/ lunes 7 de diciembre de 2020

El misionero y el comerciante

Una vez, según cuenta Robert Louis Stevenson (1850-1894) en uno de sus Cuentos de los mares del Sur, un comerciante vio venir a lo lejos a un misionero montado en su piragua.

Ambos eran ingleses; ambos se encontraban en una isla lejanísima, pero no por eso el comerciante se sintió feliz ante aquella inesperada aparición. ¡Qué iba a sentirse feliz! Más bien, aquella figura lo contrarió. Un misionero. ¿Y qué venía a hacer un misionero entre esta gente salvaje e inculta? ¡Los misioneros, siempre los misioneros! Andan en todas partes, como si el mundo fuese de ellos. ¡Unos entrometidos, eso es lo que eran!

He aquí, exactamente, cómo sucedieron las cosas y que lo que se dijeron estos señores cuando las aguas del mar les hicieron posible verse las caras:

“El barco se acercaba –narra el comerciante-; vi que el misionero dejaba el libro que traía en las manos y sonreí para mí… Era la primera vez, en todos mis años de Pacífico, que cambiaba dos palabras con un misionero y, menos aún para pedirle un favor. No me gustaban los misioneros, a ningún mercader le gustan; nos miran con desdén, sin ocultarlo, y además prefieren el trato con los nativos que con los hombres blancos como ellos… Cuando vi al misionero bajar del barco con su uniforme, su traje blanco, su casco colonial, su camisa y corbata blancas, y calzado con botas amarillas, me entraron ganas de tirarle piedras…

“-El señor Tarleton, ¿verdad? –dije, porque me habían dado su nombre.

“-¿Y usted, me imagino, es el nuevo mercader? –dijo él.

“-Antes que nada quiero decirle que no le tengo simpatía a las misiones –continué-, y creo que usted y los suyos hacen mucho daño, llenándoles a los nativos la cabeza con cuentos de viejas y estupideces.

“-Usted tiene un perfecto derecho a exponer sus opiniones –me contestó, mirándome con cierto mal humor-, pero yo no tengo la obligación de escucharlas”.

Etcétera.

Fue, para decirlo ya, un desencuentro mucho más que un encuentro. Pero, ¿por qué causaba al mercader tanta tirria el misionero? ¡Ah, porque los mercaderes no se engañan! ¡Ellos lo saben! Su olfato no los confunde. Y, por lo demás, esto ya lo habían dicho con todas sus letras, puntos y comas los primeros teóricos del capitalismo: la virtud engendra pobreza, en tanto que el vicio produce riqueza. Veamos esto mediante algunos ejemplos.

Un joven que se retira a su habitación a las diez de un sábado por la noche, ¿qué hace a favor de la economía? ¡Nada, no hace nada, y habría que castigarlo por sus instintos ermitaños! Dormido no consume, y mientras duerme la economía se paraliza.

Pero supongamos que este mismo joven en vez de retirarse a su habitación se dirige a un antro y, al volver a casa, choca en su carro por la madrugada. ¡Ah, este buen joven es un mártir del bienestar! Sufrió, es cierto, graves heridas, pero ¿qué más da? Así y todo, ha puesto sin ser consciente de ello una cantidad tan grande de industrias que, más que una víctima de las circunstancias, habría que considerarlo el héroe del momento. Veámoslo.

Antes del accidente, este joven había consumido alcohol; por lo tanto había puesto en movimiento tanto a la industria cervecera como a la industria tequilera (sin olvidar, claro está, al sector tabacalero). También la industria botanera se vio beneficiada, así como la textil, pues no iba este joven a ir al antro vestido de cualquier manera. ¡Ah, cuántos sectores productivos se han visto favorecidos por este muchacho que al quinto o sexto trago solía perder el control de sí!

Eran las tres y media de la mañana cuando, por un triste descuido, fue a dar de cuerpo entero contra un camellón que nuestras irresponsables autoridades tuvieron la audacia de colocar justo donde este joven pensó ejecutar una arriesgada maniobra. ¡El auto quedó hecho trizas! Era un hermoso auto con rines cromados y asientos de piel. Y, sin embargo, no hay que lamentarse: ya la industria automotriz se encargará de reemplazarlo por otro aún más equipado y deslumbrante.

Justo en el momento del choche entraron en acción varias industrias: la aseguradora junto con las muchas otras dedicadas a la confección de partes para autos: motores, llantas, limpiadores y tableros.

Luego hubo que trasladar al joven a un hospital, lo cual, por supuesto, no perjudicó en nada a los agremiados a la profesión médica. Ya en el hospital hubo que conectarlo a varios sofisticados aparatos que, con el uso, acaban naturalmente estropeándose, y adminístrale una cantidad –también industrial- de medicamentos, lo cual tampoco disgustó mucho a los laboratorios que los producen.

Por otra parte, el camellón sufrió un bien visible estropicio que habrá que reparar cuanto antes por razones de seguridad y de estética urbanas. Aquí es donde entran, también, las industrias acerera y cementera, que ahora tendrán que producir un poco más para satisfacer las exigencias del mercado.

¡Ah, cuántos mundos hizo girar en torno a si este desprevenido joven por el sólo hecho de no haber querido quedarse en su casa meditando acerca de la brevedad de la vida o simplemente a dormir la mona!

Ya en 1705, Bernard de Mandeville (1670-1733) lo había reconocido en The Fable ob the Bees (o fábula de las abejas): los vicios privados producen beneficios públicos. Y es verdad: la virtud no sirve para nada en una sociedad en la que la economía lo es todo. ¿Qué de raro tiene, pues, que los mercaderes detesten a los misioneros? ¡Lo extraño sería, en todo caso, que no los detestaran!

Una vez, según cuenta Robert Louis Stevenson (1850-1894) en uno de sus Cuentos de los mares del Sur, un comerciante vio venir a lo lejos a un misionero montado en su piragua.

Ambos eran ingleses; ambos se encontraban en una isla lejanísima, pero no por eso el comerciante se sintió feliz ante aquella inesperada aparición. ¡Qué iba a sentirse feliz! Más bien, aquella figura lo contrarió. Un misionero. ¿Y qué venía a hacer un misionero entre esta gente salvaje e inculta? ¡Los misioneros, siempre los misioneros! Andan en todas partes, como si el mundo fuese de ellos. ¡Unos entrometidos, eso es lo que eran!

He aquí, exactamente, cómo sucedieron las cosas y que lo que se dijeron estos señores cuando las aguas del mar les hicieron posible verse las caras:

“El barco se acercaba –narra el comerciante-; vi que el misionero dejaba el libro que traía en las manos y sonreí para mí… Era la primera vez, en todos mis años de Pacífico, que cambiaba dos palabras con un misionero y, menos aún para pedirle un favor. No me gustaban los misioneros, a ningún mercader le gustan; nos miran con desdén, sin ocultarlo, y además prefieren el trato con los nativos que con los hombres blancos como ellos… Cuando vi al misionero bajar del barco con su uniforme, su traje blanco, su casco colonial, su camisa y corbata blancas, y calzado con botas amarillas, me entraron ganas de tirarle piedras…

“-El señor Tarleton, ¿verdad? –dije, porque me habían dado su nombre.

“-¿Y usted, me imagino, es el nuevo mercader? –dijo él.

“-Antes que nada quiero decirle que no le tengo simpatía a las misiones –continué-, y creo que usted y los suyos hacen mucho daño, llenándoles a los nativos la cabeza con cuentos de viejas y estupideces.

“-Usted tiene un perfecto derecho a exponer sus opiniones –me contestó, mirándome con cierto mal humor-, pero yo no tengo la obligación de escucharlas”.

Etcétera.

Fue, para decirlo ya, un desencuentro mucho más que un encuentro. Pero, ¿por qué causaba al mercader tanta tirria el misionero? ¡Ah, porque los mercaderes no se engañan! ¡Ellos lo saben! Su olfato no los confunde. Y, por lo demás, esto ya lo habían dicho con todas sus letras, puntos y comas los primeros teóricos del capitalismo: la virtud engendra pobreza, en tanto que el vicio produce riqueza. Veamos esto mediante algunos ejemplos.

Un joven que se retira a su habitación a las diez de un sábado por la noche, ¿qué hace a favor de la economía? ¡Nada, no hace nada, y habría que castigarlo por sus instintos ermitaños! Dormido no consume, y mientras duerme la economía se paraliza.

Pero supongamos que este mismo joven en vez de retirarse a su habitación se dirige a un antro y, al volver a casa, choca en su carro por la madrugada. ¡Ah, este buen joven es un mártir del bienestar! Sufrió, es cierto, graves heridas, pero ¿qué más da? Así y todo, ha puesto sin ser consciente de ello una cantidad tan grande de industrias que, más que una víctima de las circunstancias, habría que considerarlo el héroe del momento. Veámoslo.

Antes del accidente, este joven había consumido alcohol; por lo tanto había puesto en movimiento tanto a la industria cervecera como a la industria tequilera (sin olvidar, claro está, al sector tabacalero). También la industria botanera se vio beneficiada, así como la textil, pues no iba este joven a ir al antro vestido de cualquier manera. ¡Ah, cuántos sectores productivos se han visto favorecidos por este muchacho que al quinto o sexto trago solía perder el control de sí!

Eran las tres y media de la mañana cuando, por un triste descuido, fue a dar de cuerpo entero contra un camellón que nuestras irresponsables autoridades tuvieron la audacia de colocar justo donde este joven pensó ejecutar una arriesgada maniobra. ¡El auto quedó hecho trizas! Era un hermoso auto con rines cromados y asientos de piel. Y, sin embargo, no hay que lamentarse: ya la industria automotriz se encargará de reemplazarlo por otro aún más equipado y deslumbrante.

Justo en el momento del choche entraron en acción varias industrias: la aseguradora junto con las muchas otras dedicadas a la confección de partes para autos: motores, llantas, limpiadores y tableros.

Luego hubo que trasladar al joven a un hospital, lo cual, por supuesto, no perjudicó en nada a los agremiados a la profesión médica. Ya en el hospital hubo que conectarlo a varios sofisticados aparatos que, con el uso, acaban naturalmente estropeándose, y adminístrale una cantidad –también industrial- de medicamentos, lo cual tampoco disgustó mucho a los laboratorios que los producen.

Por otra parte, el camellón sufrió un bien visible estropicio que habrá que reparar cuanto antes por razones de seguridad y de estética urbanas. Aquí es donde entran, también, las industrias acerera y cementera, que ahora tendrán que producir un poco más para satisfacer las exigencias del mercado.

¡Ah, cuántos mundos hizo girar en torno a si este desprevenido joven por el sólo hecho de no haber querido quedarse en su casa meditando acerca de la brevedad de la vida o simplemente a dormir la mona!

Ya en 1705, Bernard de Mandeville (1670-1733) lo había reconocido en The Fable ob the Bees (o fábula de las abejas): los vicios privados producen beneficios públicos. Y es verdad: la virtud no sirve para nada en una sociedad en la que la economía lo es todo. ¿Qué de raro tiene, pues, que los mercaderes detesten a los misioneros? ¡Lo extraño sería, en todo caso, que no los detestaran!

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