/ domingo 12 de julio de 2020

Elogio de la voz

¿O tal vez habría que escribir elogio de las palabras? No lo sé. Pero ahora que puedo todavía tomar la pluma, quiero hablar de esos sonidos bellos e inimitables que suelen articular los humanos tanto cuando están tristes como cuando están alegres, cuando brincan de emoción o están desesperados.

Pienso en Adán. ¿Cómo se sentía en el paraíso antes de Eva? El texto sagrado lo dice claramente: se sentía solo. Los perros ladraban pegándosele a las pantorrillas, los gatos maullaban en busca de ratones, las vacas mugían llamando a su becerro, pero nada de eso alegraba a Adán. Los pájaros piando en las ramas lo llenaban de emoción, pero no lo conmocionaban. Faltaba algo, un sonido que se pareciese al suyo, es decir, la palabra. La humilde y sencilla palabra humana.

Sí, la soledad es esto: estar rodeado de criaturas vivientes cuyo lenguaje no entendemos. Existe la soledad de la culpa, la soledad del amor, la soledad de la muerte; pero hay, también, la soledad del que no encuentra a nadie a su alrededor con el que pueda entenderse.

¿Qué sentiría Adán cuando Eva, la mujer, le dirigió por primera vez la palabra? Los lingüistas nos dirán que, puesto que aún no se habían puesto de acuerdo en cómo llamar a las cosas, no podían entenderse. Está bien, concedamos que así haya sido. Pero la voz… ¡Ah, la voz era ya algo, era incluso mucho! He aquí que alguien hablaba para dirigirse sólo a él.

Una vez que escuchaba la radio, un amigo mío me oyó decir:

-¡Qué melodía más hermosa es ésta! ¿La habías escuchado ya?

Pero él se puso serio como un sabio y me preguntó:

-¿Entiendes lo que dice? Si no entiendes lo que dice, no puede parecerte bella.

-Es claro que no sé lo que dice, pues está en inglés; pero, pensándolo bien, ¿a quién puede importarle lo que dice? Yo no quiero entender nada; quiero únicamente solazarme con la hermosura de esa voz.

¿Qué sabe un niño recién nacido de lo que quiere decirle su madre cuando le canta al oído: “Estrellita, ¿dónde estás?/ Me pregunto quién serás?”, etcétera. El niño no sabe qué es una estrella, y por el momento le importa un pito saberlo, pero su madre es tan bella que no puede no caer rendido ante el encanto de su voz.

A los rusos, por lo que sé, siempre les ha gustado conversar. Por Dostoievski, Berdiaev y muchos otros filósofos y novelistas he llegado a enterarme que pueden pasarse noches enteras conversando y ver después como si tal cosa la salida del sol. ¿Se trata de un deseo irrefrenable de saber, o tal vez de una curiosidad que habría de llamar morbosa? ¡De ninguna manera! Se trata, solamente, de conversar, es decir, de prestar atención y embelesarse con la voz de los otros.

Una vez, según cuenta un chiste eslavo, un barco naufragó y se salvaron únicamente un francés, un norteamericano y un ruso, quienes nadaron con todas sus fuerzas hasta ir a dar a una pequeña isla desierta. Se sentaron temblando de frío sobre un tronco azotado por los vientos y maldijeron su suerte. De pronto, mientras buscaban por aquí y por allá ramas secas para encender una hoguera, vieron venir hacia ellos, flotando en el mar, una enorme caja de madera a la que empujaban las olas. Llenos de curiosidad, la abrieron. La caja estaba llena de botellas de vodka. Abrieron la primera, comenzaron a beber, se pusieron alegres y se olvidaron de su desdicha.

Dijo el francés: “Creo que, a pesar de todo, saldremos de ésta. ¡Alguien, algún día, nos rescatará!”.

También el norteamericano, al calor de los tragos, se mostró optimista: “No estaremos en este maldito lugar por mucho tiempo, eso se lo digo yo, muchachos. Un avión, tal vez mañana mismo, nos divisará desde la altura”.

“Abramos otra botella! –dijo, por su parte, el ruso. La abrieron. Pere hete aquí que de la botella salió un genio tocado con turbante y calzado con babuchas.

-Nobles señores, mis salvadores –dijo adoptando un aire grave y cruzándose de brazos mientras hablaba-, desde hace mil años estoy prisionero en esta botella y debo a ustedes mi ansiada liberación. En prueba de mi gratitud les concederé tres deseos, uno a cada uno, pero sólo tres y ni uno más. ¿Qué quieren los señores? Los escucho con atención.

El norteamericano, que era un hombre de negocios y no veía la hora de regresar a su país para retomar las riendas de su empresa, pidió al genio que lo devolviese cuanto antes a los Estados Unidos. Y al instante desapareció.

El francés, que de pronto se sintió nostálgico por su mujer, tan elegante ella, y tan sensual, pidió al genio que le permitiera volver a Francia, a los brazos de su esposa. Y así fue.

Ahora era el turno del ruso, que habló así al genio de la botella:

-¡Ay, era todo tan bello! ¡Estábamos tan a gusto los tres conversando y bebiendo! ¿A dónde se han ido mis amigos? ¡Hazlos de inmediato volver a aquí!

Y colorín colorado… Una vez, en un círculo de amigos, conté esta historia, y todos se rieron mucho, aunque luego se mostraron bastante pensativos. Uno de ellos, el que se identificó con el francés, dijo:

-Siento lástima por él.

Otro, que se había identificado con el norteamericano, exclamó:

-¡Qué pena!

Pero como yo me identificaba con el ruso, me limité a sonreír.

Nada seduce tanto como las modulaciones de una voz, como una palabra dirigida sólo a ti. Esto es lo que el ruso sabía, pero mis amigos no.

¿O tal vez habría que escribir elogio de las palabras? No lo sé. Pero ahora que puedo todavía tomar la pluma, quiero hablar de esos sonidos bellos e inimitables que suelen articular los humanos tanto cuando están tristes como cuando están alegres, cuando brincan de emoción o están desesperados.

Pienso en Adán. ¿Cómo se sentía en el paraíso antes de Eva? El texto sagrado lo dice claramente: se sentía solo. Los perros ladraban pegándosele a las pantorrillas, los gatos maullaban en busca de ratones, las vacas mugían llamando a su becerro, pero nada de eso alegraba a Adán. Los pájaros piando en las ramas lo llenaban de emoción, pero no lo conmocionaban. Faltaba algo, un sonido que se pareciese al suyo, es decir, la palabra. La humilde y sencilla palabra humana.

Sí, la soledad es esto: estar rodeado de criaturas vivientes cuyo lenguaje no entendemos. Existe la soledad de la culpa, la soledad del amor, la soledad de la muerte; pero hay, también, la soledad del que no encuentra a nadie a su alrededor con el que pueda entenderse.

¿Qué sentiría Adán cuando Eva, la mujer, le dirigió por primera vez la palabra? Los lingüistas nos dirán que, puesto que aún no se habían puesto de acuerdo en cómo llamar a las cosas, no podían entenderse. Está bien, concedamos que así haya sido. Pero la voz… ¡Ah, la voz era ya algo, era incluso mucho! He aquí que alguien hablaba para dirigirse sólo a él.

Una vez que escuchaba la radio, un amigo mío me oyó decir:

-¡Qué melodía más hermosa es ésta! ¿La habías escuchado ya?

Pero él se puso serio como un sabio y me preguntó:

-¿Entiendes lo que dice? Si no entiendes lo que dice, no puede parecerte bella.

-Es claro que no sé lo que dice, pues está en inglés; pero, pensándolo bien, ¿a quién puede importarle lo que dice? Yo no quiero entender nada; quiero únicamente solazarme con la hermosura de esa voz.

¿Qué sabe un niño recién nacido de lo que quiere decirle su madre cuando le canta al oído: “Estrellita, ¿dónde estás?/ Me pregunto quién serás?”, etcétera. El niño no sabe qué es una estrella, y por el momento le importa un pito saberlo, pero su madre es tan bella que no puede no caer rendido ante el encanto de su voz.

A los rusos, por lo que sé, siempre les ha gustado conversar. Por Dostoievski, Berdiaev y muchos otros filósofos y novelistas he llegado a enterarme que pueden pasarse noches enteras conversando y ver después como si tal cosa la salida del sol. ¿Se trata de un deseo irrefrenable de saber, o tal vez de una curiosidad que habría de llamar morbosa? ¡De ninguna manera! Se trata, solamente, de conversar, es decir, de prestar atención y embelesarse con la voz de los otros.

Una vez, según cuenta un chiste eslavo, un barco naufragó y se salvaron únicamente un francés, un norteamericano y un ruso, quienes nadaron con todas sus fuerzas hasta ir a dar a una pequeña isla desierta. Se sentaron temblando de frío sobre un tronco azotado por los vientos y maldijeron su suerte. De pronto, mientras buscaban por aquí y por allá ramas secas para encender una hoguera, vieron venir hacia ellos, flotando en el mar, una enorme caja de madera a la que empujaban las olas. Llenos de curiosidad, la abrieron. La caja estaba llena de botellas de vodka. Abrieron la primera, comenzaron a beber, se pusieron alegres y se olvidaron de su desdicha.

Dijo el francés: “Creo que, a pesar de todo, saldremos de ésta. ¡Alguien, algún día, nos rescatará!”.

También el norteamericano, al calor de los tragos, se mostró optimista: “No estaremos en este maldito lugar por mucho tiempo, eso se lo digo yo, muchachos. Un avión, tal vez mañana mismo, nos divisará desde la altura”.

“Abramos otra botella! –dijo, por su parte, el ruso. La abrieron. Pere hete aquí que de la botella salió un genio tocado con turbante y calzado con babuchas.

-Nobles señores, mis salvadores –dijo adoptando un aire grave y cruzándose de brazos mientras hablaba-, desde hace mil años estoy prisionero en esta botella y debo a ustedes mi ansiada liberación. En prueba de mi gratitud les concederé tres deseos, uno a cada uno, pero sólo tres y ni uno más. ¿Qué quieren los señores? Los escucho con atención.

El norteamericano, que era un hombre de negocios y no veía la hora de regresar a su país para retomar las riendas de su empresa, pidió al genio que lo devolviese cuanto antes a los Estados Unidos. Y al instante desapareció.

El francés, que de pronto se sintió nostálgico por su mujer, tan elegante ella, y tan sensual, pidió al genio que le permitiera volver a Francia, a los brazos de su esposa. Y así fue.

Ahora era el turno del ruso, que habló así al genio de la botella:

-¡Ay, era todo tan bello! ¡Estábamos tan a gusto los tres conversando y bebiendo! ¿A dónde se han ido mis amigos? ¡Hazlos de inmediato volver a aquí!

Y colorín colorado… Una vez, en un círculo de amigos, conté esta historia, y todos se rieron mucho, aunque luego se mostraron bastante pensativos. Uno de ellos, el que se identificó con el francés, dijo:

-Siento lástima por él.

Otro, que se había identificado con el norteamericano, exclamó:

-¡Qué pena!

Pero como yo me identificaba con el ruso, me limité a sonreír.

Nada seduce tanto como las modulaciones de una voz, como una palabra dirigida sólo a ti. Esto es lo que el ruso sabía, pero mis amigos no.

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