/ domingo 3 de mayo de 2020

Profeta en su tierra

“Jesús fue a su tierra en compañía de sus discípulos” (Marcos 6, 1). Es decir, al lugar donde transcurrieron los treinta primeros años de su vida: a Nazaret de Galilea. Todos sus parientes vivían allí. Es de suponer que los más viejos lo recordaran como a un niño más al que habían visto jugar y reír.

¿Cómo era entonces que este hombre hablaba ahora con tal autoridad? Que ellos supieran, Jesús no había asistido a ninguna escuela especial y, sin embargo, con sólo imponer las manos a los enfermos, éstos quedaban sanos… No, un profeta no podía ser. ¿Cómo, si vida había sido tan normal, tan semejante a la de todos los otros? Los profetas son seres misteriosos, hombres a los que Dios les habla al oído, en tanto que Jesús era tan, tan…, tan ordinario, digamos. Y, por otra parte, ¿cómo podía salir algo bueno de Galilea? ¡No, de ninguna manera! De allí no podía salir nada bueno, eso lo decían todos, y todos no pueden estar equivocados. Sin ir más lejos, un dicho de la época aseguraba también: “A quien Dios quiere castigar le da por mujer a una nazarena”.

Escribió el padre A. D. Sertillanges (1863-1948) en uno de sus libros: “Jesús dijo: Bienaventurados los que no se escandalicen de mí (Mateo 11, 6). En efecto, la personalidad de Jesús da ocasión a un doble escándalo: el escándalo de un hombre singular que se dice Dios o que dice que es Dios, y el escándalo de un Dios que afirma ser hombre, que reviste una naturaleza de hombre. El primero fue el de los griegos y al que llamó San Pablo locura; el segundo es el escándalo judío, al cual el gran pontífice llamó blasfemia. Si no se vence este doble escándalo es imposible creer en el Hombre-Dios”. Y luego, un poco más adelante: “Los que deploran no haber vivido en tiempo de Cristo, ¿no comprenden que desean haber sido testigos de un escándalo o de una locura, según hubiesen sido en ese tiempo judíos o gentiles?... En efecto, ¿cómo creer a un hombre que dice ser Dios y que se muestra como hombre con tanta evidencia? Vencer esta contradicción, insoluble en apariencia, es el milagro de la fe” (Espiritualidad cristiana).

Pero prosigamos con nuestra meditación. ¿A qué había ido Jesús a su pueblo? Nada de esto dice el evangelio; pero lo que sí dice es que, como era sábado, aquel día asistió a la sinagoga (Marcos 6, 2). Éste era un deber que incumbía a todo judío piadoso: no olvidarse de su Dios. Y el lugar donde no se lo olvidaba, es decir, donde se escuchaba su Palabra y se la leía y se la comentaba era precisamente la sinagoga. En ella los judíos rezaban, cantaban y soñaban con Dios –como ha dicho Elie Wiesel, hablando de este lugar de reunión tan exclusivamente judío-. La práctica habitual era ésta: se le pedía a alguien mayor de trece años –es decir, que hubiese celebrado ya su bar-mitzvah- que leyese en voz alta y comentara un texto de las Escrituras según el Espíritu lo indujera a expresarse. Esta vez, según puede colegirse fácilmente, sobre quien recayó este honor fue Jesús. “Y la multitud que lo escuchaba se preguntaba con asombro: ‘¿Dónde aprendió este hombre tantas cosas? ¿De dónde le viene esa sabiduría y ese poder para hacer milagros? ¿Que no es éste el carpintero, el hijo de María, el hermano de Santiago, José, Judas y Simón? ¿No viven aquí, entre nosotros, sus hermanas?’ Y estaban desconcertados” (Marcos 6, 3-4). Otra traducción dice: “Y lo miraban con desconfianza”.

¿Por qué con desconfianza? Porque –como dirá Jesús más adelante- nadie es profeta en su tierra; porque, como reza un dicho español, “ningún señor es grande para su mayordomo”. Por eso “Jesús no hizo allí ningún milagro: por la incredulidad de la gente”. Pero no nos escandalicemos: ¿cómo creer, en efecto, que este carpintero sudoroso era un profeta? Yendo más lejos, ¿cómo admitir que era el Mesías? Y, llevando las cosas hasta el extremo, ¿cómo aceptar que era el mismo Dios hecho hombre? ¡No quiero saber qué hubiéramos dicho nosotros de haber estado en el lugar de aquella gente! “¿Cómo va a ser un profeta este hombre que hace dos años arregló el techo de mi casa?”, se preguntaría uno. “¡Pero si él me hizo la silla en la que me siento todas las tardes a la hora del crepúsculo”, diría otro. Y otro más: “¡Pero si yo lo cargaba en mis brazos cuando era pequeñín!”. Y se rehusaban a creer en él.

Si Jesús hubiera hecho caso al diablo en el desierto, convirtiendo las piedras en pan; si hubiese obrado toda clase de prodigios espectaculares con el fin de impresionar a las multitudes, todos se habrían arrodillado ante él en signo de acatamiento y sumisión. Pero no lo hizo. No convirtió las piedras en pan. Y cuando resucita a un muerto, casi siempre le pide a los testigos del milagro que no anden divulgando el hecho.

Pero terminemos ya. En Nudo de víboras, la gran novela de François Mauriac (1885-1970), aparece un viejo, Luis, que es, además, el protagonista de la historia. Éste, al final de su vida, hace un recuento de los muchos años idos y descubre con tristeza que nunca significó nada para su mujer, y tampoco para sus hijos. Dice con lágrimas en los ojos mientras escribe una larga a su esposa: “No he sido a tus ojos más que un aparato que distribuye billetes de mil francos, un aparato que funciona mal y al que hay que sacudir constantemente, hasta el día en que por fin pueda abrirse, destriparse, y sacar de él a manos llenas el tesoro que esconde”. “Tú fuiste la única persona que no se dio cuenta del universal renombre que había logrado con mi carrera. Yo no existía a tus ojos”. “Hoy cumplo sesenta y ocho años y soy el único que se entera”.

A Luis le aplaudían los extraños; los hijos, no, y la mujer tampoco. El único abrazo que echó de menos, el abrazo esencial, no vino nunca; la única caricia que importaba para él le fue siempre negada. Y tuvo que arreglárselas para vivir con el cariño de los extraños.

Nadie es profeta en su tierra. Y quien dijo esto, mientras lo decía, además de denunciar profetizaba. ¡Qué tristeza!

“Jesús fue a su tierra en compañía de sus discípulos” (Marcos 6, 1). Es decir, al lugar donde transcurrieron los treinta primeros años de su vida: a Nazaret de Galilea. Todos sus parientes vivían allí. Es de suponer que los más viejos lo recordaran como a un niño más al que habían visto jugar y reír.

¿Cómo era entonces que este hombre hablaba ahora con tal autoridad? Que ellos supieran, Jesús no había asistido a ninguna escuela especial y, sin embargo, con sólo imponer las manos a los enfermos, éstos quedaban sanos… No, un profeta no podía ser. ¿Cómo, si vida había sido tan normal, tan semejante a la de todos los otros? Los profetas son seres misteriosos, hombres a los que Dios les habla al oído, en tanto que Jesús era tan, tan…, tan ordinario, digamos. Y, por otra parte, ¿cómo podía salir algo bueno de Galilea? ¡No, de ninguna manera! De allí no podía salir nada bueno, eso lo decían todos, y todos no pueden estar equivocados. Sin ir más lejos, un dicho de la época aseguraba también: “A quien Dios quiere castigar le da por mujer a una nazarena”.

Escribió el padre A. D. Sertillanges (1863-1948) en uno de sus libros: “Jesús dijo: Bienaventurados los que no se escandalicen de mí (Mateo 11, 6). En efecto, la personalidad de Jesús da ocasión a un doble escándalo: el escándalo de un hombre singular que se dice Dios o que dice que es Dios, y el escándalo de un Dios que afirma ser hombre, que reviste una naturaleza de hombre. El primero fue el de los griegos y al que llamó San Pablo locura; el segundo es el escándalo judío, al cual el gran pontífice llamó blasfemia. Si no se vence este doble escándalo es imposible creer en el Hombre-Dios”. Y luego, un poco más adelante: “Los que deploran no haber vivido en tiempo de Cristo, ¿no comprenden que desean haber sido testigos de un escándalo o de una locura, según hubiesen sido en ese tiempo judíos o gentiles?... En efecto, ¿cómo creer a un hombre que dice ser Dios y que se muestra como hombre con tanta evidencia? Vencer esta contradicción, insoluble en apariencia, es el milagro de la fe” (Espiritualidad cristiana).

Pero prosigamos con nuestra meditación. ¿A qué había ido Jesús a su pueblo? Nada de esto dice el evangelio; pero lo que sí dice es que, como era sábado, aquel día asistió a la sinagoga (Marcos 6, 2). Éste era un deber que incumbía a todo judío piadoso: no olvidarse de su Dios. Y el lugar donde no se lo olvidaba, es decir, donde se escuchaba su Palabra y se la leía y se la comentaba era precisamente la sinagoga. En ella los judíos rezaban, cantaban y soñaban con Dios –como ha dicho Elie Wiesel, hablando de este lugar de reunión tan exclusivamente judío-. La práctica habitual era ésta: se le pedía a alguien mayor de trece años –es decir, que hubiese celebrado ya su bar-mitzvah- que leyese en voz alta y comentara un texto de las Escrituras según el Espíritu lo indujera a expresarse. Esta vez, según puede colegirse fácilmente, sobre quien recayó este honor fue Jesús. “Y la multitud que lo escuchaba se preguntaba con asombro: ‘¿Dónde aprendió este hombre tantas cosas? ¿De dónde le viene esa sabiduría y ese poder para hacer milagros? ¿Que no es éste el carpintero, el hijo de María, el hermano de Santiago, José, Judas y Simón? ¿No viven aquí, entre nosotros, sus hermanas?’ Y estaban desconcertados” (Marcos 6, 3-4). Otra traducción dice: “Y lo miraban con desconfianza”.

¿Por qué con desconfianza? Porque –como dirá Jesús más adelante- nadie es profeta en su tierra; porque, como reza un dicho español, “ningún señor es grande para su mayordomo”. Por eso “Jesús no hizo allí ningún milagro: por la incredulidad de la gente”. Pero no nos escandalicemos: ¿cómo creer, en efecto, que este carpintero sudoroso era un profeta? Yendo más lejos, ¿cómo admitir que era el Mesías? Y, llevando las cosas hasta el extremo, ¿cómo aceptar que era el mismo Dios hecho hombre? ¡No quiero saber qué hubiéramos dicho nosotros de haber estado en el lugar de aquella gente! “¿Cómo va a ser un profeta este hombre que hace dos años arregló el techo de mi casa?”, se preguntaría uno. “¡Pero si él me hizo la silla en la que me siento todas las tardes a la hora del crepúsculo”, diría otro. Y otro más: “¡Pero si yo lo cargaba en mis brazos cuando era pequeñín!”. Y se rehusaban a creer en él.

Si Jesús hubiera hecho caso al diablo en el desierto, convirtiendo las piedras en pan; si hubiese obrado toda clase de prodigios espectaculares con el fin de impresionar a las multitudes, todos se habrían arrodillado ante él en signo de acatamiento y sumisión. Pero no lo hizo. No convirtió las piedras en pan. Y cuando resucita a un muerto, casi siempre le pide a los testigos del milagro que no anden divulgando el hecho.

Pero terminemos ya. En Nudo de víboras, la gran novela de François Mauriac (1885-1970), aparece un viejo, Luis, que es, además, el protagonista de la historia. Éste, al final de su vida, hace un recuento de los muchos años idos y descubre con tristeza que nunca significó nada para su mujer, y tampoco para sus hijos. Dice con lágrimas en los ojos mientras escribe una larga a su esposa: “No he sido a tus ojos más que un aparato que distribuye billetes de mil francos, un aparato que funciona mal y al que hay que sacudir constantemente, hasta el día en que por fin pueda abrirse, destriparse, y sacar de él a manos llenas el tesoro que esconde”. “Tú fuiste la única persona que no se dio cuenta del universal renombre que había logrado con mi carrera. Yo no existía a tus ojos”. “Hoy cumplo sesenta y ocho años y soy el único que se entera”.

A Luis le aplaudían los extraños; los hijos, no, y la mujer tampoco. El único abrazo que echó de menos, el abrazo esencial, no vino nunca; la única caricia que importaba para él le fue siempre negada. Y tuvo que arreglárselas para vivir con el cariño de los extraños.

Nadie es profeta en su tierra. Y quien dijo esto, mientras lo decía, además de denunciar profetizaba. ¡Qué tristeza!

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