/ domingo 17 de enero de 2021

El polo opuesto de la ciudad

Me acodo en el alféizar de la ventana: he venido a renovar mi licencia de conducir y espero mi turno. A lo lejos, en alguna parte del amplio salón, un hombre calvo sonríe a la cámara y hace de todo por parecer simpático. No lo consigue, pero lo intenta. Me giro hacia otra parte, al frente, es decir, hacia la calle. Autos que pasan, hombres que se apresuran, mujeres que casi vuelan, niños que se ejercitan ya en el arte o vicio de la prisa. Nadie saluda a nadie. Son como fantasmas, como espectros que se mueven.

Todavía no es mi turno –aún tienen que pasar cinco personas antes que yo-, de manera que sigo mirando hacia la calle. Me entretengo en anticipar –o adivinar o prever- las reacciones de la gente. Una mujer ya de cierta edad, encendiendo un cigarrillo, camina hacia el norte mientras echa una mirada ansiosa a su reloj. Otra mujer, mucho más joven que aquélla, trota hacia el sur mientras finge buscar algo en su bolso: un bolso hondo y pesado como un costal.

Tal vez no esté fingiendo y busque, en realidad, algún objeto perdido. Calculo el punto en el que, si caminan al mismo ritmo, se encontrarán. Se encuentran en el punto exacto que había yo calculado, y las dos pasan de largo, la primera acomodándose el reloj y la segunda lanzado miradas hipnóticas a los postes de luz. No se han saludado. Mucho menos se han sonreído. Quizá nunca más vuelvan a verse y, sin embargo, no se han dicho adiós. No se han atrevido a ejecutar un acto tan sencillo, tan cálido, tan simple.

Recordé entonces las palabras que William Saroyan (1908-1981) escribió en un cuento suyo titulado La risa –como acababa de leerlo, no me fue difícil recordarlo-: “Los dos en la calle vacía, al descubierto su soledad y su confusión, hermanos ambos queriendo la misma pureza y decencia en la vida, los dos deseosos de compartir la verdad del otro y, sin embargo, extraños, alejados y solos”.

No sé por qué me vinieron a la mente estas palabras, pero lo cierto es que me vinieron a la mente justo en el momento en que, desde el alféizar de una ventana, ya no veía dos siluetas que se movían en sentidos contrarios, sino sólo una: cuando ambas mujeres, por extrañas razones del destino, coincidieron en el mismo punto de la calle, de la ciudad y del mundo.

Parafraseé a mi modo las palabras de Saroyan, el escritor norteamericano de origen armenio: “Todos deseosos de ternura, todos buscando una sonrisa, un poco de calor en la mirada; y, aún así, nos damos el lujo de ignorarnos.

Todos hambrientos de cariño, pero nadie se atreve a dar el primer paso: ese paso que desencadena todo. Todos queremos lo mismo, pero preferimos que sea el otro quien tome la iniciativa”.

Ahora el fotógrafo enfoca con la cámara a un hombre gordo que de pronto se pone serio. Se ve que los flashes lo cohíben y en el momento del disparo ha puesto cara de tabla. En el momento preciso, más que una sonrisa esbozó una mueca.

Luego pasa otro y otro más. Creo que ahora sigo yo. Es hora de ponerme ante la cámara. Me retiro del alféizar y le dejo el lugar a otro, que se pone, como yo hace un momento, a escrutar a los transeúntes.

Tanta hambre de amor, y los corazones cerrados. “Necesitamos amor –escribió el dramaturgo Eugène Ionesco (1909-1994) en una página de su Diario-. Deberíamos tirarnos los unos a los pies de los otros”. ¿Lo dijo así? ¿Fueron esas sus palabras? Da igual. Como lo haya dicho, eso fue exactamente lo que dijo. Podría jurarlo sobre una Biblia.

-Mire a la cámara –me ordenó el fotógrafo-. La barbilla un poco más hacia arriba. Así está bien. Listo. Ya está. Ahora vaya a la caja. Allí le entregarán la licencia.

-Gracias.

Pero el hombre no me dijo: “De nada”, sino que miró al que estaba detrás de mí y gruñó, enseñando los dientes:

-El siguiente, por favor.

Me dirijo hacia la caja a paso lento. ¿Dónde leí aquello de Thich Nhat Hanh? Una vez, el monje vietnamita Thich Nhat Hanh se encontraba rodeado de un grupo de niños. Uno de estos niños –llamado Tim, o Tom, no lo recuerdo- sonreía maravillosamente; su sonrisa era cándida, jovial, alegre: una sonrisa tan hermosa que lo hacía parecer un ángel.

-Tim –o Tom, le dijo el monje-, ¡tienes una sonrisa muy hermosa!

-Gracias –respondió el niño.

-No, no debes darme las gracias. Soy yo el que te agradece a ti. Con esa sonrisa haces la vida más bella. En vez de decir: “Gracias”, deberías decir: “De nada”.

¡Ah, si por lo menos nos sonriéramos los unos a los otros! La vida, entonces, sería más bella, y nuestra hambre de afecto no sería tan grande, tan frenética.

Me subo a mi auto –ya sin temor a los agentes de tránsito- y no pienso más en Thich Nhat Hanh.

De pronto me he olvidado de él. Ahora pienso que dispongo únicamente de diez minutos para llegar al Seminario, es decir, al polo opuesto de la ciudad.

Y acelero, y toco el claxon y me enfurezco con los peatones que cruzan por la avenida con demasiada lentitud.

-¡A ver si se apuran! –les digo, pero sin que alcancen a oírme.

Aquella hermosa meditación ante la ventana abierta no me había servido de nada. ¡Qué pena y qué vergüenza!

Me acodo en el alféizar de la ventana: he venido a renovar mi licencia de conducir y espero mi turno. A lo lejos, en alguna parte del amplio salón, un hombre calvo sonríe a la cámara y hace de todo por parecer simpático. No lo consigue, pero lo intenta. Me giro hacia otra parte, al frente, es decir, hacia la calle. Autos que pasan, hombres que se apresuran, mujeres que casi vuelan, niños que se ejercitan ya en el arte o vicio de la prisa. Nadie saluda a nadie. Son como fantasmas, como espectros que se mueven.

Todavía no es mi turno –aún tienen que pasar cinco personas antes que yo-, de manera que sigo mirando hacia la calle. Me entretengo en anticipar –o adivinar o prever- las reacciones de la gente. Una mujer ya de cierta edad, encendiendo un cigarrillo, camina hacia el norte mientras echa una mirada ansiosa a su reloj. Otra mujer, mucho más joven que aquélla, trota hacia el sur mientras finge buscar algo en su bolso: un bolso hondo y pesado como un costal.

Tal vez no esté fingiendo y busque, en realidad, algún objeto perdido. Calculo el punto en el que, si caminan al mismo ritmo, se encontrarán. Se encuentran en el punto exacto que había yo calculado, y las dos pasan de largo, la primera acomodándose el reloj y la segunda lanzado miradas hipnóticas a los postes de luz. No se han saludado. Mucho menos se han sonreído. Quizá nunca más vuelvan a verse y, sin embargo, no se han dicho adiós. No se han atrevido a ejecutar un acto tan sencillo, tan cálido, tan simple.

Recordé entonces las palabras que William Saroyan (1908-1981) escribió en un cuento suyo titulado La risa –como acababa de leerlo, no me fue difícil recordarlo-: “Los dos en la calle vacía, al descubierto su soledad y su confusión, hermanos ambos queriendo la misma pureza y decencia en la vida, los dos deseosos de compartir la verdad del otro y, sin embargo, extraños, alejados y solos”.

No sé por qué me vinieron a la mente estas palabras, pero lo cierto es que me vinieron a la mente justo en el momento en que, desde el alféizar de una ventana, ya no veía dos siluetas que se movían en sentidos contrarios, sino sólo una: cuando ambas mujeres, por extrañas razones del destino, coincidieron en el mismo punto de la calle, de la ciudad y del mundo.

Parafraseé a mi modo las palabras de Saroyan, el escritor norteamericano de origen armenio: “Todos deseosos de ternura, todos buscando una sonrisa, un poco de calor en la mirada; y, aún así, nos damos el lujo de ignorarnos.

Todos hambrientos de cariño, pero nadie se atreve a dar el primer paso: ese paso que desencadena todo. Todos queremos lo mismo, pero preferimos que sea el otro quien tome la iniciativa”.

Ahora el fotógrafo enfoca con la cámara a un hombre gordo que de pronto se pone serio. Se ve que los flashes lo cohíben y en el momento del disparo ha puesto cara de tabla. En el momento preciso, más que una sonrisa esbozó una mueca.

Luego pasa otro y otro más. Creo que ahora sigo yo. Es hora de ponerme ante la cámara. Me retiro del alféizar y le dejo el lugar a otro, que se pone, como yo hace un momento, a escrutar a los transeúntes.

Tanta hambre de amor, y los corazones cerrados. “Necesitamos amor –escribió el dramaturgo Eugène Ionesco (1909-1994) en una página de su Diario-. Deberíamos tirarnos los unos a los pies de los otros”. ¿Lo dijo así? ¿Fueron esas sus palabras? Da igual. Como lo haya dicho, eso fue exactamente lo que dijo. Podría jurarlo sobre una Biblia.

-Mire a la cámara –me ordenó el fotógrafo-. La barbilla un poco más hacia arriba. Así está bien. Listo. Ya está. Ahora vaya a la caja. Allí le entregarán la licencia.

-Gracias.

Pero el hombre no me dijo: “De nada”, sino que miró al que estaba detrás de mí y gruñó, enseñando los dientes:

-El siguiente, por favor.

Me dirijo hacia la caja a paso lento. ¿Dónde leí aquello de Thich Nhat Hanh? Una vez, el monje vietnamita Thich Nhat Hanh se encontraba rodeado de un grupo de niños. Uno de estos niños –llamado Tim, o Tom, no lo recuerdo- sonreía maravillosamente; su sonrisa era cándida, jovial, alegre: una sonrisa tan hermosa que lo hacía parecer un ángel.

-Tim –o Tom, le dijo el monje-, ¡tienes una sonrisa muy hermosa!

-Gracias –respondió el niño.

-No, no debes darme las gracias. Soy yo el que te agradece a ti. Con esa sonrisa haces la vida más bella. En vez de decir: “Gracias”, deberías decir: “De nada”.

¡Ah, si por lo menos nos sonriéramos los unos a los otros! La vida, entonces, sería más bella, y nuestra hambre de afecto no sería tan grande, tan frenética.

Me subo a mi auto –ya sin temor a los agentes de tránsito- y no pienso más en Thich Nhat Hanh.

De pronto me he olvidado de él. Ahora pienso que dispongo únicamente de diez minutos para llegar al Seminario, es decir, al polo opuesto de la ciudad.

Y acelero, y toco el claxon y me enfurezco con los peatones que cruzan por la avenida con demasiada lentitud.

-¡A ver si se apuran! –les digo, pero sin que alcancen a oírme.

Aquella hermosa meditación ante la ventana abierta no me había servido de nada. ¡Qué pena y qué vergüenza!

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