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2 BARES, DOS TIEMPOS

  • Javier Zapata Castro

-VAI-VEN y PASAPOGA-

En el siglo pasado fui a dar al hospital central. No como paciente. Un pariente había sido operado y era necesario aportar algunas unidades de sangre. El pago en efectivo, -en verdad mínimo-. Era una cosa, pero la reposición en unidades de sangre fue otra. Justamente obligada…recuerdo que me acostaron en una camilla, buscaron la vena y extrajeron 2 unidades. -Bolsitas de plástico  grueso, amarillento- que se fueron tiñendo de rojo y llenando una tras de otra. Después de la sangría me ofrecieron un vaso con jugo de naranja, el que obligadamente rechace. Y como si no. La cruda estaba en mí, de la misma forma que yo estaba en ella.

 

Salí del hospital, encaminándome por la av. Carranza.  Cerquita estaba el bar ‘’pasapoga’’.  -A la fecha ya no se encuentra ahí, seguramente se aburrió, hizo maletas y se fue a recorrer el mundo…El que escribe no era cliente asiduo del lugar, recuerdo que solo en una ocasión anterior había estado en ese bar, amplio y dueño de una barra gigantesca, ahí me senté. El banco era alto, de alambrón acerado y asiento de madera…les comento que después de 3 o 4 bebidas. El nirvana hace presencia, respiras profundo y el olor a  cantina, único, te hace sentir que eres buena gente. Sí señor.

 

Ahí en el bar, de pronto creí alucinar. Venia de un hospital y parecía que tornaba a él, y todo a resultas de que, sin más, entró un hombre vistiendo una bata de hospital, calzaba pantuflas y traía atravesada una sabana, como si portara una gran capa blanca. Además, rodando en 4 llantitas giratorias, la estructura típica que normalmente sostiene una botella de suero, misma que ahí estaba conectada a su brazo derecho. No lloraba, tampoco reía, serio, vista opaca.  Caminaba dificultosamente hacia la barra.

 

El bar estaba casi solito. Quien recién fue paciente y ahora era cliente. Sin dirigirse a nadie en especial. Golpeó la barra con el puño libre pidiendo un ‘’ruso negro’’…después de 3 bebidas iguales, ingeridas con ansia disimulada, volteo y me dijo. ‘’ ¡amigo, esto es vida, y no chingaderas!’’ “estuve de acuerdo”…estaba a punto de volver a pedir seguramente lo mismo. Cuando en el bar ‘’pasapoga’’ irrumpió una familia completa; gritos, lamentos, reclamos, peticiones. Mucho movimiento, y hasta algunas sonrisas…alguien de ellos pago la cuenta, en tanto que  el cliente-paciente,  o paciente-cliente. Era sacado por la misma puerta que entró. Doy fe que así paso. Era día viernes, alrededor de las 11 de la mañana.

 

En el mismo siglo pasado, muchos años después. Por ahí, en los alrededores del mercado república. Quien les platica. Caminaba. Seco, como surco de milpa ‘’del ejido la mantequilla’’ después de 8 años cabales sin gota de lluvia. Arrastrando una cruda seca, de esa que te hacen respirar, a la par, por boca y nariz. De pronto, en la acera de enfrente, una cantina anuncia su presencia.  -Con un nombre que más parecía sentencia de vida-  ’’El vai-vén’’. Irremediablemente me jaló para adentro de sus entrañas, como si un lazo pescuecero me llevara al matadero.

 

El bar era pequeño. 4 mesas y una barra de 5 metros. Su atractivo radicaba en que el ‘’el vai-vén’’ tenía como cantinera a una mujer… fuerte, mal hablada, sonriente, usufructuaria de algunos 40 años de vida, morucha con trenzas  sobre del pecho…con solo 2 tragos adentro te dabas cuenta de que la mitad de los borrachones presentes estaban medio enamorados de ella, La cantinera. El amor no se puede ocultar, sale por cada poro, y huele. Abrillanta los ojos y tuerce el cuello. Cambia la voz, ya sea para dirigirte a tu amor, o bien para llamar su atención en medio de tanto cabrón…Ahí estaba la cantinera, sabiéndose el ombligo del vai-vén.

El bar siempre se encontraba lleno. Ciertamente que es pequeño. Pero pongan a un grupo de mujeres en el planeta Júpiter. Y este se verá prontito poblado,  no solo por astronautas. No, la mayoría serán varones caminantes,  tejedores de puentes, hasta allá. Sí señor.

 

Ese día señalado, entro rápidamente un hombre joven, cuando mucho 26 años. Venía descalzo y vestía un pantalón de brincacharcos. La cintura mostraba ser 3 tallas más chica que la propia. Con los dedos de la mano izquierda sujetaba el pantalón, obligadamente desabotonado. Despeinado, rostro hinchado, sin camisa ni camiseta…al entrar, la cantinera, medio sonriente le dijo ‘’y’ ora’’. El hombre contesto, ‘’escóndeme’’. Con un brazo, la mujer señalo la parte de atrás de la barra. Y ahí se atejonó el huyón.

 

Atrás de él, en la cantina  el vai-vén, irrumpió una familia completa; gritos, lamentos, reclamos, peticiones…la bravura de la cantinera los paró en seco y de la cantina los saco. Después de unos momentos. El medio encuerado asomo cabeza y cuerpo. Él era el novio en turno de la mujerona, y como hacía rato se había hecho un total silencio, claramente se escucho que le platicó… “Anoche que me fui de aquí, llegué a la casa,  nadie dijo nada, pero hoy amanecí encuerado y sin zapatos, me encerraron en el cuarto. Rompí un vidrio de la ventana,  me escape, de pasada agarre un pantalón del tendedero… ¡Dame algo de tomar! Por la cruda y por venirte a ver me vine como loco por la calle. Antes no me agarró la policía”. Dijo.

 

Av. V. Carranza, mercado república. Aquí, allá y a cuyá. El alcohol, en cualquier lugar, hace lo que le da su gana con un alcohólico como yo.