/ domingo 30 de mayo de 2021

La carta de Dios


Se cuenta que una vez un niño, mientras iba a jugar al patio de su casa, se quedó mirando fijamente un enorme libro que reposaba sobre una mesita, junto al comedor. ¡Sí, era un libro gigantesco! De seguro no podría cargarlo si su padre, de pronto, lo colocara sobre sus hombros.

¡Qué extraño! El libro, de blancas cubiertas duras, estaba cerrado, y junto a él, apagada, había una vela que nunca estaba encendida. Es verdad que tanto el libro como la vela tenían allí mucho tiempo, pero también es cierto que ésta era la primera vez que el niño se detenía para tratar de descifrar aquel misterio.

Su padre leía libros, sobre todo antes de acostarse, pero eran siempre libros más pequeños, y también de cubiertas más coloreadas y blandas. ¿Por qué éste, en particular, era tan grande?

La madre, que hizo su aparición en el centro de la sala, notó la perplejidad de su hijo y le preguntó:

-¿Qué pasa?

-Ese libro… -dijo el niño.

-¿Qué tiene ese libro?

-Es muy grande. Yo solo no podría cargarlo. ¡Y, además, no es como los otros libros!

-Claro que no. No es como los demás libros. En eso tienes razón.

-¿Y por qué no?

-Porque no.

-¿Y por qué es tan grande? ¿De qué trata?

La madre se quedó pensativa durante unos instantes. ¿Qué podía responder a su hijo? Si le decía, por ejemplo: “Es que es la Biblia”, el niño iba a quedarse como al principio; además, esta respuesta daría pie a nuevas y sucesivas preguntas. Diría el niño, por ejemplo: “¿Y qué es la Biblia?”. Entonces se le ocurri le ocurriuntas. le qué principio. Tendrstaba cerrado, y junto a l comedoró algo mejor:

-¿Quieres saber de veras por qué es un libro muy grande, el más grande de todos los libros que has visto en la casa?

-Sí.

-Porque ese libro es el libro de Dios.

-¡Oh! –exclamó el niño. Y, dándose por satisfecho, salió a jugar.

Cuando regresó a si casa, volvió a quedarse pensativo frente a aquel enorme libro de cubiertas blancas. Su madre ponía la mesa, pues se acercaba la hora de comer.

-¿Y ahora qué pasa? –preguntó ésta-. ¿Por qué vuelves a quedarte serio?

-Es que, mamá –respondió el niño-, mientras jugaba en el patio he estado pensando algunas cosas…

-¿Y en qué pensabas, si puede saberse?

-Pensaba que si ese libro es de Dios, ¿por qué no se lo devolvemos? ¡Al fin que aquí no lo ocupamos!

Sí, hay casas en las que este libro no se ocupa, donde no se abre nunca y mucho menos se lee. Una vez, en una de sus cartas, el Papa Gregorio Magno (540-604) escribió así a su amigo Teodoro, que era nada menos que el médico personal del emperador y estaba siempre atareadísimo: “Tengo que hacer un reproche al alma queridísima del ilustrísimo hijo y señor mío Teodoro, porque se deja vencer sin descanso por las ocupaciones mundanas, se empeña en continuar salidas, pero descuida leer cada día las palabras de su Redentor. Ahora bien, ¿qué es la Sagrada Escritura sino una carta de Dios omnipotente a su criatura? Ciertamente, si Vuestra Excelencia se encontrarse fuera de su casa, y recibiese un escrito de su emperador terreno, no estaría tranquilo, no descansaría, no dormiría antes de conocer lo que el emperador terreno le manda decir. El Emperador del cielo, el Señor de los hombres y de los ángeles, te ha enviado sus cartas, que aluden a tu vida, ¡y tú no muestras ninguna impaciencia por leerlas!” (Epistolario 5, 46).

¡Qué don del cielo es poder tener una Biblia en casa! De ponerme a contar cómo Dios me ha sacado de algunos apuros a través de ella, no acabaría nunca. Por eso, contaré únicamente dos.

Hace muchos, muchos años, cuando estudiaba ingeniería y aún no me decía a entrar al Seminario, aunque tenía muchas ganas de ello, al abrir las Escrituras sin ningún tipo de plan preconcebido, me encontré con estas palabras que el Señor dirigió a Judas en el transcurso de la última cena: “Lo que tengas que hacer, hazlo pronto” (Juan 13, 27). ¿Qué me estaba diciendo Dios a través de ellas? De modo que no lo pensé más y tomé la decisión.

Y pasaron los años. Ya era yo sacerdote, aunque todavía muy joven. Mi obispo había decidido que tenía que irme a estudiar filología hispánica a la Universidad de Salamanca, en España. Pero yo tenía miedo. ¡Jamás me había subido a un avión! ¡Nunca había ido, en mis viajes, más allá del Distrito Federal! Y no dormía por la preocupación. Aquello y la agonía en el Huerto eran para mí la misma cosa.

¡La agonía en el Huerto! ¡Getsemaní! Entonces leí el relato y me encontré con estas palabras que Jesús dirigió a sus discípulos, que temblaban de miedo: “¡Levantaos, vamos!” (Marcos 14, 42). No era una invitación; era una orden. Y no me quedó más remedio que acatarla yo también.

Invito a mis lectores a hacer la prueba. En los momentos de incerteza y aflicción, de duda e incertidumbre, no le devuelvan su libro a Dios. Ábranlo. Así hizo siempre San Francisco de Asís. Así hicieron los santos. Y, por lo que sé, nunca quedaron defraudados.


Se cuenta que una vez un niño, mientras iba a jugar al patio de su casa, se quedó mirando fijamente un enorme libro que reposaba sobre una mesita, junto al comedor. ¡Sí, era un libro gigantesco! De seguro no podría cargarlo si su padre, de pronto, lo colocara sobre sus hombros.

¡Qué extraño! El libro, de blancas cubiertas duras, estaba cerrado, y junto a él, apagada, había una vela que nunca estaba encendida. Es verdad que tanto el libro como la vela tenían allí mucho tiempo, pero también es cierto que ésta era la primera vez que el niño se detenía para tratar de descifrar aquel misterio.

Su padre leía libros, sobre todo antes de acostarse, pero eran siempre libros más pequeños, y también de cubiertas más coloreadas y blandas. ¿Por qué éste, en particular, era tan grande?

La madre, que hizo su aparición en el centro de la sala, notó la perplejidad de su hijo y le preguntó:

-¿Qué pasa?

-Ese libro… -dijo el niño.

-¿Qué tiene ese libro?

-Es muy grande. Yo solo no podría cargarlo. ¡Y, además, no es como los otros libros!

-Claro que no. No es como los demás libros. En eso tienes razón.

-¿Y por qué no?

-Porque no.

-¿Y por qué es tan grande? ¿De qué trata?

La madre se quedó pensativa durante unos instantes. ¿Qué podía responder a su hijo? Si le decía, por ejemplo: “Es que es la Biblia”, el niño iba a quedarse como al principio; además, esta respuesta daría pie a nuevas y sucesivas preguntas. Diría el niño, por ejemplo: “¿Y qué es la Biblia?”. Entonces se le ocurri le ocurriuntas. le qué principio. Tendrstaba cerrado, y junto a l comedoró algo mejor:

-¿Quieres saber de veras por qué es un libro muy grande, el más grande de todos los libros que has visto en la casa?

-Sí.

-Porque ese libro es el libro de Dios.

-¡Oh! –exclamó el niño. Y, dándose por satisfecho, salió a jugar.

Cuando regresó a si casa, volvió a quedarse pensativo frente a aquel enorme libro de cubiertas blancas. Su madre ponía la mesa, pues se acercaba la hora de comer.

-¿Y ahora qué pasa? –preguntó ésta-. ¿Por qué vuelves a quedarte serio?

-Es que, mamá –respondió el niño-, mientras jugaba en el patio he estado pensando algunas cosas…

-¿Y en qué pensabas, si puede saberse?

-Pensaba que si ese libro es de Dios, ¿por qué no se lo devolvemos? ¡Al fin que aquí no lo ocupamos!

Sí, hay casas en las que este libro no se ocupa, donde no se abre nunca y mucho menos se lee. Una vez, en una de sus cartas, el Papa Gregorio Magno (540-604) escribió así a su amigo Teodoro, que era nada menos que el médico personal del emperador y estaba siempre atareadísimo: “Tengo que hacer un reproche al alma queridísima del ilustrísimo hijo y señor mío Teodoro, porque se deja vencer sin descanso por las ocupaciones mundanas, se empeña en continuar salidas, pero descuida leer cada día las palabras de su Redentor. Ahora bien, ¿qué es la Sagrada Escritura sino una carta de Dios omnipotente a su criatura? Ciertamente, si Vuestra Excelencia se encontrarse fuera de su casa, y recibiese un escrito de su emperador terreno, no estaría tranquilo, no descansaría, no dormiría antes de conocer lo que el emperador terreno le manda decir. El Emperador del cielo, el Señor de los hombres y de los ángeles, te ha enviado sus cartas, que aluden a tu vida, ¡y tú no muestras ninguna impaciencia por leerlas!” (Epistolario 5, 46).

¡Qué don del cielo es poder tener una Biblia en casa! De ponerme a contar cómo Dios me ha sacado de algunos apuros a través de ella, no acabaría nunca. Por eso, contaré únicamente dos.

Hace muchos, muchos años, cuando estudiaba ingeniería y aún no me decía a entrar al Seminario, aunque tenía muchas ganas de ello, al abrir las Escrituras sin ningún tipo de plan preconcebido, me encontré con estas palabras que el Señor dirigió a Judas en el transcurso de la última cena: “Lo que tengas que hacer, hazlo pronto” (Juan 13, 27). ¿Qué me estaba diciendo Dios a través de ellas? De modo que no lo pensé más y tomé la decisión.

Y pasaron los años. Ya era yo sacerdote, aunque todavía muy joven. Mi obispo había decidido que tenía que irme a estudiar filología hispánica a la Universidad de Salamanca, en España. Pero yo tenía miedo. ¡Jamás me había subido a un avión! ¡Nunca había ido, en mis viajes, más allá del Distrito Federal! Y no dormía por la preocupación. Aquello y la agonía en el Huerto eran para mí la misma cosa.

¡La agonía en el Huerto! ¡Getsemaní! Entonces leí el relato y me encontré con estas palabras que Jesús dirigió a sus discípulos, que temblaban de miedo: “¡Levantaos, vamos!” (Marcos 14, 42). No era una invitación; era una orden. Y no me quedó más remedio que acatarla yo también.

Invito a mis lectores a hacer la prueba. En los momentos de incerteza y aflicción, de duda e incertidumbre, no le devuelvan su libro a Dios. Ábranlo. Así hizo siempre San Francisco de Asís. Así hicieron los santos. Y, por lo que sé, nunca quedaron defraudados.

ÚLTIMASCOLUMNAS
domingo 12 de septiembre de 2021

Hablar de Dios

Juan Jesús Priego

domingo 29 de agosto de 2021

Vida retirada

Juan Jesús Priego

domingo 22 de agosto de 2021

¡Canta y camina!

Juan Jesús Priego

domingo 22 de agosto de 2021

Opinión

Juan Jesús Priego

domingo 15 de agosto de 2021

Lo que saben de mí

Juan Jesús Priego

domingo 01 de agosto de 2021

Volver a Galilea

Juan Jesús Priego

domingo 25 de julio de 2021

Volver a Galilea

Juan Jesús Priego

domingo 11 de julio de 2021

Sobre los ídolos

Juan Jesús Priego

Cargar Más