familiar. La situación se descontroló. Yo venía cargando años de maltrato y en esa ocasión, decidí ponerle fin a ese ciclo. Tal vez no era la manera, me descontrolé y se me fue de las manos, lo acepto. Pero ya quería acabar con todo eso que me venía persiguiendo, la violencia", compartió.

Ana platicó cómo en plena adolescencia conoció a su ex pareja y cómo a sus cortos 15 años de vida se vio envuelta en una relación repleta de sometimientos y abusos.

Sin experiencia, aguantó años de maltrato que la llevaron a una espiral dónde convirtió la violencia en su propia narrativa personal, sin escape, sin ayuda, sin poder pedir auxilio a una persona.

Hizo frente también, a un fenómeno de estigmatización por parte de su familia, quien en su momento desconoció cómo poder ayudarla a salir de esa vida repleta de agresiones.

"Yo no quería escuchar, no entendí en su momento los regaños de mi madre. Yo sólo quería que me entendieran. Sabía que iba a terminar mal , pero no hice caso. La violencia que viví con mi pareja, se convirtió en mi maldición", expresó Ana.

Después de ese incidente que marcó de por vida a Ana y a su familia, ella fue llevada al CERESO imputada por el delito de homicidio en Riña.

Tras las rejas, junto a otras mujeres que no conocía, enfrentó otra realidad, el prejuicio por ser una mujer encarcelada.

En medio del olvido, construyó otra familia, otros amigos, otro refugio. También se motivó a cambiar aspectos de si misma y comenzó a construir otra Ana.

"Fue difícil mi llegada aquí. Estar encerrada y extrañar a mi familia. Pero sabía que tenía que pagar por lo que hice. Así es la ley. Hice muchas amigas y me obligué a terminar la secundaria, de otra forma no lo hubiera logrado", mencionó.

La vida en la cárcel es complicada, reiteró Ana, en muchas ocasiones. No todo es complicidad, ni compañerismo. No hay vida tranquila adentro de aquel sitio.

Ana platicó que estar dentro del CERESO, fue entrar también a otro campo de batalla.

"Es horrible estar ahí adentro, pero una aprende a sobrellevarlo. No todas son buenas, pero tampoco son totalmente malas. Cada una carga su historia y eso en ocasiones nos hace estar a la defensiva, ser agresivas para defender lo poquito que uno tiene aquí. Es una sobre vivencia tan burda que, en ocasiones te sientes desesperada por huir".

La historia de Ana, caracteriza un perfil común entre todas las compañeras que la acompañan, la violencia machista que las orilla a delinquir de alguna u otra forma para defenderse o poner fin al menoscabo de la que también son víctimas.

Ahora que es libre y en sus manos lleva la carta de su liberación, esperaba ver a su familia pero al parecer nunca llegó.

Su nerviosismo fue evidente, estaba contenta de salir, renacer, de volver a ser una mujer entera y sin ataduras.

"Ojalá que muchas mujeres conozcan mi historia y sepan que no están solas. La violencia nos hace también cometer errores, no dejemos que eso pase. Y a las familias, entender y acompañar es primordial nunca abandonen a sus hijas, no estamos solas", señaló.

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