/ domingo 24 de enero de 2021

Ten en pie la sonrisa

Y, sobre todo, hijo, procura que nadie, nunca, te vea llorar. ¡No estoy en contra del llanto, por si quieres saberlo! Las lágrimas son buenas y, a veces, mitigan el dolor. Sobre este asunto podría escribirte un tratado entero; me limitaré, en cambio, a exponerte una teoría que me parece no del todo absurda, ni tampoco, al menos en este momento, inconveniente.

He dicho que las lágrimas, en ocasiones, mitigan el dolor. Esto te lo demostraré transcribiendo unos cuantos párrafos –dos, o a lo mucho tres- que, estoy seguro, pues eres un alma reflexiva, no te serán pesadas de leer, ni difíciles, después, de recordar:

“El rostro humano, según dicen los psicólogos, nos expresa las pasiones del alma. No sabemos si en este sentido fue que dijo Nietzsche que ‘la mejor máscara es el rostro’. También afirmaba Descartes que ‘el verdadero dolor no tiene lágrimas como la verdadera alegría no tiene risas’… Descartes, cuyo propio lema fue larvatus prodeo (avanzo enmascarado), nos dice, como hemos empezado por recordarlo, que ese dolor que llora o esa alegría que ríe no son el dolor y la alegría verdaderos; de lo cual parecería deducirse que son sólo su máscara expresiva; máscara que, siguiendo el lema del pensamiento cartesiano, le serviría al dolor humano, como a la alegría, para avanzar; es decir, para adelantarse para algo que está más allá de ellos mismos, para trascenderse, para superarse…

“Podríamos de tal modo suponer que, en cierto sentido, las lágrimas alivian el dolor o tratan de arrancárnoslo del alma. El Evangelio nos afirma el llanto como una bienaventuranza para el hombre, y el poeta nos ha cantado las lágrimas como un consuelo. Casi se podría decir que las lágrimas, el llanto, traicionan el dolor al expresarlo para evadirlo o trascenderlo, para negarlo en definitiva” (José Bergamín, Antes de ayer y pasado mañana, Barcelona, Seix Barral, 1974, pp. 105-106).

Esto que acabas de leer te lo explicaré a mi modo. ¿Qué pasa, por ejemplo, cuando una mota de polvo, una viruta o un mosco pequeñito vienen a alojársenos, traídos por el viento, en nuestro ojo derecho? ¡Bien sabes tú lo que suele suceder en tales ocasiones! Uno se frota con la mano el órgano herido, aunque tal acción, a decir vedad, no sirve nunca de nada. El ojo adquiere entonces una tonalidad rojiza y empieza a lagrimear; pero no porque se trate de un dolor insufrible, sino porque quiere expulsar de sí esa basura que lo incomoda: llora, en una palabra, para aliviarse.

Pues bien, así como hay virutas que se incrustan en los ojos, así hay penas que se incrustan en el corazón, y entonces lloramos; pero no porque el dolor, como en el ejemplo anterior, sea insufrible, sino porque mediante las lágrimas queremos expulsarlas de allí.

Los dolores insoportables, hijo, no tienen lágrimas; el dolor verdadero, la dolencia honda y el pesar profundo no lloran, ni gimotean, sino que cierran la boca y guardan silencio.

Tal es el motivo por el que te pido que no andes nunca por la vida con cara gemidora y ojos vidriosos: porque la gente, que entiende este misterio sin que muchas veces sepa explicarlo, se burlará de ti. Dirá, al verte a lo lejos:

-¿Este hombre llora? Entonces se trata de nimiedades; entonces no lo compadezcamos. ¡Mostrémonos inflexibles con él!

Tal es el misterio de la vida: que entre más buscamos ser consolados, menos lo seremos. ¡Qué quieres! Las cosas pasan exactamente así. Por si no lo sabes, la gente se apiada poco de la gente que llora: huye de ella como de la desgracia, como de la peste, como de esos canes hidrófobos a los que llamamos con simplicidad rabiosos.

Y para terminar esta carta, me gustaría transcribir para ti un hermoso poema que no encontrarás en ninguna antología, pues su autor –el poeta español Ramón Mas y Ros-, por morir joven, no tuvo tiempo de darse a conocer, aunque una pequeña calle valenciana, para hacerle justicia, haya sido bautizada con su nombre. ¡Qué importa! Con que haya tenido tiempo para escribir esta belleza nos damos por bien servidos:

Aprende disimulos.

Que no sepan -¡aprende!-

cuando tus voces lloran

por interiores nieves.

Ten en pie la sonrisa

sobre los labios -¡siempre!-

guardando a las estrellas

y al silencio tus viernes.

Para llorar, esconde

los ojos en las sienes;

que a los demás tu lloro

no importa o entristece.

Como el agua del huerto,

sabia en el dolor, aprende

la hipocresía angélica

de parecer alegre.

Tuyo afectísimo, Juan Jesús.

Y, sobre todo, hijo, procura que nadie, nunca, te vea llorar. ¡No estoy en contra del llanto, por si quieres saberlo! Las lágrimas son buenas y, a veces, mitigan el dolor. Sobre este asunto podría escribirte un tratado entero; me limitaré, en cambio, a exponerte una teoría que me parece no del todo absurda, ni tampoco, al menos en este momento, inconveniente.

He dicho que las lágrimas, en ocasiones, mitigan el dolor. Esto te lo demostraré transcribiendo unos cuantos párrafos –dos, o a lo mucho tres- que, estoy seguro, pues eres un alma reflexiva, no te serán pesadas de leer, ni difíciles, después, de recordar:

“El rostro humano, según dicen los psicólogos, nos expresa las pasiones del alma. No sabemos si en este sentido fue que dijo Nietzsche que ‘la mejor máscara es el rostro’. También afirmaba Descartes que ‘el verdadero dolor no tiene lágrimas como la verdadera alegría no tiene risas’… Descartes, cuyo propio lema fue larvatus prodeo (avanzo enmascarado), nos dice, como hemos empezado por recordarlo, que ese dolor que llora o esa alegría que ríe no son el dolor y la alegría verdaderos; de lo cual parecería deducirse que son sólo su máscara expresiva; máscara que, siguiendo el lema del pensamiento cartesiano, le serviría al dolor humano, como a la alegría, para avanzar; es decir, para adelantarse para algo que está más allá de ellos mismos, para trascenderse, para superarse…

“Podríamos de tal modo suponer que, en cierto sentido, las lágrimas alivian el dolor o tratan de arrancárnoslo del alma. El Evangelio nos afirma el llanto como una bienaventuranza para el hombre, y el poeta nos ha cantado las lágrimas como un consuelo. Casi se podría decir que las lágrimas, el llanto, traicionan el dolor al expresarlo para evadirlo o trascenderlo, para negarlo en definitiva” (José Bergamín, Antes de ayer y pasado mañana, Barcelona, Seix Barral, 1974, pp. 105-106).

Esto que acabas de leer te lo explicaré a mi modo. ¿Qué pasa, por ejemplo, cuando una mota de polvo, una viruta o un mosco pequeñito vienen a alojársenos, traídos por el viento, en nuestro ojo derecho? ¡Bien sabes tú lo que suele suceder en tales ocasiones! Uno se frota con la mano el órgano herido, aunque tal acción, a decir vedad, no sirve nunca de nada. El ojo adquiere entonces una tonalidad rojiza y empieza a lagrimear; pero no porque se trate de un dolor insufrible, sino porque quiere expulsar de sí esa basura que lo incomoda: llora, en una palabra, para aliviarse.

Pues bien, así como hay virutas que se incrustan en los ojos, así hay penas que se incrustan en el corazón, y entonces lloramos; pero no porque el dolor, como en el ejemplo anterior, sea insufrible, sino porque mediante las lágrimas queremos expulsarlas de allí.

Los dolores insoportables, hijo, no tienen lágrimas; el dolor verdadero, la dolencia honda y el pesar profundo no lloran, ni gimotean, sino que cierran la boca y guardan silencio.

Tal es el motivo por el que te pido que no andes nunca por la vida con cara gemidora y ojos vidriosos: porque la gente, que entiende este misterio sin que muchas veces sepa explicarlo, se burlará de ti. Dirá, al verte a lo lejos:

-¿Este hombre llora? Entonces se trata de nimiedades; entonces no lo compadezcamos. ¡Mostrémonos inflexibles con él!

Tal es el misterio de la vida: que entre más buscamos ser consolados, menos lo seremos. ¡Qué quieres! Las cosas pasan exactamente así. Por si no lo sabes, la gente se apiada poco de la gente que llora: huye de ella como de la desgracia, como de la peste, como de esos canes hidrófobos a los que llamamos con simplicidad rabiosos.

Y para terminar esta carta, me gustaría transcribir para ti un hermoso poema que no encontrarás en ninguna antología, pues su autor –el poeta español Ramón Mas y Ros-, por morir joven, no tuvo tiempo de darse a conocer, aunque una pequeña calle valenciana, para hacerle justicia, haya sido bautizada con su nombre. ¡Qué importa! Con que haya tenido tiempo para escribir esta belleza nos damos por bien servidos:

Aprende disimulos.

Que no sepan -¡aprende!-

cuando tus voces lloran

por interiores nieves.

Ten en pie la sonrisa

sobre los labios -¡siempre!-

guardando a las estrellas

y al silencio tus viernes.

Para llorar, esconde

los ojos en las sienes;

que a los demás tu lloro

no importa o entristece.

Como el agua del huerto,

sabia en el dolor, aprende

la hipocresía angélica

de parecer alegre.

Tuyo afectísimo, Juan Jesús.