/ domingo 1 de diciembre de 2019

Imagen, estilo y algo más


A la niña que fui

Me importa un carajo lo que piensen de mí las personas que no son mis amigos. Odio las matemáticas. Amo incondicionalmente la playa. Culpo a Disney de inculcarnos el prototipo de príncipe azul. El amor a primera vista no existe. Nadie es perfecto.

Tengo una familia de locos. He descubierto que la palabra amar viene de amargura. Me considero una persona simple, a veces difícil de entender. Nunca le pondría a un niño de nombre Ataulfo, ni a una niña Escupiticinia. No me gusta correr, pienso que es de cobardes. Podría pasarme una tarde entera de compras, siempre con ellas. Perdono, pero no olvido. Jamás saldría sin peinarme.

Odio la monotonía, me gusta innovar, sorprender y que me sorprendan. Cuanto más grande sea la cama, mejor. Me gustan las películas con final feliz. Siempre me estropeo una uña después de pintármelas. Me gusta viajar, dar la vuelta al mundo es uno de mis sueños. No tengo miedo a la oscuridad. Adoro la fotografía. Siempre llevo reloj. No odio a nadie, sería darle mas importancia de la que se merece.

Me gusta la ropa que tengo y como la combino. No soy celosa, confío en la gente demasiado rápido y a veces me equivoco. Salir con mis amigas es mi deporte preferido, aunque un día por semana en casa no hace mal a nadie. Las cosquillas me desquician, sobre todo en los pies. Mi gran virtud es escuchar. Río cuando me sale y lloro cuando puedo. Suelo hacer las cosas sin pensar aunque eso me traiga algún que otro disgusto. Escribo y hablo bastante rápido. He aprendido a apreciar los domingos como el mejor día de la semana.

A la niña que fui.

A la niña que un día fui le daría las gracias por el tamaño de sus sueños, por no cansarse jamás de soñar, por confiar en sus propias aspiraciones. A la niña que un día fui le diría que tuviera menos miedo, porque las peores cosas de la vida llegan sin avisar y no son aptas para cobardes. Que mirara la vida de frente y en presente, que se preocupara un poquito menos por lo que pasará y mucho más por lo que -le- pasa. A aquella niña que un día fui le diría que le diera todavía más besos a sus abuelos, que aprovechara el tiempo para crear recuerdos, porque jamás tendría mayor patrimonio que ese. A esa niña le aconsejaría que volviera a confiar ciegamente en el amor, a entregarse a la pasión y escuchara, por encima de todo, los consejos de su propio corazón. La vida duele mucho más por todo aquello que queda pendiente que por lo que se disfrutó. Le confesaría que la adulta que ahora soy jamás se ha arrepentido por amar con todo el alma, ni por querer con la fuerza arrolladora de un huracán, que nunca se sintió tan viva como aquellas noches de escarcha y miradas cómplices. A la niña que un día fui le diría que se esforzara al máximo, cada día, y que nunca se creyera experta en nada. También le recordaría que la vida es y será una carrera de fondo constante por superarse a sí misma, pero jamás una competición contra nadie ni a costa de los demás. Le diría que las personas nunca son medios para conseguir un fin y que los triunfos deben venir de la mano del sacrificio y el talento. Le insistiría en que puede ser lo que le dé la gana ser, que no caiga en prejuicios ni se encasille y que siempre tenga presente que la vida es diversidad, tolerancia y respeto. A la niña que un día fui le haría ponerse delante del espejo y decirse lo mucho que se gusta a sí misma, para que con los años no se le llenara la cabeza de complejos y dolor, le aconsejaría que intentara ser más capaz de pedir ayuda.

anavaldez@prodigy.net.mx

FB: Facebook.com/anamariavaldezcastrejon

TW: @anacastrejon


A la niña que fui

Me importa un carajo lo que piensen de mí las personas que no son mis amigos. Odio las matemáticas. Amo incondicionalmente la playa. Culpo a Disney de inculcarnos el prototipo de príncipe azul. El amor a primera vista no existe. Nadie es perfecto.

Tengo una familia de locos. He descubierto que la palabra amar viene de amargura. Me considero una persona simple, a veces difícil de entender. Nunca le pondría a un niño de nombre Ataulfo, ni a una niña Escupiticinia. No me gusta correr, pienso que es de cobardes. Podría pasarme una tarde entera de compras, siempre con ellas. Perdono, pero no olvido. Jamás saldría sin peinarme.

Odio la monotonía, me gusta innovar, sorprender y que me sorprendan. Cuanto más grande sea la cama, mejor. Me gustan las películas con final feliz. Siempre me estropeo una uña después de pintármelas. Me gusta viajar, dar la vuelta al mundo es uno de mis sueños. No tengo miedo a la oscuridad. Adoro la fotografía. Siempre llevo reloj. No odio a nadie, sería darle mas importancia de la que se merece.

Me gusta la ropa que tengo y como la combino. No soy celosa, confío en la gente demasiado rápido y a veces me equivoco. Salir con mis amigas es mi deporte preferido, aunque un día por semana en casa no hace mal a nadie. Las cosquillas me desquician, sobre todo en los pies. Mi gran virtud es escuchar. Río cuando me sale y lloro cuando puedo. Suelo hacer las cosas sin pensar aunque eso me traiga algún que otro disgusto. Escribo y hablo bastante rápido. He aprendido a apreciar los domingos como el mejor día de la semana.

A la niña que fui.

A la niña que un día fui le daría las gracias por el tamaño de sus sueños, por no cansarse jamás de soñar, por confiar en sus propias aspiraciones. A la niña que un día fui le diría que tuviera menos miedo, porque las peores cosas de la vida llegan sin avisar y no son aptas para cobardes. Que mirara la vida de frente y en presente, que se preocupara un poquito menos por lo que pasará y mucho más por lo que -le- pasa. A aquella niña que un día fui le diría que le diera todavía más besos a sus abuelos, que aprovechara el tiempo para crear recuerdos, porque jamás tendría mayor patrimonio que ese. A esa niña le aconsejaría que volviera a confiar ciegamente en el amor, a entregarse a la pasión y escuchara, por encima de todo, los consejos de su propio corazón. La vida duele mucho más por todo aquello que queda pendiente que por lo que se disfrutó. Le confesaría que la adulta que ahora soy jamás se ha arrepentido por amar con todo el alma, ni por querer con la fuerza arrolladora de un huracán, que nunca se sintió tan viva como aquellas noches de escarcha y miradas cómplices. A la niña que un día fui le diría que se esforzara al máximo, cada día, y que nunca se creyera experta en nada. También le recordaría que la vida es y será una carrera de fondo constante por superarse a sí misma, pero jamás una competición contra nadie ni a costa de los demás. Le diría que las personas nunca son medios para conseguir un fin y que los triunfos deben venir de la mano del sacrificio y el talento. Le insistiría en que puede ser lo que le dé la gana ser, que no caiga en prejuicios ni se encasille y que siempre tenga presente que la vida es diversidad, tolerancia y respeto. A la niña que un día fui le haría ponerse delante del espejo y decirse lo mucho que se gusta a sí misma, para que con los años no se le llenara la cabeza de complejos y dolor, le aconsejaría que intentara ser más capaz de pedir ayuda.

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