/ viernes 18 de septiembre de 2020

Entorno empresarial


Regímenes diferenciados para empresas

Mientras el país arde y muchos piensan y sufren las consecuencias de cadenas de malas decisiones, debemos tematizar las soluciones que el tejido productivo puede ofrecer a las tensiones sociales.

Las microempresas y las pequeñas y medianas empresas (comúnmente conocidas como pymes) engloban más de dos tercios de la totalidad del empleo y, además, generan la mayor parte de los nuevos puestos de trabajo.

Pese a ello, las pymes continúan enfrentándose con importantes desafíos en lo que concierne a las condiciones de trabajo, la productividad y el nivel de informalidad de sus actividades.

No es lo mismo imponer a una empresa grande el pago de horas extras por tener empleados disponibles, que exigírselo a una pequeña empresa. No es lo mismo cobrarle la renovación del registro mercantil a microempresas como se cobra a las grandes, y más en tiempos de crisis.

Basta con imaginar la realidad financiera de las organizaciones pequeñas. La mayoría de las pymes carecían de ahorros para enfrentar las necesidades ocasionadas por la pandemia.

Sin duda, ha habido alivios, pero deben diferenciarse. Afectar a las empresas pequeñas implica contribuir al caldo de cultivo de las tensiones sociales.

Pero el mundo es bastante heterogéneo y la homogeneización mental del Estado, cuando no se esfuerza en crear diferencias, termina golpeando la productividad.

Por estas complejidades, creo que se deben poner sobre la mesa reglas o regímenes diferenciados. No me refiero a “programas para pymes” que ya existen o a beneficios específicos. Me refiero a obligar a las instituciones a generar decisiones diferenciadas en cuanto al tipo de organización que afectan.

Es fácil sacar eufemismos y grandes ideas para aplastar los regímenes diferenciales, porque esa es la inercia institucional.

Cómo hacer el desglose y la diferenciación es cuestión de detalle. Que esto traiga o no estructuras de incentivos perversos se debe tematizar y estudiar también, para no correr el riesgo de motivar la atomización de empresas grandes en búsqueda de beneficios.

Pero estos ajustes tienen solución. Lo que difícilmente la tiene es hundir la productividad en marañas de reglas que alimentan tragedias como el desempleo.


Regímenes diferenciados para empresas

Mientras el país arde y muchos piensan y sufren las consecuencias de cadenas de malas decisiones, debemos tematizar las soluciones que el tejido productivo puede ofrecer a las tensiones sociales.

Las microempresas y las pequeñas y medianas empresas (comúnmente conocidas como pymes) engloban más de dos tercios de la totalidad del empleo y, además, generan la mayor parte de los nuevos puestos de trabajo.

Pese a ello, las pymes continúan enfrentándose con importantes desafíos en lo que concierne a las condiciones de trabajo, la productividad y el nivel de informalidad de sus actividades.

No es lo mismo imponer a una empresa grande el pago de horas extras por tener empleados disponibles, que exigírselo a una pequeña empresa. No es lo mismo cobrarle la renovación del registro mercantil a microempresas como se cobra a las grandes, y más en tiempos de crisis.

Basta con imaginar la realidad financiera de las organizaciones pequeñas. La mayoría de las pymes carecían de ahorros para enfrentar las necesidades ocasionadas por la pandemia.

Sin duda, ha habido alivios, pero deben diferenciarse. Afectar a las empresas pequeñas implica contribuir al caldo de cultivo de las tensiones sociales.

Pero el mundo es bastante heterogéneo y la homogeneización mental del Estado, cuando no se esfuerza en crear diferencias, termina golpeando la productividad.

Por estas complejidades, creo que se deben poner sobre la mesa reglas o regímenes diferenciados. No me refiero a “programas para pymes” que ya existen o a beneficios específicos. Me refiero a obligar a las instituciones a generar decisiones diferenciadas en cuanto al tipo de organización que afectan.

Es fácil sacar eufemismos y grandes ideas para aplastar los regímenes diferenciales, porque esa es la inercia institucional.

Cómo hacer el desglose y la diferenciación es cuestión de detalle. Que esto traiga o no estructuras de incentivos perversos se debe tematizar y estudiar también, para no correr el riesgo de motivar la atomización de empresas grandes en búsqueda de beneficios.

Pero estos ajustes tienen solución. Lo que difícilmente la tiene es hundir la productividad en marañas de reglas que alimentan tragedias como el desempleo.

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