/ jueves 19 de septiembre de 2019

México debe hacerse rico, fuerte e independiente ante los dominadores del mundo

Aquiles Córdova Morán

A despecho de todos los pacifistas que en el mundo han sido, la investigación seria demuestra que la guerra ha sido una constante a lo largo de la historia humana. Esta verdad elemental abarca, en realidad, a la misma prehistoria, es decir, la época en que los hombres, por no conocer la escritura, no dejaron un testimonio seguro sobre su vida en colectividad. Las guerras por dominio territorial entre tribus nómadas están fuera de duda.

Marx escribió que la historia humana, desde sus orígenes hasta hoy, es la historia de la lucha de clases. Esta tesis implica que, para él, esta lucha no se reduce a la que libran la burguesía y el trabajo asalariado en nuestros días, como pretenden muchos marxistas de manual, sino que es algo mucho más complejo y variado, según lo muestra un estudio más detenido de las formaciones sociales anteriores a la nuestra. Si se hace así, es fácil darse cuenta que la lucha de clases va más allá, incluso, que la lucha entre explotadores y explotados en general, porque, si así fuera, quedaría confinada, siempre y necesariamente, dentro de los límites de una sociedad particular, la que sea, sin afectar nunca a otra u otras formaciones sociales coexistentes con ella.

Las investigaciones históricas, sin embargo, dicen otra cosa. La clase dominante en una determinada formación social, una vez agotado el provecho de seguir librando la lucha de clases al interior de su propio ámbito, inevitablemente tiene que dirigir la mirada hacia otras oportunidades mejores que le pueda ofrecer su entorno; y una vez localizadas y dimensionadas éstas, lanzarse a la conquista de los beneficios que avizora y codicia. Y esta conquista, este deseo de apoderarse de los recursos y las riquezas ajenas, solo puede cumplirse mediante el uso de la fuerza. Este es el origen y la causa de las guerras y de su persistencia a lo largo de la historia humana.

Vista así la lucha de clases, resulta claro que no se constriñe ni permanece siempre igual en el interior de una sociedad determinada. Nace y se desarrolla en su seno; pero una vez llegada a un punto máximo, se transforma en guerra de conquista, saqueo y apropiación de los recursos (incluidos los humanos) y las riquezas materiales de la, o las sociedades conquistadas. En esta fase, la lucha de clases enfrenta a las clases dominantes de la sociedad más fuerte y poderosa con las clases dominantes de las sociedades más débiles, y se libra, en el terreno de los hechos, lanzando al combate a las clases oprimidas y explotadas de la nación poderosa contra de esas mismas clases pero de la sociedad débil cuya conquista se pretende. El estudio de las guerras más importante sufridas hasta hoy, arroja suficiente material para respaldar estas verdades.

Una vez iniciada la fase imperialista, no se detiene ya. Cada ciudad, país o región ganados, son vistos por los invasores solo como una nueva frontera a conquistar; solo como un nuevo desafío a su hambre de riqueza y de dominio. El proceso termina únicamente como consecuencia de su agotamiento histórico, es decir, cuando el impulso profundo de sus promotores y ejecutores se ve debilitado seriamente por las resistencias internas que su dominación provoca en los pueblos sojuzgados y expoliados, y no obtienen ya, por tanto, los beneficios que ambicionan. O cuando ese agotamiento se les aparece bajo la forma de otra fuerza, mayor que la suya y directamente opuesta a sus intereses, obstáculo que no excluye necesariamente la resistencia interna de las masas. Se produce entonces la decadencia inevitable del modelo socio-económico en expansión y es sustituido por otro que supere las obsolescencias del que agoniza e inyecte nueva vida al desarrollo histórico de la sociedad.

Por esto, la historia humana puede verse también como una sucesión ininterrumpida de sociedades conquistadoras que han aspirado al control absoluto del mundo de su época y a la eternización de su dominio. En pocas palabras, como una sucesión de imperios que han logrado crecer, desarrollarse e imponerse momentáneamente como el poder dominante, pero que han fracasado siempre en su deseo de eternizarse, es decir, de constituirse en el último eslabón del desarrollo histórico de la sociedad, en “el fin de la historia”. Caldeos, asirios, babilonios, hititas, egipcios, persas, griegos, romanos y el Sacro Imperio romano-germánico de Carlomagno, son intentos frustrados de dominación eterna y prueba indudable, por tanto, de lo que aquí menciono.

Se sabe bien que la muerte de todos los imperios se explica, pero solo en muy pequeña parte, por la descomposición que provoca en sus clases dominantes: la riqueza, el lujo, el ocio, la corrupción y la soberbia de dichas clases, son algo bien estudiado como para repetirlo aquí. Pero lo que se conoce menos, y a veces se calla con toda intención, es el papel que juega la resistencia de los oprimidos. El espíritu de independencia, de libertad y de mejoramiento material y espiritual de los pueblos conquistados, y el sentimiento de injusto despojo de lo que por derecho les corresponde, encienden y refuerzan la decisión de luchar contra los usurpadores extranjeros y expulsarlos de su territorio al precio que sea. No la sumisión pasiva, no la resignación vergonzosa ni la prédica servil de “amor y paz”, no la renuncia a la lucha (secreta o abierta) por el derecho propio; sino el combate constante al opresor, son los factores decisivos para la caída final del monstruo que parece invencible a primera vista.

Hoy vivimos un imperialismo más; vivimos el ansia de dominio planetario por parte del capitalismo industrial y financiero (sobre todo financiero) que juzga que es su legítimo derecho apropiarse de todo, derecho que conquistó, según sus voceros, al derrotar al ejército del III Reich alemán, encabezado por Adolfo Hitler y su partido Nazi que, precisamente, buscaban adueñarse del planeta por la fuerza de las armas.

Pero el imperialismo actual, como era de esperarse, ha aprendido mucho de la experiencia de imperios pasados y de sus propios ensayos de dominación mundial a base de invasiones, golpes de Estado y gorilatos al servicio de sus intereses. Hoy sabe ya que el dominio por la fuerza, por la persecución de los enemigos y por el terror despiadado de sus opositores, provoca un efecto contrario al que se busca: no doblega a los pueblos, sino que los arma con poderosas banderas de reivindicación nacional y social y los galvaniza contra el terror y el espíritu de claudicación. Por eso da preferencia a métodos menos rudos en apariencia y que enmascaran mejor sus verdaderos propósitos. Hablo de políticas como la dominación económica mediante la exportación de capitales (productivos y especulativos), a los que presenta como “ayudas desinteresadas para sacar de la pobreza a los países rezagados; como el control de los mercados mundiales mediante los pactos comerciales y la globalización a los que atribuye propósitos progresistas y de redistribución de la riqueza mundial; y un discurso universal a favor de la “democracia”, la “libertad” y los derechos humanos. Esto último le permite aplicar sanciones de todo tipo a quienes no se plieguen a sus intereses y denuncien esa política como una trampa más para engañar y dominar al mundo. Naturalmente que esto no elimina las guerras imperialistas de dominio y expoliación, simplemente las disfraza mejor y las vuelve inatacables para la opinión pública menos informada.

En un ambiente así, en un mundo que se mueve sobre el abuso, la explotación, el dominio del fuerte sobre los débiles, mientras pronuncia discursos hipócritas sobre paz, democracia, bienestar compartido y derechos humanos, el pacifismo a ultranza de los débiles y dominados resulta una auténtica tontería, un disparate nacido de una mente saturada de idealismo y de una moralidad totalmente fuera de lugar en los asuntos del gobierno y de la política.

En un mundo así, hablar de “amor y paz” como recurso para entenderse con los poderosos y convencerlos de que deben tratarnos bien, o peor aún, someterse a sus órdenes y sentirse orgulloso de haberlas cumplido puntualmente, mientras se destruye al ejército dedicándolo a una tarea que no es la suya y corrompiéndolo por el ocio, la inactividad y la falta de entrenamiento, es ir exactamente en dirección contraria a lo que enseña y recomienda la historia y que reseñamos más arriba. Eso no es lo que México necesita. Si queremos ser libres y soberanos, al mismo tiempo que no aislarnos del resto del mundo, no aislarnos de la economía, los mercados y la cultura de los demás pueblos de la tierra, lo que tenemos que hacer es crecer económica, científica, militar y socialmente, hacernos ricos, poderosos y fuertes para poder negociar en igualdad de condiciones con los gigantes que hoy dominan el planeta. Lo demás son ilusiones que, esas sí, favorecen el retroceso mientras hablan de ir hacia una nueva Tierra Prometida. (I/P)

Aquiles Córdova Morán

A despecho de todos los pacifistas que en el mundo han sido, la investigación seria demuestra que la guerra ha sido una constante a lo largo de la historia humana. Esta verdad elemental abarca, en realidad, a la misma prehistoria, es decir, la época en que los hombres, por no conocer la escritura, no dejaron un testimonio seguro sobre su vida en colectividad. Las guerras por dominio territorial entre tribus nómadas están fuera de duda.

Marx escribió que la historia humana, desde sus orígenes hasta hoy, es la historia de la lucha de clases. Esta tesis implica que, para él, esta lucha no se reduce a la que libran la burguesía y el trabajo asalariado en nuestros días, como pretenden muchos marxistas de manual, sino que es algo mucho más complejo y variado, según lo muestra un estudio más detenido de las formaciones sociales anteriores a la nuestra. Si se hace así, es fácil darse cuenta que la lucha de clases va más allá, incluso, que la lucha entre explotadores y explotados en general, porque, si así fuera, quedaría confinada, siempre y necesariamente, dentro de los límites de una sociedad particular, la que sea, sin afectar nunca a otra u otras formaciones sociales coexistentes con ella.

Las investigaciones históricas, sin embargo, dicen otra cosa. La clase dominante en una determinada formación social, una vez agotado el provecho de seguir librando la lucha de clases al interior de su propio ámbito, inevitablemente tiene que dirigir la mirada hacia otras oportunidades mejores que le pueda ofrecer su entorno; y una vez localizadas y dimensionadas éstas, lanzarse a la conquista de los beneficios que avizora y codicia. Y esta conquista, este deseo de apoderarse de los recursos y las riquezas ajenas, solo puede cumplirse mediante el uso de la fuerza. Este es el origen y la causa de las guerras y de su persistencia a lo largo de la historia humana.

Vista así la lucha de clases, resulta claro que no se constriñe ni permanece siempre igual en el interior de una sociedad determinada. Nace y se desarrolla en su seno; pero una vez llegada a un punto máximo, se transforma en guerra de conquista, saqueo y apropiación de los recursos (incluidos los humanos) y las riquezas materiales de la, o las sociedades conquistadas. En esta fase, la lucha de clases enfrenta a las clases dominantes de la sociedad más fuerte y poderosa con las clases dominantes de las sociedades más débiles, y se libra, en el terreno de los hechos, lanzando al combate a las clases oprimidas y explotadas de la nación poderosa contra de esas mismas clases pero de la sociedad débil cuya conquista se pretende. El estudio de las guerras más importante sufridas hasta hoy, arroja suficiente material para respaldar estas verdades.

Una vez iniciada la fase imperialista, no se detiene ya. Cada ciudad, país o región ganados, son vistos por los invasores solo como una nueva frontera a conquistar; solo como un nuevo desafío a su hambre de riqueza y de dominio. El proceso termina únicamente como consecuencia de su agotamiento histórico, es decir, cuando el impulso profundo de sus promotores y ejecutores se ve debilitado seriamente por las resistencias internas que su dominación provoca en los pueblos sojuzgados y expoliados, y no obtienen ya, por tanto, los beneficios que ambicionan. O cuando ese agotamiento se les aparece bajo la forma de otra fuerza, mayor que la suya y directamente opuesta a sus intereses, obstáculo que no excluye necesariamente la resistencia interna de las masas. Se produce entonces la decadencia inevitable del modelo socio-económico en expansión y es sustituido por otro que supere las obsolescencias del que agoniza e inyecte nueva vida al desarrollo histórico de la sociedad.

Por esto, la historia humana puede verse también como una sucesión ininterrumpida de sociedades conquistadoras que han aspirado al control absoluto del mundo de su época y a la eternización de su dominio. En pocas palabras, como una sucesión de imperios que han logrado crecer, desarrollarse e imponerse momentáneamente como el poder dominante, pero que han fracasado siempre en su deseo de eternizarse, es decir, de constituirse en el último eslabón del desarrollo histórico de la sociedad, en “el fin de la historia”. Caldeos, asirios, babilonios, hititas, egipcios, persas, griegos, romanos y el Sacro Imperio romano-germánico de Carlomagno, son intentos frustrados de dominación eterna y prueba indudable, por tanto, de lo que aquí menciono.

Se sabe bien que la muerte de todos los imperios se explica, pero solo en muy pequeña parte, por la descomposición que provoca en sus clases dominantes: la riqueza, el lujo, el ocio, la corrupción y la soberbia de dichas clases, son algo bien estudiado como para repetirlo aquí. Pero lo que se conoce menos, y a veces se calla con toda intención, es el papel que juega la resistencia de los oprimidos. El espíritu de independencia, de libertad y de mejoramiento material y espiritual de los pueblos conquistados, y el sentimiento de injusto despojo de lo que por derecho les corresponde, encienden y refuerzan la decisión de luchar contra los usurpadores extranjeros y expulsarlos de su territorio al precio que sea. No la sumisión pasiva, no la resignación vergonzosa ni la prédica servil de “amor y paz”, no la renuncia a la lucha (secreta o abierta) por el derecho propio; sino el combate constante al opresor, son los factores decisivos para la caída final del monstruo que parece invencible a primera vista.

Hoy vivimos un imperialismo más; vivimos el ansia de dominio planetario por parte del capitalismo industrial y financiero (sobre todo financiero) que juzga que es su legítimo derecho apropiarse de todo, derecho que conquistó, según sus voceros, al derrotar al ejército del III Reich alemán, encabezado por Adolfo Hitler y su partido Nazi que, precisamente, buscaban adueñarse del planeta por la fuerza de las armas.

Pero el imperialismo actual, como era de esperarse, ha aprendido mucho de la experiencia de imperios pasados y de sus propios ensayos de dominación mundial a base de invasiones, golpes de Estado y gorilatos al servicio de sus intereses. Hoy sabe ya que el dominio por la fuerza, por la persecución de los enemigos y por el terror despiadado de sus opositores, provoca un efecto contrario al que se busca: no doblega a los pueblos, sino que los arma con poderosas banderas de reivindicación nacional y social y los galvaniza contra el terror y el espíritu de claudicación. Por eso da preferencia a métodos menos rudos en apariencia y que enmascaran mejor sus verdaderos propósitos. Hablo de políticas como la dominación económica mediante la exportación de capitales (productivos y especulativos), a los que presenta como “ayudas desinteresadas para sacar de la pobreza a los países rezagados; como el control de los mercados mundiales mediante los pactos comerciales y la globalización a los que atribuye propósitos progresistas y de redistribución de la riqueza mundial; y un discurso universal a favor de la “democracia”, la “libertad” y los derechos humanos. Esto último le permite aplicar sanciones de todo tipo a quienes no se plieguen a sus intereses y denuncien esa política como una trampa más para engañar y dominar al mundo. Naturalmente que esto no elimina las guerras imperialistas de dominio y expoliación, simplemente las disfraza mejor y las vuelve inatacables para la opinión pública menos informada.

En un ambiente así, en un mundo que se mueve sobre el abuso, la explotación, el dominio del fuerte sobre los débiles, mientras pronuncia discursos hipócritas sobre paz, democracia, bienestar compartido y derechos humanos, el pacifismo a ultranza de los débiles y dominados resulta una auténtica tontería, un disparate nacido de una mente saturada de idealismo y de una moralidad totalmente fuera de lugar en los asuntos del gobierno y de la política.

En un mundo así, hablar de “amor y paz” como recurso para entenderse con los poderosos y convencerlos de que deben tratarnos bien, o peor aún, someterse a sus órdenes y sentirse orgulloso de haberlas cumplido puntualmente, mientras se destruye al ejército dedicándolo a una tarea que no es la suya y corrompiéndolo por el ocio, la inactividad y la falta de entrenamiento, es ir exactamente en dirección contraria a lo que enseña y recomienda la historia y que reseñamos más arriba. Eso no es lo que México necesita. Si queremos ser libres y soberanos, al mismo tiempo que no aislarnos del resto del mundo, no aislarnos de la economía, los mercados y la cultura de los demás pueblos de la tierra, lo que tenemos que hacer es crecer económica, científica, militar y socialmente, hacernos ricos, poderosos y fuertes para poder negociar en igualdad de condiciones con los gigantes que hoy dominan el planeta. Lo demás son ilusiones que, esas sí, favorecen el retroceso mientras hablan de ir hacia una nueva Tierra Prometida. (I/P)

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