/ domingo 22 de mayo de 2022

El arte de sentarse

¡Pero siéntese usted, amigo mío, hágame el favor! Se le nota exhausto: sus ojeras lo delatan, lo mismo que el sudor de su frente y el temblor de sus manos. Permítame acercarle una silla. ¡Qué me dice usted! ¿Que no tiene tiempo? Y, sin embargo, es preciso que se siente, aunque sólo sea por unos minutos. Sentarse también forma parte de eso que la espiritualidad cristiana llama la imitación de Cristo. ¿Que cómo he sabido que es usted cristiano? No me crea tan astuto; y, por lo demás, tampoco soy un espía: lo que pasa es que el crucifijo que lleva usted al cuello lo delata.

Si es usted cristiano, como veo que lo es, entonces tome asiento. Jesús se sentó muchas veces, según podemos constatarlo merced a un examen detenido de los textos evangélicos. ¿No es verdad, por ejemplo, que se sentó en el monte de las bienaventuranzas? “Al ver tanta gente, Jesús subió a la montaña, se sentó y se le acercaron sus discípulos. Entonces comenzó a enseñarles con estas palabras: Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos” (Mateo 5, 1-3), etcétera.

¿Lo ve usted? No se trata sólo de escalar montañas, sino, una vez escaladas éstas, sentarse y conversar. ¡Hay en este mundo quien únicamente escala, pero no se sienta! Hay que hacer como Jesús, amigo mío, que sabía hacer ambas cosas.

En otra parte de su evangelio, el mismo evangelista –me refiero a Mateo, claro está- nos lo muestra igualmente sentado: “Aquel día salió Jesús de casa y se sentó a orillas del lago; se reunió en torno a él mucha gente: tanta, que subió a una barca y se sentó, mientras la gente se quedaba de pie en la orilla. Y les habló de muchas cosas por medio de parábolas” (13, 1-2).

Jesús se sentaba en los montes, sobre las barcas, a la orilla del mar. Por otro evangelista sabemos que una vez se sentó también en el brocal de un pozo: “Cuando estos rumores llegaron a Jesús -escribe ahora Juan-, abandonó Judea y regresó a Galilea. En su viaje, a través de Samaria, llegó a un pueblo llamado Sicar, cerca del terreno que Jacob dio a su hijo José. Allí estaba también el pozo de Jacob.

“Jesús, fatigado por la caminata, se sentó junto al pozo. Era casi mediodía. En esto, una mujer samaritana se acercó al pozo para sacar agua. Jesús le dijo:

“-Dame de beber” (4, 3-7).

El Señor está fatigado, y además es la hora del calor más fuerte. ¿Qué

hace entonces? Ejecuta una de las acciones más bellas que pueda realizar un ser humano: se sienta; es decir, lo que usted no quiere hacer ahora ni nunca, amigo mío. ¡Ah, la humanidad de Jesús no es una broma! También él, como todo hijo de vecino, siente de cuando en cuando la necesidad de sentarse.

Y, sin embargo, como decía un famoso presentador de televisión, aún hay más, pues existe en el evangelio un elogio de la mujer sentada que sería poco honesto omitir aquí. ¿De veras no sabe quién es este mujer? Escuche usted:

“Mientras iban caminando, Jesús entró en un pueblo, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Tenía Marta una hermana llamada María que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Marta, en cambio, estaba atareada con todo el servicio de la casa; así que se acercó a Jesús y le dijo:

“-Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola con todo el quehacer? Dile que me ayude.

“Pero el Señor le contestó:

“-Marta, Marta, andas inquieta y preocupada por muchas cosas, cuando en realidad una sola es necesaria. María ha elegido la mejor parte y nadie se la quitará” (Lucas 10, 38-42).

¿Lo ve usted, amigo mío? Jesús elogia a la mujer sentada, en tanto que reprende a la hiperactiva. Los más antiguos comentadores de este pasaje dijeron en su tiempo que lo que hizo el Señor en casa de Marta fue un elogio de la vida contemplativa en menosprecio de la vida activa. Los comentadores modernos dicen que esto no es del todo exacto, y que si en este pasaje hay un elogio es a la mujer –al sexo femenino, diríamos-, que de ahora en adelante puede hacer lo que nunca antes había hecho: sentarse a los pies de un maestro.

Todo esto está muy bien, amigo mío, y yo lo aplaudo. Se trata, sin duda, de comentarios respetables. Pero yo digo que además de todo esto, hay aquí un elogio a la costumbre de sentarse.

En un hermoso libro de viajes titulado Bajo la media luna, el novelista noruego Knut Hamsun (1859-1952) da cuenta del asombro que experimentó en Constantinopla –hoy Estambul- al contemplar el siguiente espectáculo, inaudito para un occidental: “He aquí veinte personas recostadas sobre sofás, gozando de las horas matutinas en lugar de correr a la fábrica y a la oficina y violentarse durante todo el día… En este país –Turquía-, a una persona de posición mediana le resulta fácil pasar la vida: un pastel, una cebolla y un sorbo de jugo de higo constituyen para el turco una comida. Y hasta en la hora del trabajo está en los cafés o se pasa sentado sobre la sombra del portal de la mezquita, entregado a sus reflexiones”.

Ignoro si los turcos permanezcan aún hoy en el mismo estado de ánimo en que Hamsun los encontró hace un siglo, y si no es así me daría mucha lástima por ellos. ¿Será que la americanización de la vida les ha quitado esa capacidad de ensimismamiento que querría para mí y que le deseo a usted?

¿Quiere usted, pues, amigo, imitar al Señor? Entonces, siéntese. Acepte la silla que le ofrezco como aceptaría el sediento un vaso de agua. El Señor se sentaba, queriendo decir con ello a las multitudes: “Soy todo vuestro. No tengo prisa. Venid, escuchad. Venid y descansad conmigo”.

¡Pero siéntese usted, amigo mío, hágame el favor! Se le nota exhausto: sus ojeras lo delatan, lo mismo que el sudor de su frente y el temblor de sus manos. Permítame acercarle una silla. ¡Qué me dice usted! ¿Que no tiene tiempo? Y, sin embargo, es preciso que se siente, aunque sólo sea por unos minutos. Sentarse también forma parte de eso que la espiritualidad cristiana llama la imitación de Cristo. ¿Que cómo he sabido que es usted cristiano? No me crea tan astuto; y, por lo demás, tampoco soy un espía: lo que pasa es que el crucifijo que lleva usted al cuello lo delata.

Si es usted cristiano, como veo que lo es, entonces tome asiento. Jesús se sentó muchas veces, según podemos constatarlo merced a un examen detenido de los textos evangélicos. ¿No es verdad, por ejemplo, que se sentó en el monte de las bienaventuranzas? “Al ver tanta gente, Jesús subió a la montaña, se sentó y se le acercaron sus discípulos. Entonces comenzó a enseñarles con estas palabras: Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos” (Mateo 5, 1-3), etcétera.

¿Lo ve usted? No se trata sólo de escalar montañas, sino, una vez escaladas éstas, sentarse y conversar. ¡Hay en este mundo quien únicamente escala, pero no se sienta! Hay que hacer como Jesús, amigo mío, que sabía hacer ambas cosas.

En otra parte de su evangelio, el mismo evangelista –me refiero a Mateo, claro está- nos lo muestra igualmente sentado: “Aquel día salió Jesús de casa y se sentó a orillas del lago; se reunió en torno a él mucha gente: tanta, que subió a una barca y se sentó, mientras la gente se quedaba de pie en la orilla. Y les habló de muchas cosas por medio de parábolas” (13, 1-2).

Jesús se sentaba en los montes, sobre las barcas, a la orilla del mar. Por otro evangelista sabemos que una vez se sentó también en el brocal de un pozo: “Cuando estos rumores llegaron a Jesús -escribe ahora Juan-, abandonó Judea y regresó a Galilea. En su viaje, a través de Samaria, llegó a un pueblo llamado Sicar, cerca del terreno que Jacob dio a su hijo José. Allí estaba también el pozo de Jacob.

“Jesús, fatigado por la caminata, se sentó junto al pozo. Era casi mediodía. En esto, una mujer samaritana se acercó al pozo para sacar agua. Jesús le dijo:

“-Dame de beber” (4, 3-7).

El Señor está fatigado, y además es la hora del calor más fuerte. ¿Qué

hace entonces? Ejecuta una de las acciones más bellas que pueda realizar un ser humano: se sienta; es decir, lo que usted no quiere hacer ahora ni nunca, amigo mío. ¡Ah, la humanidad de Jesús no es una broma! También él, como todo hijo de vecino, siente de cuando en cuando la necesidad de sentarse.

Y, sin embargo, como decía un famoso presentador de televisión, aún hay más, pues existe en el evangelio un elogio de la mujer sentada que sería poco honesto omitir aquí. ¿De veras no sabe quién es este mujer? Escuche usted:

“Mientras iban caminando, Jesús entró en un pueblo, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Tenía Marta una hermana llamada María que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Marta, en cambio, estaba atareada con todo el servicio de la casa; así que se acercó a Jesús y le dijo:

“-Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola con todo el quehacer? Dile que me ayude.

“Pero el Señor le contestó:

“-Marta, Marta, andas inquieta y preocupada por muchas cosas, cuando en realidad una sola es necesaria. María ha elegido la mejor parte y nadie se la quitará” (Lucas 10, 38-42).

¿Lo ve usted, amigo mío? Jesús elogia a la mujer sentada, en tanto que reprende a la hiperactiva. Los más antiguos comentadores de este pasaje dijeron en su tiempo que lo que hizo el Señor en casa de Marta fue un elogio de la vida contemplativa en menosprecio de la vida activa. Los comentadores modernos dicen que esto no es del todo exacto, y que si en este pasaje hay un elogio es a la mujer –al sexo femenino, diríamos-, que de ahora en adelante puede hacer lo que nunca antes había hecho: sentarse a los pies de un maestro.

Todo esto está muy bien, amigo mío, y yo lo aplaudo. Se trata, sin duda, de comentarios respetables. Pero yo digo que además de todo esto, hay aquí un elogio a la costumbre de sentarse.

En un hermoso libro de viajes titulado Bajo la media luna, el novelista noruego Knut Hamsun (1859-1952) da cuenta del asombro que experimentó en Constantinopla –hoy Estambul- al contemplar el siguiente espectáculo, inaudito para un occidental: “He aquí veinte personas recostadas sobre sofás, gozando de las horas matutinas en lugar de correr a la fábrica y a la oficina y violentarse durante todo el día… En este país –Turquía-, a una persona de posición mediana le resulta fácil pasar la vida: un pastel, una cebolla y un sorbo de jugo de higo constituyen para el turco una comida. Y hasta en la hora del trabajo está en los cafés o se pasa sentado sobre la sombra del portal de la mezquita, entregado a sus reflexiones”.

Ignoro si los turcos permanezcan aún hoy en el mismo estado de ánimo en que Hamsun los encontró hace un siglo, y si no es así me daría mucha lástima por ellos. ¿Será que la americanización de la vida les ha quitado esa capacidad de ensimismamiento que querría para mí y que le deseo a usted?

¿Quiere usted, pues, amigo, imitar al Señor? Entonces, siéntese. Acepte la silla que le ofrezco como aceptaría el sediento un vaso de agua. El Señor se sentaba, queriendo decir con ello a las multitudes: “Soy todo vuestro. No tengo prisa. Venid, escuchad. Venid y descansad conmigo”.