/ jueves 30 de mayo de 2019

¡No pura forma, señores!


¡NO PURA FORMA, SEÑORES!

Aquiles Córdova Morán

En política, dicen que sentenció alguna vez don Jesús Reyes Heroles, la forma es fondo. La fortuna de la frase se debe, indudablemente, a que es la expresión filosófica más acabada de la manera en que todo político o aspirante a serlo, que se respete, entiende y practica el arte de la política a la mexicana. En efecto, para nuestros políticos la forma no sólo es fondo, lo es todo. Por eso ellos son, sin excepciones, tercos y sabios cultivadores de las formas, sin importarles jamás, un ápice siquiera, el fondo, el contenido, la realidad concreta de sus actos y sus pronunciamientos.

Las formas, las apariencias son lo que cuenta para ellos, no importa que estas formas y apariencias se hallen en abierta contradicción con la realidad, con los hechos. Es más, justamente la aguda y frontal oposición entre los hechos y las apariencias, entre la forma y el contenido, es la clave, el objetivo supremo de la política a la mexicana. Porque para ella la forma no es, no debe ser, la expresión más exacta y fiel de la realidad, sino la máscara que la oculte del modo más completo y perfecto posible, a los ojos y a la conciencia de los profanos, de los no iniciados, es decir, de las grandes masas de trabajadores.

Para el efecto, la política a la mexicana ha desarrollado todo un ritual cuya expresión máxima son los “actos públicos” que se utilizan lo mismo para otorgar premios que para firmar “convenios” o para anunciar “nuevas políticas” o “nuevos programas de inversión”. Los “actos” son la síntesis más acabada de todos los recursos del formulismo vacuo, de oropel, destinados a engañar e impresionar a la opinión pública y a “proyectar la imagen” de algún político, pero sin ningún propósito serio de acción o transformación.

Desde la aparente respetabilidad y solemnidad de los funcionarios, el engolamiento de la voz al dirigirse al público, pasando por la “espontaneidad” y entusiasmo de los asistentes, hasta llegar a las “nuevas políticas” los “nuevos programas” o los “términos del convenio”, todo, absolutamente todo, es falso y aparente. Pura forma, tramoya para impresionar al público. Terminando el acto y logrado el “objetivo político”, todo mundo se olvida del mismo, los “convenios” y “planes” se van al archivo, cuando no al cesto de la basura, y sus destinatarios, el pueblo trabajador, se queda esperando, burlado una vez más en sus esperanzas y necesidades.

Pero eso sí, en el momento mismo del acto resulta realmente admirable, impresionante ver cómo los políticos de todo pelaje, altos y bajos, jóvenes y viejos, en ascenso o de la pelea pasada, que en sus respectivas oficinas no toleran un cabello fuera de su lugar y menos una irreverencia a su investidura, pierden toda compostura y se lanzan a una furiosa lucha de codazos, empujones y jaloneos con tal de conquistar un buen lugar en el “presidium” o, cuando menos, una butaca en primera fila. De ello depende, lo saben muy bien, su futura carrera política.

Todo depende de la forma, de la impresión que reciba el gran público consumidor de imagen y de apariencias. El político mexicano está bien consciente de que nadie, o muy pocos, van a ocuparse de seguir el desarrollo de los “planes”, “programas” y “convenios” anunciados con bombo y platillo en un “acto político”, para denunciar más tarde, con los pelos en la mano, su falta de autenticidad o su incumplimiento. Y aunque así fuera, sabe también que de nada serviría porque, pasada la novedad y la euforia, a nadie le importa ya lo que ocurra con los programas y las promesas. El tiempo es, aquí, su gran aliado. Por tanto, pues, no importa el fondo sino la forma, no importan los hechos, las realizaciones, el cumplimiento cabal y exacto de las promesas, los planes y programas, sino sólo que el “acto político” en el cual se anuncien resulte lo más lucido y mejor organizado posible.

La política a la mexicana ha devenido en la pura forma, es el abuso de la forma para manipular a la opinión pública. Y eso, justamente, es lo que expresa y resume la frase de Reyes Heroles, aunque no estoy muy seguro de que él lo hubiera pensado y entendido así.

Pero así es. Hegel (el verdadero padre de la idea) dijo: bajo determinadas condiciones, la forma es fondo. Al limitar la extensión del juicio a lo puramente político y al absolutizarlo, el ilustre liberal veracruzano eliminó su carácter de verdad universal científico-filosófica y lo convirtió, simplemente, en la expresión compacta de la práctica política mexicana. En efecto, ya sin condicionantes, la afirmación se convierte en una identidad, el juicio se torna perfectamente reversible: si es verdad que forma es fondo, entonces, también es verdad que fondo es forma, es decir, forma y fondo son lo mismo y, por tanto, es legítimo sacar la conclusión, como lo hacen los políticos a la mexicana, de que todo es forma, que la forma es lo único que cuenta.

Pero quienes así piensan se equivocan en la misma manera y medida en que es errónea la frase de Reyes Heroles. En política, como en toda actividad humana, forma y fondo, realidad y apariencia, son igualmente significativas aunque a una mirada superficial pueda parecerle lo contrario.

La gran inconformidad y rebeldía que hoy se deja sentir en las grandes masas mexicanas, se debe fundamentalmente a que no están ya de acuerdo en que se les siga engañando con “actos”, con espectáculos huecos, carentes de trascendencia. Exigen que a las formas corresponda un fondo, un contenido que venga a modificar, de modo tangible y material, su precaria situación social. Las masas nos están diciendo, con su peculiar modo de participar en la historia, que don Jesús Reyes Heroles, con toda su fama a cuestas, estaba equivocado: en política no todo es forma señores, hacen falta hechos.


¡NO PURA FORMA, SEÑORES!

Aquiles Córdova Morán

En política, dicen que sentenció alguna vez don Jesús Reyes Heroles, la forma es fondo. La fortuna de la frase se debe, indudablemente, a que es la expresión filosófica más acabada de la manera en que todo político o aspirante a serlo, que se respete, entiende y practica el arte de la política a la mexicana. En efecto, para nuestros políticos la forma no sólo es fondo, lo es todo. Por eso ellos son, sin excepciones, tercos y sabios cultivadores de las formas, sin importarles jamás, un ápice siquiera, el fondo, el contenido, la realidad concreta de sus actos y sus pronunciamientos.

Las formas, las apariencias son lo que cuenta para ellos, no importa que estas formas y apariencias se hallen en abierta contradicción con la realidad, con los hechos. Es más, justamente la aguda y frontal oposición entre los hechos y las apariencias, entre la forma y el contenido, es la clave, el objetivo supremo de la política a la mexicana. Porque para ella la forma no es, no debe ser, la expresión más exacta y fiel de la realidad, sino la máscara que la oculte del modo más completo y perfecto posible, a los ojos y a la conciencia de los profanos, de los no iniciados, es decir, de las grandes masas de trabajadores.

Para el efecto, la política a la mexicana ha desarrollado todo un ritual cuya expresión máxima son los “actos públicos” que se utilizan lo mismo para otorgar premios que para firmar “convenios” o para anunciar “nuevas políticas” o “nuevos programas de inversión”. Los “actos” son la síntesis más acabada de todos los recursos del formulismo vacuo, de oropel, destinados a engañar e impresionar a la opinión pública y a “proyectar la imagen” de algún político, pero sin ningún propósito serio de acción o transformación.

Desde la aparente respetabilidad y solemnidad de los funcionarios, el engolamiento de la voz al dirigirse al público, pasando por la “espontaneidad” y entusiasmo de los asistentes, hasta llegar a las “nuevas políticas” los “nuevos programas” o los “términos del convenio”, todo, absolutamente todo, es falso y aparente. Pura forma, tramoya para impresionar al público. Terminando el acto y logrado el “objetivo político”, todo mundo se olvida del mismo, los “convenios” y “planes” se van al archivo, cuando no al cesto de la basura, y sus destinatarios, el pueblo trabajador, se queda esperando, burlado una vez más en sus esperanzas y necesidades.

Pero eso sí, en el momento mismo del acto resulta realmente admirable, impresionante ver cómo los políticos de todo pelaje, altos y bajos, jóvenes y viejos, en ascenso o de la pelea pasada, que en sus respectivas oficinas no toleran un cabello fuera de su lugar y menos una irreverencia a su investidura, pierden toda compostura y se lanzan a una furiosa lucha de codazos, empujones y jaloneos con tal de conquistar un buen lugar en el “presidium” o, cuando menos, una butaca en primera fila. De ello depende, lo saben muy bien, su futura carrera política.

Todo depende de la forma, de la impresión que reciba el gran público consumidor de imagen y de apariencias. El político mexicano está bien consciente de que nadie, o muy pocos, van a ocuparse de seguir el desarrollo de los “planes”, “programas” y “convenios” anunciados con bombo y platillo en un “acto político”, para denunciar más tarde, con los pelos en la mano, su falta de autenticidad o su incumplimiento. Y aunque así fuera, sabe también que de nada serviría porque, pasada la novedad y la euforia, a nadie le importa ya lo que ocurra con los programas y las promesas. El tiempo es, aquí, su gran aliado. Por tanto, pues, no importa el fondo sino la forma, no importan los hechos, las realizaciones, el cumplimiento cabal y exacto de las promesas, los planes y programas, sino sólo que el “acto político” en el cual se anuncien resulte lo más lucido y mejor organizado posible.

La política a la mexicana ha devenido en la pura forma, es el abuso de la forma para manipular a la opinión pública. Y eso, justamente, es lo que expresa y resume la frase de Reyes Heroles, aunque no estoy muy seguro de que él lo hubiera pensado y entendido así.

Pero así es. Hegel (el verdadero padre de la idea) dijo: bajo determinadas condiciones, la forma es fondo. Al limitar la extensión del juicio a lo puramente político y al absolutizarlo, el ilustre liberal veracruzano eliminó su carácter de verdad universal científico-filosófica y lo convirtió, simplemente, en la expresión compacta de la práctica política mexicana. En efecto, ya sin condicionantes, la afirmación se convierte en una identidad, el juicio se torna perfectamente reversible: si es verdad que forma es fondo, entonces, también es verdad que fondo es forma, es decir, forma y fondo son lo mismo y, por tanto, es legítimo sacar la conclusión, como lo hacen los políticos a la mexicana, de que todo es forma, que la forma es lo único que cuenta.

Pero quienes así piensan se equivocan en la misma manera y medida en que es errónea la frase de Reyes Heroles. En política, como en toda actividad humana, forma y fondo, realidad y apariencia, son igualmente significativas aunque a una mirada superficial pueda parecerle lo contrario.

La gran inconformidad y rebeldía que hoy se deja sentir en las grandes masas mexicanas, se debe fundamentalmente a que no están ya de acuerdo en que se les siga engañando con “actos”, con espectáculos huecos, carentes de trascendencia. Exigen que a las formas corresponda un fondo, un contenido que venga a modificar, de modo tangible y material, su precaria situación social. Las masas nos están diciendo, con su peculiar modo de participar en la historia, que don Jesús Reyes Heroles, con toda su fama a cuestas, estaba equivocado: en política no todo es forma señores, hacen falta hechos.

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