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SANGRE POR ALCOHOL

  • Javier Zapata Castro

Ese día Humberto despertó relativamente tranquilo. Sus delirios ―animales parlantes, juguetones y algunas veces agresivos, y las sombras espantosas que le visitaban erizando todo el pelo de su cuerpo― hacía tiempo que se habían retirado. Y es que la venta de su sangre le daba dinero para mantenerse empulcado, a medios chiles, las 24 horas del día. Estaba en paz después de mucho tiempo de haber peleado diariamente con esas visiones que alguien le había dicho se nombraban “delirium tremens”. Ahora se despertaba sin más pendientes que el de tomar sin vomitar, así como cuidar su dinero: 60 pesos por unidad de sangre que vendía por los rumbos de la merced.

Ese día despertó envuelto por el calor de la una de la tarde. El sol secaba los orines del pantalón y dejaba restos de comida en su cara al evaporar saliva y pulque ―un día más con el mismo sabor de boca: pulque agrio y bilis subiendo de los entresijos―. Humberto despertó, cambió de posición y encontró la vista amplia del llano. En primer plano estaban los pulqueros, las barricas y mezquites… En segundo plano vio algo no tan común en su larga experiencia. Era una mujer queriendo llevarse de aquel sitio a su pariente, quien, desmadejado, se resistía a despertar. Humberto observó aquel pantalón verde, suéter azul y cola de caballo. Daban vueltas alrededor del caído, que no era otro que un empulcados más que había pasado la noche cobijado por las estrellas, a los cuatro vientos y soñando algo que le hacía babear.

Humberto veía y sabía que aquel, su colega, no se resistía a ser llevado a donde fuera, pero estaba “trabado” y no podía moverse y, menos aún, hablar. Moverlo ahorita le hacía pensar que se iba a deshacer como una campechana. Humberto se fue desdoblando y acercándose a la mujer le aconsejó que esperara un rato a que el sol calentara…, que él mismo le ayudaba a parar al caído.

―Está atiriciado. Todo le duele. Se puede quedar medio día ahí acostado, con tal de no moverse ―le dijo―. Espere a que caliente el sol y lo paramos.

Calentó el sol y se lo llevaron. Uno caía y tiraba a los otros, pero al fin de medio día y principios de la tarde, lograron llevárselo. El hombre, sin despertar del todo, fue a dar al rincón de siempre entre trapos que lo mismo son cobijas que almohadas que mismos tapetes.

Ese día que ayudó a llevar al viejo a su rincón, en la vida de Humberto fue muy parecido a cuando descubrió el llano y sus pulcatas. Un escalofrío le recorrió el espinazo poniéndole en la cabeza una inquietud extraña. Sentía que no se podía recordar de algo y que era obligado que lo hiciera. O peor aún, querer que algo ocurriera para poder tener un recuerdo… No sabía el por qué en la pulcata su jarro le duraba mucho tiempo, mientras él, hasta llegaba a pensar en el agua ― ¡santísimo sacramento del altar! ¡Pensar en bañarse, ropa limpia, cortarse el pelo!―

Y es que Humberto había pasado de la infancia al pulque sin mediar nada, ni tatas, ni hermanos, ni escuela, ni alimentos ―ni nada de nada―, solo una viejilla medio loca que lo arropó para que no se muriera y unos zapateros remendones que lo hicieron su mascota. Esa era su vida y sus recuerdos. Los zapateros le medio enseñaron los rudimentos del oficio permitiéndole con esto sobrevivir.

Así las cosas, Humberto abandonó la casa ya sabiendo que el dormilón se llama Pedro y la dueña de la cola de caballo se llama Silvia y es hija de Pedro.

Como era de esperarse, Humberto volvió al pulque. Tomaba rápido para rápido volar a donde Silvia y platicar con ella y ahí quedarse todo el tiempo posible, hasta que un terronazo lanzado en su contra lo regresaba de su sueño… Y es que Humberto ―sin apellidos, cuando más conocido por “el Beto” ―, se había enamorado de aquel pantalón verde, suéter azul y cola de caballo.

En estos casos de amor a primera vista, nada importan apellidos, papeles de escuela, actas de nacimiento o defunción, cuentas en el banco, perfumes o loción. No, nada importa. Solo el amor. ¿Quién se puede atrever a decir que una alcohólica o alcohólico no se puede enamorar? ¿Quién chingao’s, pues?