/ domingo 10 de marzo de 2019

El poder de cambiar al otro, depende de tu cambio

“Traten a los demás como quieren que los traten a ustedes”

Si tú no estás dispuesto a cambiar en lo mínimo, no esperes a que el otro cambie en lo máximo

Como quisiéramos que el otro cambiara. Porque hay modos de ser que no nos gustan. Y el hombre sufre de impotencia, porque no puede entender, ni cambiar a los demás.

Pero no es posible encontrar al hombre perfecto. No hay un hombre sin defectos. Y ninguna persona fue hecha a la medida del otro; si no somos perfectos, es porque fuimos hechos para complementarnos.

Querer cambiar al otro, es robarle su identidad. Las personas no pueden cambiar, ya que dejarían ser ellas mismas. Las personas ya son así, y es inútil tratar de cambiarlas. Bien dice el dicho popular: “Genio y figura hasta la sepultura”.

El hombre no puede cambiar; pero si puede moderar su carácter, y hacerle modificaciones a su vida.

El único poder para cambiar al otro, es nuestro propio cambio; si cambio yo, lo más seguro es que el otro también cambie.

Y si se dice: “Que en el pedir, está el dar”. De igual manera podemos afirmar, que como trates a los demás, así serás tratado. Porque el hombre va a dar, de acuerdo a como reciba. Ya lo dice el Evangelio: “Traten a los demás como quieren que los traten a ustedes”.

Por tanto, sería bueno preguntarnos, ¿Cómo hemos tratado a los demás? Tal vez el otro es así por causa nuestra, y no lo habíamos advertido.

Antes de preguntar: ¿Porqué el otro es así? Bueno sería preguntarnos, ¿Porque nosotros somos de tal manera? Si cada quien se propusiera hacer un cambio en su vida, lograríamos un cambio en la vida del otro.

Pero si tú no estás dispuesto a cambiar en lo mínimo, no esperes a que el otro cambie en lo máximo. Si quieres cambios, comienza por ti mismo. Y como dijo Juan Pablo II: “Cambié al hombre y cambió el mundo”.

“Traten a los demás como quieren que los traten a ustedes”

Si tú no estás dispuesto a cambiar en lo mínimo, no esperes a que el otro cambie en lo máximo

Como quisiéramos que el otro cambiara. Porque hay modos de ser que no nos gustan. Y el hombre sufre de impotencia, porque no puede entender, ni cambiar a los demás.

Pero no es posible encontrar al hombre perfecto. No hay un hombre sin defectos. Y ninguna persona fue hecha a la medida del otro; si no somos perfectos, es porque fuimos hechos para complementarnos.

Querer cambiar al otro, es robarle su identidad. Las personas no pueden cambiar, ya que dejarían ser ellas mismas. Las personas ya son así, y es inútil tratar de cambiarlas. Bien dice el dicho popular: “Genio y figura hasta la sepultura”.

El hombre no puede cambiar; pero si puede moderar su carácter, y hacerle modificaciones a su vida.

El único poder para cambiar al otro, es nuestro propio cambio; si cambio yo, lo más seguro es que el otro también cambie.

Y si se dice: “Que en el pedir, está el dar”. De igual manera podemos afirmar, que como trates a los demás, así serás tratado. Porque el hombre va a dar, de acuerdo a como reciba. Ya lo dice el Evangelio: “Traten a los demás como quieren que los traten a ustedes”.

Por tanto, sería bueno preguntarnos, ¿Cómo hemos tratado a los demás? Tal vez el otro es así por causa nuestra, y no lo habíamos advertido.

Antes de preguntar: ¿Porqué el otro es así? Bueno sería preguntarnos, ¿Porque nosotros somos de tal manera? Si cada quien se propusiera hacer un cambio en su vida, lograríamos un cambio en la vida del otro.

Pero si tú no estás dispuesto a cambiar en lo mínimo, no esperes a que el otro cambie en lo máximo. Si quieres cambios, comienza por ti mismo. Y como dijo Juan Pablo II: “Cambié al hombre y cambió el mundo”.

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