/ domingo 6 de junio de 2021

El padre huérfano

“-Mi hijo ha muerto –gimió el hombre, secándose el sudor de la frente, o tal vez las lágrimas de los ojos, qué sé yo-. Murió de la manera más violenta e innoble: de dos cuchilladas en el cuello.

“Cuando me llamaron para ir a velo, corrí. Prácticamente se ahogaba con sus propios coágulos. Eran las tres de la mañana, y el local había quedado vacío. Como lo apuñalaron en uno de los baños… ¿Quién lo mató? Uno de sus amigos: un joven al que aún recuerdo con un flequillo pintado de verde colgándole sobre la frente y una arracada en la oreja derecha.

“¿Cuál fue el móvil del asesinato? Hasta ahora lo ignoro, aunque, en la oficina del ministerio público, se habló de drogas o de algo por el estilo. ¡Estoy tan triste! Desde entonces no vivo ya. ¡Yo estoy tan muerto como él! ¿Qué espero de la vida? Nada. Tampoco pido justicia. ¡Como si la justicia, como si la vida pudieran devolvérmelo! El único que puede ponerlo nuevamente en mis brazos es Dios, pero no lo hará sino hasta el final de los tiempos”…

El hombre temblaba, y sus labios parecían secarse con cada palabra que dejaban salir.

“-Mi esposa se ha hundido en una depresión de la que no ha podido salir y de la que no hago ni haré nada por sacarla. ¿Para qué? Que en ella se quede: en el fondo de sí misma, sola con sus recuerdos.

“Mi hijo se llamaba Andrés, ¿sabe? Era un buen muchacho. Quiero decir que era un buen muchacho hasta que cumplió dieciséis años. Los domingos íbamos a Misa de doce con usted, y luego a comer juntos. ¡Quién iba a decirme que aquellos domingos iban a ser los días más felices de mi vida! Pero luego ya no quiso ir a Misa; decía haber perdido la fe y que, por tanto, ya no iría con nosotros a la iglesia. Lo de los antros vino después…

“-¿Y por qué has perdido la fe? –le pregunté un día-. Y ya se imaginará usted lo que me respondió: que la Iglesia esto, que los sacerdotes aquello, que Cristo lo de más allá. ¡En fin, lo que oía a cada paso un poco por todas partes!”.

Luego el hombre guardó silencio largo, al cabo del cual me suplicó:

“-¿Me haría usted un favor, usted que escribe en los periódicos? ¡Diga cuánto mal hacen a los jóvenes esos señores llamados X, Y y Z”.

En realidad, él los llamó por sus nombres verdaderos, aunque yo aquí los he omitido de propósito para que el lector no sepa de quiénes se trata.

“-Diga cuánto corrompen las conciencias al hacer que las generaciones ya no respeten a nadie ni se detengan ante nada. Sí, con el pretexto de una falsa libertad y de un no menos falso desparpajo arrancan inmisericordemente la fe a quienes más necesidad tienen de ella. Son como esos sacerdotes aztecas que arrancaban los corazones para luego ofrecerlos a sus dioses, que son las empresas para las que trabajan y a las que nunca critican. ¿Cuándo se ha visto que estos señores escupan al plato del que comen? Como consecuencia de esto, nuestros jóvenes ya no van a Misa, pero van a los antros. ¡Allí los quieren ellos! Pues bien, allí están. Como el flautista de Hamelín, han tañido su instrumento y los han sacado de donde estaban, pero para llevarlos al despeñadero”.

Otra larga pausa. Y luego:

“-Pero, ¿se dan cuenta esos señores lo que están haciendo? ¿Calculan siquiera los alcances de su labor de destrucción? ¡Ellos son los culpables de la muerte de mi hijo! ¡Y se les ve tan sonrientes, tan satisfechos de sí mismos con sus filosofías destructoras! Ah, si ellos supieran”…

Mientras el hombre seguía hablando, me acordé de una novela que había leído hacía mucho: El discípulo, de Paul Bourget (1852-1935), que tocaba precisamente este problema. He aquí, rápidamente contado, el argumento de la historia: un filósofo transmite mediante sus libros a un impresionable joven su amargo concepto de la vida. ¿Qué era ésta sino un mero conglomerado de átomos azarosamente yuxtapuestos? ¿Qué era Dios sino un mero concepto acuñado por la humanidad, es decir, una palabra vacía? El joven devoraba con avidez todo lo que escribía aquel maestro de pesimismo. Con un resultado: el de convertir a aquel pobre joven es un asesino... Ahora bien, ¿era o no culpable el maestro por haber escrito esos libros, inoculando el nihilismo en las mentes de sus alumnos? “Júzguelo el lector”, parece decirnos, al final, el novelista francés. Pero sí: el filósofo era culpable ante Dios, aunque la justicia humana lo absolviera y la sociedad lo aclamara. En efecto, él se lavaba las manos. Se declaraba a sí mismo inocente. Él sólo había escrito unos libros. ¿Qué culpa tenía de lo que éstos fueran a causar en la vida de sus lectores?

“-Sí, señor –siguió diciéndome el hombre-. Esos tipos de los que le he hablado, mencionando sus nombres y apellidos, fingen espantarse del desorden de nuestro país, y se mostrarían muy sorprendidos si alguien los acusara de estar provocando lo mismo que los espanta. ¡Corrupción!, gritan. ¡Violencia! Pero quítele usted a un joven la fe, o ya por lo menos el respeto a lo que exige ser respetado, y ya verá lo que se pone a hacer. Sáquelo de la iglesia, donde es aún capaz de arrodillarse –que es, de hecho, el único sitio donde no le está permitido permanecer con las piernas cruzadas- y ya verá a dónde se dirige. ¡Oh Dios, cómo odio la autosuficiencia de esos cretinos! Pero, claro: como en el templo no consumen, los sacan de allí para poner en movimiento el gigantesco mecanismo y la colosal economía de la diversión nocturna… ¡Pero aún no me ha dicho usted si escribirá el artículo que le pido!

-Lo haré –dije.

-Hágalo por mi hijo.

Lo hice. Y se lo entrego ahora a mis lectores, por si de algo les sirviere…

“-Mi hijo ha muerto –gimió el hombre, secándose el sudor de la frente, o tal vez las lágrimas de los ojos, qué sé yo-. Murió de la manera más violenta e innoble: de dos cuchilladas en el cuello.

“Cuando me llamaron para ir a velo, corrí. Prácticamente se ahogaba con sus propios coágulos. Eran las tres de la mañana, y el local había quedado vacío. Como lo apuñalaron en uno de los baños… ¿Quién lo mató? Uno de sus amigos: un joven al que aún recuerdo con un flequillo pintado de verde colgándole sobre la frente y una arracada en la oreja derecha.

“¿Cuál fue el móvil del asesinato? Hasta ahora lo ignoro, aunque, en la oficina del ministerio público, se habló de drogas o de algo por el estilo. ¡Estoy tan triste! Desde entonces no vivo ya. ¡Yo estoy tan muerto como él! ¿Qué espero de la vida? Nada. Tampoco pido justicia. ¡Como si la justicia, como si la vida pudieran devolvérmelo! El único que puede ponerlo nuevamente en mis brazos es Dios, pero no lo hará sino hasta el final de los tiempos”…

El hombre temblaba, y sus labios parecían secarse con cada palabra que dejaban salir.

“-Mi esposa se ha hundido en una depresión de la que no ha podido salir y de la que no hago ni haré nada por sacarla. ¿Para qué? Que en ella se quede: en el fondo de sí misma, sola con sus recuerdos.

“Mi hijo se llamaba Andrés, ¿sabe? Era un buen muchacho. Quiero decir que era un buen muchacho hasta que cumplió dieciséis años. Los domingos íbamos a Misa de doce con usted, y luego a comer juntos. ¡Quién iba a decirme que aquellos domingos iban a ser los días más felices de mi vida! Pero luego ya no quiso ir a Misa; decía haber perdido la fe y que, por tanto, ya no iría con nosotros a la iglesia. Lo de los antros vino después…

“-¿Y por qué has perdido la fe? –le pregunté un día-. Y ya se imaginará usted lo que me respondió: que la Iglesia esto, que los sacerdotes aquello, que Cristo lo de más allá. ¡En fin, lo que oía a cada paso un poco por todas partes!”.

Luego el hombre guardó silencio largo, al cabo del cual me suplicó:

“-¿Me haría usted un favor, usted que escribe en los periódicos? ¡Diga cuánto mal hacen a los jóvenes esos señores llamados X, Y y Z”.

En realidad, él los llamó por sus nombres verdaderos, aunque yo aquí los he omitido de propósito para que el lector no sepa de quiénes se trata.

“-Diga cuánto corrompen las conciencias al hacer que las generaciones ya no respeten a nadie ni se detengan ante nada. Sí, con el pretexto de una falsa libertad y de un no menos falso desparpajo arrancan inmisericordemente la fe a quienes más necesidad tienen de ella. Son como esos sacerdotes aztecas que arrancaban los corazones para luego ofrecerlos a sus dioses, que son las empresas para las que trabajan y a las que nunca critican. ¿Cuándo se ha visto que estos señores escupan al plato del que comen? Como consecuencia de esto, nuestros jóvenes ya no van a Misa, pero van a los antros. ¡Allí los quieren ellos! Pues bien, allí están. Como el flautista de Hamelín, han tañido su instrumento y los han sacado de donde estaban, pero para llevarlos al despeñadero”.

Otra larga pausa. Y luego:

“-Pero, ¿se dan cuenta esos señores lo que están haciendo? ¿Calculan siquiera los alcances de su labor de destrucción? ¡Ellos son los culpables de la muerte de mi hijo! ¡Y se les ve tan sonrientes, tan satisfechos de sí mismos con sus filosofías destructoras! Ah, si ellos supieran”…

Mientras el hombre seguía hablando, me acordé de una novela que había leído hacía mucho: El discípulo, de Paul Bourget (1852-1935), que tocaba precisamente este problema. He aquí, rápidamente contado, el argumento de la historia: un filósofo transmite mediante sus libros a un impresionable joven su amargo concepto de la vida. ¿Qué era ésta sino un mero conglomerado de átomos azarosamente yuxtapuestos? ¿Qué era Dios sino un mero concepto acuñado por la humanidad, es decir, una palabra vacía? El joven devoraba con avidez todo lo que escribía aquel maestro de pesimismo. Con un resultado: el de convertir a aquel pobre joven es un asesino... Ahora bien, ¿era o no culpable el maestro por haber escrito esos libros, inoculando el nihilismo en las mentes de sus alumnos? “Júzguelo el lector”, parece decirnos, al final, el novelista francés. Pero sí: el filósofo era culpable ante Dios, aunque la justicia humana lo absolviera y la sociedad lo aclamara. En efecto, él se lavaba las manos. Se declaraba a sí mismo inocente. Él sólo había escrito unos libros. ¿Qué culpa tenía de lo que éstos fueran a causar en la vida de sus lectores?

“-Sí, señor –siguió diciéndome el hombre-. Esos tipos de los que le he hablado, mencionando sus nombres y apellidos, fingen espantarse del desorden de nuestro país, y se mostrarían muy sorprendidos si alguien los acusara de estar provocando lo mismo que los espanta. ¡Corrupción!, gritan. ¡Violencia! Pero quítele usted a un joven la fe, o ya por lo menos el respeto a lo que exige ser respetado, y ya verá lo que se pone a hacer. Sáquelo de la iglesia, donde es aún capaz de arrodillarse –que es, de hecho, el único sitio donde no le está permitido permanecer con las piernas cruzadas- y ya verá a dónde se dirige. ¡Oh Dios, cómo odio la autosuficiencia de esos cretinos! Pero, claro: como en el templo no consumen, los sacan de allí para poner en movimiento el gigantesco mecanismo y la colosal economía de la diversión nocturna… ¡Pero aún no me ha dicho usted si escribirá el artículo que le pido!

-Lo haré –dije.

-Hágalo por mi hijo.

Lo hice. Y se lo entrego ahora a mis lectores, por si de algo les sirviere…

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