/ domingo 28 de junio de 2020

La utilidad de l@s mayores

Conocí una vez a un hombre que nunca pedía consejos: tal cosa le parecía humillante. “¿Pedir consejos? –explicaba-. ¿Para que luego todo el mundo crea que soy un tonto?”. Sin embargo, dentro de su testarudez, ese hombre, hijo mío, no estaba tan equivocado, después de todo. Pedir consejo, en efecto, es reconocer que no está uno en la posesión de la verdad completa, que hay cosas que se nos escapan: que uno, en fin, no es Dios. Sólo los humildes se animan a pedir consejos.

Pero no basta la humildad: también es necesaria cierta actitud de la que ahora te hablaré. Hay, por ejemplo, quienes piden consejo para, al final, acabar saliéndose con la suya. He aquí cómo proceden: supongamos que quieren saber qué marca de automóvil deberán comprar, ya que han decidido tener uno. Ellos quieren un Ford y van a comprárselo cueste lo que cueste, porque su padre tenía un Ford, su abuelo tuvo un Ford, y cada vez que recuerdan los lejanos tiempos de su niñez se ven a sí mismo encaramados en un Ford. La marca suscita en ellos evocaciones entrañables. Sin embargo, aun cuando ya saben lo que harán, cada vez que encuentran a un amigo o compañero lo consultan, diciéndole:

-He decidido comprarme un auto nuevo, y todo se inclina a que sea un Ford. ¿Tú qué piensas?

El amigo les dice que, aunque en la actualidad no hay autos malos, él se inclinaría por un Chevrolet.

Otro amigo, al día siguiente, le dice también:

-Yo, en cambio, me inclinaría por un Nissan. Es que los autos japoneses…

Pero nuestro hombre no han hecho la pregunta para modificar su decisión, ni nada por el estilo, sino únicamente para anunciarla.

Por otro lado, hijo mío, están aquellos que piden consejo sólo para que les den por su lado, y es precisamente de esta última clase de hombres de la que por ahora quiero hablarte. Éstos, cuando quieren decidir acerca de una cuestión, sea la que fuere, se ponen a consultar, sí, pero sólo a aquellos que ya sabe lo que le van a decir. Con mucha frecuencia, a esta clase pertenecen los jefes y superiores de todas índoles y, puesto que estás ahora al frente de una importante organización, no está de más que te prevenga.

Un jefe o superior ha decidido, verbigracia, tirar una pared. ¿Lo hará? Todo depende de a quién consulte. Puede preguntárselo a sus amigos e incondicionales, sabiendo de antemano que éstos se pondrán siempre de su lado, o puede, por el contrario… En fin, el hombre ha decidido tirar la barda. Bien, entonces se pondrá a la busca de pareceres para no dar finta de tirano, pero buscará los pareceres que de antemano sabe que le serán favorables. Mas, ¿es eso pedir consejo? Por eso te lo digo, casi te lo grito: ahora que mandas, cuídate de tus amigos y de todos aquellos que, por quedar bien contigo, siempre y como sea se pondrán de tu parte. Una vez conocí a un hombre, déspota y autoritario como pocos ha habido en este viejo mundo, que para probar a su secretario (o quizá para burlarse de él en su propia cara) le decía:

-¿No crees que hoy es un mal día?

-Sí –respondía el otro-. Es un día de veras malo.

-Y, sin embargo, no tan malo, después de todo. Hay nubes en el cielo.

-En efecto, hay nubes en el cielo. Tal vez llueva. No, tal vez no sea un mal día.

-Hoy, en vez de trabajar, preferiría tomarme un café y tirarme a la cama.

-Sí, hoy es un día para tomarse uno un café y no salir de la cama. ¡Con el frío que hace!

-¿Has dicho frío? Más bien hace un poco de calor.

-Un poco de calor no es malo. Se desentumen los miembros, se siente uno en la playa, le dan ganas de comerse un coco.

¿Para qué quieres, hijo mío, un secretario así? En la Biblia aparece un rey –hijo nada menos que del gran Salomón-, llamado Roboam, que no sabía cómo proceder respecto a cierto asunto de interés nacional. Y entonces se puso a la caza de opiniones… “Roboam consultó a los ancianos, que habían sido consejeros durante la vida de su padre Salomón y les preguntó: “¿Qué me aconsejan que responda a este pueblo?”. Ellos le dijeron: “Si te pones hoy al servicio del pueblo, si aceptas sus propuestas y los tratas amablemente, ellos estarán siempre a tu servicio” (1 Reyes 12, 6-7). Los viejos, para decirlo de una vez, estaban a favor de la diplomacia y las buenas maneras. “Pero Roboam rechazó este consejo de los ancianos y pidió parecer a sus jóvenes compañeros, que se habían educado con él y estaban a su servicio. Les preguntó: ¿Qué me aconsejan que responda a este pueblo que me ha hablado así: ‘Alivia el yugo que tu padre puso sobre nosotros’? Los jóvenes que se habían educado con él le respondieron: A este pueblo, que te ha dicho eso, le contestarás: ‘Mi dedo meñique es más grueso que la espada de mi padre. Mi padre puso sobre ustedes un yugo pesado, pero yo lo haré más pesado aún’” (1 Reyes 12, 9-11).

Y así lo hizo Roboam, pero con unos resultados verdaderamente catastróficos. Y es que mientras los viejos pensaban en Israel, los jóvenes pensaban únicamente en cómo agradar al jefe.

Los jóvenes, hijo, a menudo están llenos de ambiciones; los viejos, en cambio, que ya no esperan nada para sí mismos, con frecuencia son más desinteresados, y por eso sus consejos son mejores. Dijo una vez el novelista francés René Bazin (1853-1932): “Cuando se envejece, todas las demás cosas se van, pero Dios viene”. Y Jean Guitton (1901-1999), el filósofo: “Envejecer es ver a Dios más de cerca”. Déjate aconsejar por los viejos. En este mundo, son los únicos que ven a Dios con alguna claridad.

Conocí una vez a un hombre que nunca pedía consejos: tal cosa le parecía humillante. “¿Pedir consejos? –explicaba-. ¿Para que luego todo el mundo crea que soy un tonto?”. Sin embargo, dentro de su testarudez, ese hombre, hijo mío, no estaba tan equivocado, después de todo. Pedir consejo, en efecto, es reconocer que no está uno en la posesión de la verdad completa, que hay cosas que se nos escapan: que uno, en fin, no es Dios. Sólo los humildes se animan a pedir consejos.

Pero no basta la humildad: también es necesaria cierta actitud de la que ahora te hablaré. Hay, por ejemplo, quienes piden consejo para, al final, acabar saliéndose con la suya. He aquí cómo proceden: supongamos que quieren saber qué marca de automóvil deberán comprar, ya que han decidido tener uno. Ellos quieren un Ford y van a comprárselo cueste lo que cueste, porque su padre tenía un Ford, su abuelo tuvo un Ford, y cada vez que recuerdan los lejanos tiempos de su niñez se ven a sí mismo encaramados en un Ford. La marca suscita en ellos evocaciones entrañables. Sin embargo, aun cuando ya saben lo que harán, cada vez que encuentran a un amigo o compañero lo consultan, diciéndole:

-He decidido comprarme un auto nuevo, y todo se inclina a que sea un Ford. ¿Tú qué piensas?

El amigo les dice que, aunque en la actualidad no hay autos malos, él se inclinaría por un Chevrolet.

Otro amigo, al día siguiente, le dice también:

-Yo, en cambio, me inclinaría por un Nissan. Es que los autos japoneses…

Pero nuestro hombre no han hecho la pregunta para modificar su decisión, ni nada por el estilo, sino únicamente para anunciarla.

Por otro lado, hijo mío, están aquellos que piden consejo sólo para que les den por su lado, y es precisamente de esta última clase de hombres de la que por ahora quiero hablarte. Éstos, cuando quieren decidir acerca de una cuestión, sea la que fuere, se ponen a consultar, sí, pero sólo a aquellos que ya sabe lo que le van a decir. Con mucha frecuencia, a esta clase pertenecen los jefes y superiores de todas índoles y, puesto que estás ahora al frente de una importante organización, no está de más que te prevenga.

Un jefe o superior ha decidido, verbigracia, tirar una pared. ¿Lo hará? Todo depende de a quién consulte. Puede preguntárselo a sus amigos e incondicionales, sabiendo de antemano que éstos se pondrán siempre de su lado, o puede, por el contrario… En fin, el hombre ha decidido tirar la barda. Bien, entonces se pondrá a la busca de pareceres para no dar finta de tirano, pero buscará los pareceres que de antemano sabe que le serán favorables. Mas, ¿es eso pedir consejo? Por eso te lo digo, casi te lo grito: ahora que mandas, cuídate de tus amigos y de todos aquellos que, por quedar bien contigo, siempre y como sea se pondrán de tu parte. Una vez conocí a un hombre, déspota y autoritario como pocos ha habido en este viejo mundo, que para probar a su secretario (o quizá para burlarse de él en su propia cara) le decía:

-¿No crees que hoy es un mal día?

-Sí –respondía el otro-. Es un día de veras malo.

-Y, sin embargo, no tan malo, después de todo. Hay nubes en el cielo.

-En efecto, hay nubes en el cielo. Tal vez llueva. No, tal vez no sea un mal día.

-Hoy, en vez de trabajar, preferiría tomarme un café y tirarme a la cama.

-Sí, hoy es un día para tomarse uno un café y no salir de la cama. ¡Con el frío que hace!

-¿Has dicho frío? Más bien hace un poco de calor.

-Un poco de calor no es malo. Se desentumen los miembros, se siente uno en la playa, le dan ganas de comerse un coco.

¿Para qué quieres, hijo mío, un secretario así? En la Biblia aparece un rey –hijo nada menos que del gran Salomón-, llamado Roboam, que no sabía cómo proceder respecto a cierto asunto de interés nacional. Y entonces se puso a la caza de opiniones… “Roboam consultó a los ancianos, que habían sido consejeros durante la vida de su padre Salomón y les preguntó: “¿Qué me aconsejan que responda a este pueblo?”. Ellos le dijeron: “Si te pones hoy al servicio del pueblo, si aceptas sus propuestas y los tratas amablemente, ellos estarán siempre a tu servicio” (1 Reyes 12, 6-7). Los viejos, para decirlo de una vez, estaban a favor de la diplomacia y las buenas maneras. “Pero Roboam rechazó este consejo de los ancianos y pidió parecer a sus jóvenes compañeros, que se habían educado con él y estaban a su servicio. Les preguntó: ¿Qué me aconsejan que responda a este pueblo que me ha hablado así: ‘Alivia el yugo que tu padre puso sobre nosotros’? Los jóvenes que se habían educado con él le respondieron: A este pueblo, que te ha dicho eso, le contestarás: ‘Mi dedo meñique es más grueso que la espada de mi padre. Mi padre puso sobre ustedes un yugo pesado, pero yo lo haré más pesado aún’” (1 Reyes 12, 9-11).

Y así lo hizo Roboam, pero con unos resultados verdaderamente catastróficos. Y es que mientras los viejos pensaban en Israel, los jóvenes pensaban únicamente en cómo agradar al jefe.

Los jóvenes, hijo, a menudo están llenos de ambiciones; los viejos, en cambio, que ya no esperan nada para sí mismos, con frecuencia son más desinteresados, y por eso sus consejos son mejores. Dijo una vez el novelista francés René Bazin (1853-1932): “Cuando se envejece, todas las demás cosas se van, pero Dios viene”. Y Jean Guitton (1901-1999), el filósofo: “Envejecer es ver a Dios más de cerca”. Déjate aconsejar por los viejos. En este mundo, son los únicos que ven a Dios con alguna claridad.

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