/ domingo 23 de mayo de 2021

Necesidad de las fiestas

No estoy hecho para las vacaciones. Si decido tomarme unas, por ejemplo, de cinco días –esto es a lo más que llego-, al segundo no sé qué hacer conmigo y quiero a la voz de ya volverme por donde vine. ¡Ah, las dulzuras del hogar! Me dicen mis amigos:

Descansa, hombre. Aprovecha, disfruta, relájate, estira los pies.

Y yo hago puntualmente todo lo que me dicen: estiro los pies, aprovecho y me relajo, pero también me aburro y me impaciento. Tal es el motivo secreto por el que no suelo tomar casi nunca vacaciones.

Tampoco sé desenvolverme en las fiestas. Puedo divertirme en ellas hasta las once de la noche, pero a las once y cuarto mi ánimo empieza a amortiguarse y yo a mostrar cara de sueño. Y no es que finja, no; es que, con el pasar de los años, mi cuerpo se ha convertido para mí en un aliado.

El día del año que más temo es el de mi cumpleaños. No me gusta cumplir años. Y no por eso de que no es lo mismo tener cuarenta y nueve que cincuenta, sino porque soy tímido y me avergüenza que los demás se tomen el trabajo de llamarme. Felicitaciones, más felicitaciones, buenos deseos: debo confesar que todo esto me abruma y que desearía que el año tuviese sólo trescientos sesenta y cuatro días. Ese día no querría existir. ¿O por qué no desaparecer? Siempre he querido, desde que recuerdo, que el día de mi cumpleaños pase pronto. Me apena que los que me quieren se sientan en el deber de reportarse conmigo, para luego cargar con una culpa innecesaria si no lo hicieron o no tuvieron tiempo para hacerlo.

Y luego los regalos… No recibo muchos, es verdad, pero sí los suficientes como para entristecerme. ¿He utilizado la palabra correcta? Sí, entristecerme. Porque he ocasionado un gasto inútil, superfluo del todo. Tal vez mis amigos y amigas querrían verme con camisas de colores más chillantes y alegres, y me las regalan, pero yo no me las pongo porque siento que no me van, y eso, aunque no me lo digan ni me lo reprochen a causa de su gran delicadeza, imagino que deberá apenarlos un poquito.

Una vez, una hermana me dio un hermoso suéter color verde limón que un joven de veinte años me habría arrebatado de las manos: tan bello era, y tan fino, y tan caro. Y, al dármelo, me dijo a modo de advertencia severísima:

-Pero te lo pones, ¿eh?

Yo le respondí que lo haría, aunque nunca lo hice ni creo que lo haré. Y si lo conservo aún en un cajón de mi ropero es únicamente para cumplir con esa regla no escrita que prohíbe regalar lo dado.

Sí, el día de mi cumpleaños querría poder irme a la cama a las nueve de la noche.

Y dirá el lector, con toda razón: “Y todas estas confesiones, ¿a qué vienen?”. A que leyendo un libro de Erika Mann en el que relata pormenorizadamente los últimos días de su padre, Thomas Mann (1875-1955), el famosísimo autor de La montaña mágica y de otras muchas novelas igual de imprescindibles, revela que a su padre tampoco le gustaban las fiestas y tenía que luchar y vencerse a sí mismo para asistir a ellas y mostrarse alegre. En una ocasión dijo a su hija esto que yo al instante subrayé con mi lápiz rojo:

“Hay varias maneras de comportarse en el onomástico… Hay quienes, en tal oportunidad, desaparecen, parten hacia quién sabe dónde con tal de escapar a las celebraciones: a éstos se los identifica bajo el signo de la abnegación y de la modestia. A ti te consta que no me he comportado así. Y no lo he hecho por incapacidad para sustraerme a homenajes y festejos, sino porque creo que debemos actuar en forma obediente frente a la vida y recibir y celebrar las fiestas que ella nos brinda tal y como se presentan” (Erika Mann, El último año).

Según Thomas Mann, pues, no se trata de pasarse la vida organizando fiestas, reuniones y celebraciones, sino de aceptar de buen grado cuando nos invitan a ellas y agradecer el gesto con todas las ceremonias de la alegría agradecida.

Sí, también las fiestas son necesarias. Son como un recreo que Dios quiere concedernos como premio merecido a nuestras muchas fatigas.

“Tres días después –dice el evangelio-, hubo una boda en Caná de Galilea. La madre de Jesús estaba invitada. También lo estaban Jesús y sus discípulos. Se les acabó el vino, y entonces la madre de Jesús le dijo: ‘Ya no tienen vino’” (Juan 2, 1-3).

Pero, ¿qué hacía María en una fiesta? ¿Y por qué le preocupa tanto el hecho de que a los novios se les hubiera acabado el vino? ¿No era mejor que Nuestra Señora se preocupara de otras cosas y se quedara en casa cocinando y tejiendo? Pero está en la fiesta, lo mismo que Jesús y sus discípulos. “Jesús –podríamos preguntarle al Maestro-, ¿no hubiera sido mejor que te dedicaras a predicar la palabra y a curar enfermos en lugar de asistir a un banquete de bodas? Después de todo, piensa: ¡hay tantas necesidades en el mundo! Y, por lo demás, ¿no hubiera sido más piadoso de tu parte rechazar la invitación y dedicarte, por decirlo así, a cosas más elevadas y espirituales? Esto por un lado. Y, por otro, ¿no te exponías a que te llamaran glotón y bebedor de vino, como muchos de tus enemigos, de hecho, lo hicieron después (Cf. Mateo 11, 19)?

Pero no negaste a aquellos novios el regalo de tu presencia. ¡Sabías lo importante que era para ellos que asistieras a su fiesta! Y ahí estás, regalando a los novios 600 litros de excelente vino… ¿Por qué, pues, decir siempre que no? Asistir a una fiesta –y ahora lo comprendo, ¡qué tarde!- es una manera de alegrarles la vida a los demás y, por lo tanto, un noble ejercicio espiritual. ¡Qué ingenuo era yo y qué profundo eres tú!

No estoy hecho para las vacaciones. Si decido tomarme unas, por ejemplo, de cinco días –esto es a lo más que llego-, al segundo no sé qué hacer conmigo y quiero a la voz de ya volverme por donde vine. ¡Ah, las dulzuras del hogar! Me dicen mis amigos:

Descansa, hombre. Aprovecha, disfruta, relájate, estira los pies.

Y yo hago puntualmente todo lo que me dicen: estiro los pies, aprovecho y me relajo, pero también me aburro y me impaciento. Tal es el motivo secreto por el que no suelo tomar casi nunca vacaciones.

Tampoco sé desenvolverme en las fiestas. Puedo divertirme en ellas hasta las once de la noche, pero a las once y cuarto mi ánimo empieza a amortiguarse y yo a mostrar cara de sueño. Y no es que finja, no; es que, con el pasar de los años, mi cuerpo se ha convertido para mí en un aliado.

El día del año que más temo es el de mi cumpleaños. No me gusta cumplir años. Y no por eso de que no es lo mismo tener cuarenta y nueve que cincuenta, sino porque soy tímido y me avergüenza que los demás se tomen el trabajo de llamarme. Felicitaciones, más felicitaciones, buenos deseos: debo confesar que todo esto me abruma y que desearía que el año tuviese sólo trescientos sesenta y cuatro días. Ese día no querría existir. ¿O por qué no desaparecer? Siempre he querido, desde que recuerdo, que el día de mi cumpleaños pase pronto. Me apena que los que me quieren se sientan en el deber de reportarse conmigo, para luego cargar con una culpa innecesaria si no lo hicieron o no tuvieron tiempo para hacerlo.

Y luego los regalos… No recibo muchos, es verdad, pero sí los suficientes como para entristecerme. ¿He utilizado la palabra correcta? Sí, entristecerme. Porque he ocasionado un gasto inútil, superfluo del todo. Tal vez mis amigos y amigas querrían verme con camisas de colores más chillantes y alegres, y me las regalan, pero yo no me las pongo porque siento que no me van, y eso, aunque no me lo digan ni me lo reprochen a causa de su gran delicadeza, imagino que deberá apenarlos un poquito.

Una vez, una hermana me dio un hermoso suéter color verde limón que un joven de veinte años me habría arrebatado de las manos: tan bello era, y tan fino, y tan caro. Y, al dármelo, me dijo a modo de advertencia severísima:

-Pero te lo pones, ¿eh?

Yo le respondí que lo haría, aunque nunca lo hice ni creo que lo haré. Y si lo conservo aún en un cajón de mi ropero es únicamente para cumplir con esa regla no escrita que prohíbe regalar lo dado.

Sí, el día de mi cumpleaños querría poder irme a la cama a las nueve de la noche.

Y dirá el lector, con toda razón: “Y todas estas confesiones, ¿a qué vienen?”. A que leyendo un libro de Erika Mann en el que relata pormenorizadamente los últimos días de su padre, Thomas Mann (1875-1955), el famosísimo autor de La montaña mágica y de otras muchas novelas igual de imprescindibles, revela que a su padre tampoco le gustaban las fiestas y tenía que luchar y vencerse a sí mismo para asistir a ellas y mostrarse alegre. En una ocasión dijo a su hija esto que yo al instante subrayé con mi lápiz rojo:

“Hay varias maneras de comportarse en el onomástico… Hay quienes, en tal oportunidad, desaparecen, parten hacia quién sabe dónde con tal de escapar a las celebraciones: a éstos se los identifica bajo el signo de la abnegación y de la modestia. A ti te consta que no me he comportado así. Y no lo he hecho por incapacidad para sustraerme a homenajes y festejos, sino porque creo que debemos actuar en forma obediente frente a la vida y recibir y celebrar las fiestas que ella nos brinda tal y como se presentan” (Erika Mann, El último año).

Según Thomas Mann, pues, no se trata de pasarse la vida organizando fiestas, reuniones y celebraciones, sino de aceptar de buen grado cuando nos invitan a ellas y agradecer el gesto con todas las ceremonias de la alegría agradecida.

Sí, también las fiestas son necesarias. Son como un recreo que Dios quiere concedernos como premio merecido a nuestras muchas fatigas.

“Tres días después –dice el evangelio-, hubo una boda en Caná de Galilea. La madre de Jesús estaba invitada. También lo estaban Jesús y sus discípulos. Se les acabó el vino, y entonces la madre de Jesús le dijo: ‘Ya no tienen vino’” (Juan 2, 1-3).

Pero, ¿qué hacía María en una fiesta? ¿Y por qué le preocupa tanto el hecho de que a los novios se les hubiera acabado el vino? ¿No era mejor que Nuestra Señora se preocupara de otras cosas y se quedara en casa cocinando y tejiendo? Pero está en la fiesta, lo mismo que Jesús y sus discípulos. “Jesús –podríamos preguntarle al Maestro-, ¿no hubiera sido mejor que te dedicaras a predicar la palabra y a curar enfermos en lugar de asistir a un banquete de bodas? Después de todo, piensa: ¡hay tantas necesidades en el mundo! Y, por lo demás, ¿no hubiera sido más piadoso de tu parte rechazar la invitación y dedicarte, por decirlo así, a cosas más elevadas y espirituales? Esto por un lado. Y, por otro, ¿no te exponías a que te llamaran glotón y bebedor de vino, como muchos de tus enemigos, de hecho, lo hicieron después (Cf. Mateo 11, 19)?

Pero no negaste a aquellos novios el regalo de tu presencia. ¡Sabías lo importante que era para ellos que asistieras a su fiesta! Y ahí estás, regalando a los novios 600 litros de excelente vino… ¿Por qué, pues, decir siempre que no? Asistir a una fiesta –y ahora lo comprendo, ¡qué tarde!- es una manera de alegrarles la vida a los demás y, por lo tanto, un noble ejercicio espiritual. ¡Qué ingenuo era yo y qué profundo eres tú!

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