/ domingo 3 de octubre de 2021

Opinión

Un recuerdo de color dorado

-Tú vives de recuerdos –me reprocha un amigo porque he traído al presente un hermoso acontecimiento del pasado.

Espero haber demostrado lo que pretendía. ¡Hasta la vista, amigo mío!

Y yo le respondí:

-¡Claro que vivo de recuerdos, como todo el mundo! Ni lo niego ni me avergüenzo de ello. Pues, ¿quién no vive de recuerdos? El presente es fugaz, pero el pasado queda; aquél es corto; éste, largo: tan largo como la vida de una persona.

Y seguí diciéndole:

-Mi presente consta de un día, y ni siquiera de un día, sino de una hora, de un minuto de un segundo, en tanto que mi pasado tiene cincuenta y un años. ¿Y cómo quieres entonces que…?

¡Pues bien, sí: no estoy en contra de los recuerdos, sino a favor de ellos! Y si ahora escribo esta nota es para demostrar tan rigurosamente como me sea posible que es más bello vivir de recuerdos que de deseos.

¿Cómo sabría quién soy yo si careciera de recuerdos? Son éstos los que atestiguan ante mi tribunal interior que no soy otro, sino yo mismo. Ese niño que una vez se rompió un diente en los carritos chocadores cuando tenía siete años de edad, en la feria de su pueblo, es la misma persona que ahora ha tomado la pluma para defender su derecho soberano a vivir de recuerdos. Ah, ya la dijo Sören Kierkegaard (1813-1855), y de qué manera:

“Recodar no es en manera alguna idéntico a acordarse. Es así que puede uno muy bien acordarse de un acontecimiento, de punta a punta, sin necesidad de recordarlo… La distinción de deja ya sentir en la diferencia de edad de los seres. El viejo pierde la memoria, facultad que, por lo demás, es la primera que se pierde. Pero en el anciano hay algo de poético; para la opinión popular tiene algo de profético, tiene inspiración divina. Y el recuerdo constituye también su mayor fuerza, su consuelo encuadrado en una vasta perspectiva poética. La infancia, por el contrario, posee en alto grado la memoria, y tiene abierto el espíritu, pero carece por completo del recuerdo… El viejo recuerda aquello de lo que se acuerda el niño”.

Y sigue diciendo el filósofo danés: “Aun cuando hay una gran diferencia entre la memoria y el recuerdo, se los confunde a menudo… Porque el recuerdo es idealidad y, en cuanto tal, mucho más cargado de sentido y de responsabilidad que la memoria indiferente. El recuerdo tiene por función mantener la continuidad eterna en la vida de un hombre y asegurarle una existencia uno tenore… La condición de la inmortalidad de un hombre es que su vida sea uno tenore” (Etapas en el camino de la vida).

Lo diré con mis palabras: por la memoria sé que yo soy yo y no otro, y de este modo aseguro –como dice Kierkegaard- mi continuidad en el tiempo y en la eternidad.

Pero esa no es la única función de la memoria. Porque, ¿qué es el amor, sino una larga suma de bellos recuerdos? He aquí, por ejemplo, a una mujer que tiene que lidiar de noche y de día con un marido del que ya nada recibe. Éste ae halla en coma desde hace meses y lo único que hace, si se me permite hablar así, es estar. Y, sin embargo, este hombre que agoniza sin morirse es el mismo que en otro tiempo cubría de besos a su mujer y la abrazaba, diciéndole que la quería.

Ahora él ya no habla, pero habló. Y su mujer recuerda. Y se mantiene es su puesto gracias a estas palabras que, merced al tiempo transcurrido desde entonces, se han convertido en recuerdos. Todas las noches, a las dos en punto, la mujer se levanta de la cama y da a su marido una pastilla. ¿De dónde saca tanta abnegación? ¡De los recuerdos! Sí, esta mujer vive de ellos.

No quisiera parecer dogmático, pero aún me atreveré a decir lo siguiente: únicamente podemos amar –amar en el sentido afectivo de esta palabra- a los seres que nos recuerdan algo.

Sí, sí, amigo: el amor vive de recuerdos, y sobrevive gracias a la memoria que los almacena, idealizándolos.

En mi dedo tenía una sortija, la brisa entre los dedos erraba, el día estaba azul, cálido y bello, y me dormí sobre la hierba fina, al despertar miré sobresaltada mi mano pura entre la tarde clara, la sortija en mi dedo ya no estaba, cuanto poseo ahora en este mundo es un recuerdo de color dorado.

¡Sí, claro, es un poema de Emily Dickinson (1830-1886)! Pero será mal comprendido si sólo se piensa en una sortija de plata, de oro o de cualquier otro metal. Quizá la poetisa, como en clave, hablase de otra joya que ya no podía tener entre sus dedos…

Muchos de nuestros seres queridos ya no están. Se han ido de nuestro lado para siempre. Pero no nos han dejado el corazón vacío, sino lleno de recuerdos de color dorado.

Un recuerdo de color dorado

-Tú vives de recuerdos –me reprocha un amigo porque he traído al presente un hermoso acontecimiento del pasado.

Espero haber demostrado lo que pretendía. ¡Hasta la vista, amigo mío!

Y yo le respondí:

-¡Claro que vivo de recuerdos, como todo el mundo! Ni lo niego ni me avergüenzo de ello. Pues, ¿quién no vive de recuerdos? El presente es fugaz, pero el pasado queda; aquél es corto; éste, largo: tan largo como la vida de una persona.

Y seguí diciéndole:

-Mi presente consta de un día, y ni siquiera de un día, sino de una hora, de un minuto de un segundo, en tanto que mi pasado tiene cincuenta y un años. ¿Y cómo quieres entonces que…?

¡Pues bien, sí: no estoy en contra de los recuerdos, sino a favor de ellos! Y si ahora escribo esta nota es para demostrar tan rigurosamente como me sea posible que es más bello vivir de recuerdos que de deseos.

¿Cómo sabría quién soy yo si careciera de recuerdos? Son éstos los que atestiguan ante mi tribunal interior que no soy otro, sino yo mismo. Ese niño que una vez se rompió un diente en los carritos chocadores cuando tenía siete años de edad, en la feria de su pueblo, es la misma persona que ahora ha tomado la pluma para defender su derecho soberano a vivir de recuerdos. Ah, ya la dijo Sören Kierkegaard (1813-1855), y de qué manera:

“Recodar no es en manera alguna idéntico a acordarse. Es así que puede uno muy bien acordarse de un acontecimiento, de punta a punta, sin necesidad de recordarlo… La distinción de deja ya sentir en la diferencia de edad de los seres. El viejo pierde la memoria, facultad que, por lo demás, es la primera que se pierde. Pero en el anciano hay algo de poético; para la opinión popular tiene algo de profético, tiene inspiración divina. Y el recuerdo constituye también su mayor fuerza, su consuelo encuadrado en una vasta perspectiva poética. La infancia, por el contrario, posee en alto grado la memoria, y tiene abierto el espíritu, pero carece por completo del recuerdo… El viejo recuerda aquello de lo que se acuerda el niño”.

Y sigue diciendo el filósofo danés: “Aun cuando hay una gran diferencia entre la memoria y el recuerdo, se los confunde a menudo… Porque el recuerdo es idealidad y, en cuanto tal, mucho más cargado de sentido y de responsabilidad que la memoria indiferente. El recuerdo tiene por función mantener la continuidad eterna en la vida de un hombre y asegurarle una existencia uno tenore… La condición de la inmortalidad de un hombre es que su vida sea uno tenore” (Etapas en el camino de la vida).

Lo diré con mis palabras: por la memoria sé que yo soy yo y no otro, y de este modo aseguro –como dice Kierkegaard- mi continuidad en el tiempo y en la eternidad.

Pero esa no es la única función de la memoria. Porque, ¿qué es el amor, sino una larga suma de bellos recuerdos? He aquí, por ejemplo, a una mujer que tiene que lidiar de noche y de día con un marido del que ya nada recibe. Éste ae halla en coma desde hace meses y lo único que hace, si se me permite hablar así, es estar. Y, sin embargo, este hombre que agoniza sin morirse es el mismo que en otro tiempo cubría de besos a su mujer y la abrazaba, diciéndole que la quería.

Ahora él ya no habla, pero habló. Y su mujer recuerda. Y se mantiene es su puesto gracias a estas palabras que, merced al tiempo transcurrido desde entonces, se han convertido en recuerdos. Todas las noches, a las dos en punto, la mujer se levanta de la cama y da a su marido una pastilla. ¿De dónde saca tanta abnegación? ¡De los recuerdos! Sí, esta mujer vive de ellos.

No quisiera parecer dogmático, pero aún me atreveré a decir lo siguiente: únicamente podemos amar –amar en el sentido afectivo de esta palabra- a los seres que nos recuerdan algo.

Sí, sí, amigo: el amor vive de recuerdos, y sobrevive gracias a la memoria que los almacena, idealizándolos.

En mi dedo tenía una sortija, la brisa entre los dedos erraba, el día estaba azul, cálido y bello, y me dormí sobre la hierba fina, al despertar miré sobresaltada mi mano pura entre la tarde clara, la sortija en mi dedo ya no estaba, cuanto poseo ahora en este mundo es un recuerdo de color dorado.

¡Sí, claro, es un poema de Emily Dickinson (1830-1886)! Pero será mal comprendido si sólo se piensa en una sortija de plata, de oro o de cualquier otro metal. Quizá la poetisa, como en clave, hablase de otra joya que ya no podía tener entre sus dedos…

Muchos de nuestros seres queridos ya no están. Se han ido de nuestro lado para siempre. Pero no nos han dejado el corazón vacío, sino lleno de recuerdos de color dorado.

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