/ domingo 25 de julio de 2021

Volver a Galilea


-¡Es que estoy harta! –dice la mujer dilatando sus pupilas y levantando el brazo derecho en gesto de protesta-. ¡Esto ya no es vida!

¡Pues yo también estoy harto, y bien harto! –dice el hombre, haciendo girar su cabeza a derecha e izquierda.

-¡Por eso he decidido que me voy! ¡No me volverás a ver jamás!

-¡No, no! Tú te quedas. El que se va soy yo –exclamó él.

La pelota iba y venía: un torneo verbal que amenazaba con no tener fin.

-Pero –pregunté yo-, ¿hubo un tiempo en que se amaron?

Silencio en la oficina.

-¡Hace ya tanto que ni me acuerdo! –dijo ella.

Él no dijo nada. Lo insté a responder.

-Sí –dijo con voz callada, como quien se reconoce culpable.

-¿Duraron mucho de novios?

Hicieron memoria.

-Tres años –dijo él.

-¡Tres y medio! –corrigió ella.

-Y esos tres años, o tres y medio, ¿fueron hermosos? ¿Salían juntos?

-Sí –dijo uno de los dos, no sé quién-. Salíamos juntos. Íbamos a un parque de la ciudad y allí nos estábamos horas y horas.

-¿Existe aún ese parque? –pregunté.

-Sí que existe. Es el parque…

-¿Y recuerdan los rincones que visitaban?

-Creo que sí –dijo ella-, ¡aunque todo ha cambiado tanto!

-No importa –dije-. Y ya casados, ¿han vuelto allá?

-Él va siempre a correr allí –lo acusó ella.

-Pero no, no pregunto si va cada uno por su lado, sino si van juntos.

-No –dijo él-. Ella no quiere acompañarme.

-¿Y por qué no van, como si el tiempo no hubiese pasado y fueran novios todavía? ¡Vayan juntos! Busquen los viejos rincones, caminen tomados de la mano; pongan, a modo de música de fondo, las canciones que oían y bailaban cuando eran jóvenes y se querían.

-¿Y para qué?

-Hay una razón de peso –expliqué-, y es que toda vocación y todo amor tiene sus lugares santos: aquellos en los que se decidió nuestro destino. Y es necesario, en la hora de la prueba, volver a ellos.

No les dije que ese remedio está tomado de la Biblia, y, más concretamente, en el capítulo 28 de San Mateo, en aquellos versículos que dicen: “Es esto, Jesús (resucitado ya) les salió al encuentro a las mujeres y les dijo: ‘¡Salve!’. Y ellas, acercándose, se asieron a sus pies y le adoraron. Entonces les dice Jesús: ‘No teman. Vayan y avisen a mis hermanos que vayan a Galilea. Allá me verán’” (vv. 9-10).

¿Por qué los envía a Galilea? Por una razón muy sencilla: porque fue precisamente allí donde lo conocieron, lo amaron y se pusieron a seguirlo. He aquí cómo comenta estos dos versículos el arzobispo ortodoxo Anthony Bloom (1914-2003), metropolita de Moscú:

“El Señor manda a sus discípulos que vuelvan a Galilea. ‘Allí, dijo, me encontraréis’. Al leer este versículo pasamos de largo porque nos parece indiferente que el Señor vaya a encontrarse allí o en otra parte; pero, en realidad, ¿qué supone Galilea en la experiencia de los discípulos? Galilea es la región en la que ellos nacieron, donde crecieron junto a un niño que luego fue un joven, y después un hombre maduro, y que finalmente se reveló como Hijo de Dios. Allí fue donde le conocieron primero, donde vino a ellos con toda sencillez, tan humilde en sus relaciones humanas y, sin embargo, con algo humanamente muy grande que les impresionaba. Allí poco a poco empezaron a pensar en él más de lo que nunca habían pensado… Es el lugar único de la primavera de la vida, el de los primeros descubrimientos, el lugar donde entregados a esta novedad, se dieron a él y se sintieron acogidos por una caridad incomparable y hasta una profundidad que era la profundidad misma de la sabiduría de Dios. Luego vinieron los años áridos, duros, brutales, de Judea; la lucha, la oposición, el rechazo, la muerte de Cristo, el horror y el miedo. Pero Cristo les dice: ‘Volved a Galilea, volved a las fuentes; id a Caná, a Cafarnaúm, a Cesarea de Filipo, a todas esas ciudades, a lo largo de aquellos caminos, a la orilla de esos lagos donde di de comer a las muchedumbres, donde proclamé las bienaventuranzas, donde os hablé en secreto y donde habéis visto alumbrar la aurora de una vida nueva. En esta hora en que padecéis el sufrimiento, el miedo, la aridez de las cosas que acaban de ocurrir, volved a la primavera, al manantial divino de vuestra vida y ahí me encontraréis: y hallaréis no al Cristo sangrante de la crucifixión, sino al Cristo resucitado’… Tal es el punto a donde los remite. Y esto es lo mismo que tenemos que hacer nosotros año tras año, no sólo con respecto a Dios, sino con respecto a nuestras relaciones humanas. Cuántas amistades se han anudado en el instante de un encuentro intenso y se han deshecho después con gran ceguera y dureza. ‘Te creía muy distinto de cómo eres’. ‘¿Ah, sí?, pues ahora es cuando te equivocas. Yo no era distinto, pero me veías rodeado de gloria y ahora que se ha apagado la gloria no has sabido vivir de la fe. Has querido una evidencia sostenida, permanente, pero a veces se dan la sombra y la noche’. Y esto mismo ocurre con todas nuestras relaciones en la vida… Tenemos que volver a Galilea, situarnos de nuevo íntimamente en el instante de paz profunda que constituyó el encuentro y comenzar de nuevo a vivir esa paz” (La experiencia, la duda y la fe). Y como esta terapia fue aplicada por Jesús, confío plenamente en su eficacia.


-¡Es que estoy harta! –dice la mujer dilatando sus pupilas y levantando el brazo derecho en gesto de protesta-. ¡Esto ya no es vida!

¡Pues yo también estoy harto, y bien harto! –dice el hombre, haciendo girar su cabeza a derecha e izquierda.

-¡Por eso he decidido que me voy! ¡No me volverás a ver jamás!

-¡No, no! Tú te quedas. El que se va soy yo –exclamó él.

La pelota iba y venía: un torneo verbal que amenazaba con no tener fin.

-Pero –pregunté yo-, ¿hubo un tiempo en que se amaron?

Silencio en la oficina.

-¡Hace ya tanto que ni me acuerdo! –dijo ella.

Él no dijo nada. Lo insté a responder.

-Sí –dijo con voz callada, como quien se reconoce culpable.

-¿Duraron mucho de novios?

Hicieron memoria.

-Tres años –dijo él.

-¡Tres y medio! –corrigió ella.

-Y esos tres años, o tres y medio, ¿fueron hermosos? ¿Salían juntos?

-Sí –dijo uno de los dos, no sé quién-. Salíamos juntos. Íbamos a un parque de la ciudad y allí nos estábamos horas y horas.

-¿Existe aún ese parque? –pregunté.

-Sí que existe. Es el parque…

-¿Y recuerdan los rincones que visitaban?

-Creo que sí –dijo ella-, ¡aunque todo ha cambiado tanto!

-No importa –dije-. Y ya casados, ¿han vuelto allá?

-Él va siempre a correr allí –lo acusó ella.

-Pero no, no pregunto si va cada uno por su lado, sino si van juntos.

-No –dijo él-. Ella no quiere acompañarme.

-¿Y por qué no van, como si el tiempo no hubiese pasado y fueran novios todavía? ¡Vayan juntos! Busquen los viejos rincones, caminen tomados de la mano; pongan, a modo de música de fondo, las canciones que oían y bailaban cuando eran jóvenes y se querían.

-¿Y para qué?

-Hay una razón de peso –expliqué-, y es que toda vocación y todo amor tiene sus lugares santos: aquellos en los que se decidió nuestro destino. Y es necesario, en la hora de la prueba, volver a ellos.

No les dije que ese remedio está tomado de la Biblia, y, más concretamente, en el capítulo 28 de San Mateo, en aquellos versículos que dicen: “Es esto, Jesús (resucitado ya) les salió al encuentro a las mujeres y les dijo: ‘¡Salve!’. Y ellas, acercándose, se asieron a sus pies y le adoraron. Entonces les dice Jesús: ‘No teman. Vayan y avisen a mis hermanos que vayan a Galilea. Allá me verán’” (vv. 9-10).

¿Por qué los envía a Galilea? Por una razón muy sencilla: porque fue precisamente allí donde lo conocieron, lo amaron y se pusieron a seguirlo. He aquí cómo comenta estos dos versículos el arzobispo ortodoxo Anthony Bloom (1914-2003), metropolita de Moscú:

“El Señor manda a sus discípulos que vuelvan a Galilea. ‘Allí, dijo, me encontraréis’. Al leer este versículo pasamos de largo porque nos parece indiferente que el Señor vaya a encontrarse allí o en otra parte; pero, en realidad, ¿qué supone Galilea en la experiencia de los discípulos? Galilea es la región en la que ellos nacieron, donde crecieron junto a un niño que luego fue un joven, y después un hombre maduro, y que finalmente se reveló como Hijo de Dios. Allí fue donde le conocieron primero, donde vino a ellos con toda sencillez, tan humilde en sus relaciones humanas y, sin embargo, con algo humanamente muy grande que les impresionaba. Allí poco a poco empezaron a pensar en él más de lo que nunca habían pensado… Es el lugar único de la primavera de la vida, el de los primeros descubrimientos, el lugar donde entregados a esta novedad, se dieron a él y se sintieron acogidos por una caridad incomparable y hasta una profundidad que era la profundidad misma de la sabiduría de Dios. Luego vinieron los años áridos, duros, brutales, de Judea; la lucha, la oposición, el rechazo, la muerte de Cristo, el horror y el miedo. Pero Cristo les dice: ‘Volved a Galilea, volved a las fuentes; id a Caná, a Cafarnaúm, a Cesarea de Filipo, a todas esas ciudades, a lo largo de aquellos caminos, a la orilla de esos lagos donde di de comer a las muchedumbres, donde proclamé las bienaventuranzas, donde os hablé en secreto y donde habéis visto alumbrar la aurora de una vida nueva. En esta hora en que padecéis el sufrimiento, el miedo, la aridez de las cosas que acaban de ocurrir, volved a la primavera, al manantial divino de vuestra vida y ahí me encontraréis: y hallaréis no al Cristo sangrante de la crucifixión, sino al Cristo resucitado’… Tal es el punto a donde los remite. Y esto es lo mismo que tenemos que hacer nosotros año tras año, no sólo con respecto a Dios, sino con respecto a nuestras relaciones humanas. Cuántas amistades se han anudado en el instante de un encuentro intenso y se han deshecho después con gran ceguera y dureza. ‘Te creía muy distinto de cómo eres’. ‘¿Ah, sí?, pues ahora es cuando te equivocas. Yo no era distinto, pero me veías rodeado de gloria y ahora que se ha apagado la gloria no has sabido vivir de la fe. Has querido una evidencia sostenida, permanente, pero a veces se dan la sombra y la noche’. Y esto mismo ocurre con todas nuestras relaciones en la vida… Tenemos que volver a Galilea, situarnos de nuevo íntimamente en el instante de paz profunda que constituyó el encuentro y comenzar de nuevo a vivir esa paz” (La experiencia, la duda y la fe). Y como esta terapia fue aplicada por Jesús, confío plenamente en su eficacia.

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