/ viernes 17 de julio de 2020

Entorno Empresarial


Vientos de deflación

Los escenarios que se vislumbran en la mayoría de los países durante y después de la pandemia del (COVID-19) incluyen una compleja recesión económica, deflación e indicadores macroeconómicos con cifras negativas que afectarán la estabilidad del país

Ante esta situación comenzaron a ejecutarse propuestas urgentes de corto, mediano y largo plazo que permitan enfrentar la crisis económica, orientadas a la reactivación de los sectores productivos, el incremento de exportaciones, la flexibilización impositiva, el evitar el déficit fiscal, el apelar a los créditos con bajos intereses, y el diseño de un plan de emergencia que evite el cierre de empresas y el desempleo, en otros países.

La deflación es un fenómeno que consiste en descenso generalizado de los precios de los bienes y servicios de un país que se mantiene a lo largo del tiempo, al menos durante un año. Japón ya probó lo duro que es una caída generalizada y prolongada de precios, un proceso en el que los consumidores posponen sus decisiones de compra; las empresas sufren para mantener beneficios y tratan de rebajar salarios; y la deuda se convierte en una carga cada vez más pesada para familias, empresas y Administraciones públicas. La deflación ya no es un escenario de baja probabilidad, el coronavirus ha generado una crisis de oferta, por las dificultades a la producción fruto del confinamiento y de esta llamada nueva normalidad que tan poco se parece a la antigua. Esto debería impulsar los precios. Pero esta crisis también afecta, y mucho, a la demanda. El cóctel de destrucción de empleo, incertidumbre económica y miedo a contagiarse deprime la demanda como ningún otro. Y esto tira hacia abajo los precios. La duda es qué va a predominar a medio plazo. La crisis ha activado mecanismos en los dos sentidos. ¿Qué quedará como efecto conjunto? Nuestra sensación es que dominarán las fuerzas que contribuyan a bajar los precios.

Pero eso no quiere decir que estemos ya en deflación. Para ello sería necesario un proceso sostenido. Por ahora vemos cambios en las pautas de consumo y producción que no sabemos cómo acabarán.

No estamos aún en la antesala de un periodo deflacionario. Pero hay riesgos que nos acercan. De ahí la importancia de las últimas decisiones del Gobierno de López Obrador, que puede conjurar ese peligro.

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Vientos de deflación

Los escenarios que se vislumbran en la mayoría de los países durante y después de la pandemia del (COVID-19) incluyen una compleja recesión económica, deflación e indicadores macroeconómicos con cifras negativas que afectarán la estabilidad del país

Ante esta situación comenzaron a ejecutarse propuestas urgentes de corto, mediano y largo plazo que permitan enfrentar la crisis económica, orientadas a la reactivación de los sectores productivos, el incremento de exportaciones, la flexibilización impositiva, el evitar el déficit fiscal, el apelar a los créditos con bajos intereses, y el diseño de un plan de emergencia que evite el cierre de empresas y el desempleo, en otros países.

La deflación es un fenómeno que consiste en descenso generalizado de los precios de los bienes y servicios de un país que se mantiene a lo largo del tiempo, al menos durante un año. Japón ya probó lo duro que es una caída generalizada y prolongada de precios, un proceso en el que los consumidores posponen sus decisiones de compra; las empresas sufren para mantener beneficios y tratan de rebajar salarios; y la deuda se convierte en una carga cada vez más pesada para familias, empresas y Administraciones públicas. La deflación ya no es un escenario de baja probabilidad, el coronavirus ha generado una crisis de oferta, por las dificultades a la producción fruto del confinamiento y de esta llamada nueva normalidad que tan poco se parece a la antigua. Esto debería impulsar los precios. Pero esta crisis también afecta, y mucho, a la demanda. El cóctel de destrucción de empleo, incertidumbre económica y miedo a contagiarse deprime la demanda como ningún otro. Y esto tira hacia abajo los precios. La duda es qué va a predominar a medio plazo. La crisis ha activado mecanismos en los dos sentidos. ¿Qué quedará como efecto conjunto? Nuestra sensación es que dominarán las fuerzas que contribuyan a bajar los precios.

Pero eso no quiere decir que estemos ya en deflación. Para ello sería necesario un proceso sostenido. Por ahora vemos cambios en las pautas de consumo y producción que no sabemos cómo acabarán.

No estamos aún en la antesala de un periodo deflacionario. Pero hay riesgos que nos acercan. De ahí la importancia de las últimas decisiones del Gobierno de López Obrador, que puede conjurar ese peligro.

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