/ domingo 26 de septiembre de 2021

El arte de rendirse

Hoy se nos invita a ser gente combativa y competente; se nos enseña a ganar, pero no a perder. ¡Y, señores míos, perder también es un arte, y no de los menores! Si tener todo el tiempo las manos alzadas, como las tuvo Moisés el día de la batalla contra los amalecitas, es un verdadero ejercicio de resistencia espiritual, bajarlas en señal de derrota también lo es…

Suponga usted, señor, que existe en este mundo una mujer por la cual suspira a todas horas del día y de la noche; que ha hecho usted lo posible, y aun lo imposible, por atraer su atención y conquistar su cariño, pero no lo consigue. ¿Qué hará usted entonces? ¿Se cortará las venas? ¡De ninguna manera! Si es usted cristiano, va a renunciar, es decir, a rendirse.

Rendirse significa aceptar con paz el hecho de la derrota. Sí, hay seres que nunca serán nuestros amigos: jamás significaremos nada para ellos.

Tomemos, por ejemplo, un hermoso relato de W. Somerset Maugham (1874-1965), el escritor inglés, titulado P&O. En él se cuenta la historia de una mujer, casada desde hacía varios años, que se había ido a vivir con el marido a Japón por cuestiones de negocios. Ella, por supuesto, era inglesa de pura cepa, mas un día descubrió que su esposo estaba perdidamente enamorado de otra mujer. ¡Durante veinte años habían estado juntos, en las buenas y en las malas, y ahora el hombre le salía con esto!

Ella intentó hacerlo reaccionar, lo invitó a meditar acerca de las ventajas de la fidelidad, pero no consiguió nada.

“La señora Hamlyn –así se llamaba esta mártir del desamor- abordó a su esposo. Al principio juró que no había una palabra de verdad acerca de lo que ella lo acusaba, pero ella tenía pruebas; él se puso malhumorado, y por fin admitió lo que ya no podía negar. Entonces dijo algo sorprendente:

“-¿Por qué debe importarte?

“Esto la enloqueció. Le contestó enfurecida, hallando en la amargura de su corazón cosas hirientes que decirle. Él la escuchó silenciosamente.

“-No he sido tan mal marido en los veinte años que llevamos de casados. Hace ya tiempo que no somos más que amigos. Te tengo mucho cariño, y esto no ha alterado mi sentimiento en lo más mínimo. No le doy a Dorothy (es decir, a la amante) nada que te quite a ti…”.

Tanto cinismo hizo que la señora Hamlyn tomara una de esas decisiones que suelen llamarse terminantes: iba a dejarlo y a regresar a Inglaterra. Y así lo hizo. Abordó el barco en el puerto de Yokohama y se hizo a la mar sin agitar desde la barandilla su sombrero, como hacían los demás, en señal de despedida.

Mas la señora Hamlyn no estaba contenta consigo misma. ¿Había hecho bien abandonando a su marido? Y, además, ¿a quién conocía ya en Inglaterra? En veinte años, todos sus amigos y parientes se habían muerto ya y no contaba con nadie en su país natal. ¿Qué iba a ser de ella? ¡Estaría tan sola! ¿Y si mejor hubiera cerrado los ojos para hacer como que no se daba cuenta de las escapadas nocturnas de su marido? ¡Hubiera sido tan sencillo hacer la tonta! Navegar por la vida con bandera de…, de ignorante: después de todo, ¿por qué no? ¿No era mejor esto a la espantosa soledad que le esperaba? ¡Dios mí, qué dilema! Por un lado estaba su dignidad ultrajada, y por el otro la soledad absoluta…

En su camarote no dejaba de reflexionar acerca de estas cosas. ¡Oh, si pudiese regresar al lado de su esposo! Pero regresar, ¿no equivalía a aceptar lo inaceptable?

Y pasaron los días. Y la pobre señora Hamlyn seguía perdida en sus monólogos interiores hasta cierta tarde que… Hasta la tarde que trabó una amistad inocente con un hombre de aspecto más bien triste que al poco tiempo, presa de las fiebres más atroces, murió en su rincón. Murió a medio mar y delirando.

Esta muerte afectó mucho a la señora Hamlyn: por lo pronto, le hizo ver la fragilidad de la vida. ¡Cómo se van los años! ¡Cómo se mueren los hombres: de un día para el otro! No sabemos qué resortes interiores le estiró a la señora Hamlyn este repentino fallecimiento, pero el caso fue que, antes de desembarcar y cuando se veían ya a lo lejos las tierras inglesas, tomó una pluma, se proveyó de papel y escribió una larga carta a su marido, en la que le decía:

“Querido mío: hoy es Navidad y quiero decirte que mi corazón está lleno de buenos pensamientos hacia ustedes dos. He sido tonta y poco razonable. Creo que deberíamos permitir que los seres que amamos sean felices a su manera, y debiéramos amarlos lo suficiente para no sentirnos desgraciados. Quiero que sepas que no te recrimino la alegría que tan extrañamente ha entrado en tu vida. Ya no me siento celosa, ni herida, ni vengativa. No pienses que seré desgraciada o que me sentiré sola. Si alguna vez notas que me necesitas, ven a mí, y te recibiré con gozo, sin reproches ni mala voluntad. Te agradezco todos los años de felicidad y ternura que me diste, y en retribución deseo ofrecerte un cariño que no impone condiciones y que es, creo, completamente desinteresado. Piensa en mí con bondad. Y te deseo que seas feliz, feliz, feliz”.

La señora Hamlyn se había rendido, comprendiendo que vale más la soledad a las relaciones mediocres. “Si alguna vez sientes que me necesitas, ven a mí”. Ya no lucha, ya no pretende ganar la partida con amenazas y gritos: ahora ha bajado los brazos y se siente en paz. No ha sido ella la que ha faltado al juramento, sino él.

A partir de entonces, ya no tuvo miedo de nada. “El futuro ya no aparecía desolador, sino iluminado por la esperanza. Se acostó y cayó en seguida en un profundo sueño”…

Hoy se nos invita a ser gente combativa y competente; se nos enseña a ganar, pero no a perder. ¡Y, señores míos, perder también es un arte, y no de los menores! Si tener todo el tiempo las manos alzadas, como las tuvo Moisés el día de la batalla contra los amalecitas, es un verdadero ejercicio de resistencia espiritual, bajarlas en señal de derrota también lo es…

Suponga usted, señor, que existe en este mundo una mujer por la cual suspira a todas horas del día y de la noche; que ha hecho usted lo posible, y aun lo imposible, por atraer su atención y conquistar su cariño, pero no lo consigue. ¿Qué hará usted entonces? ¿Se cortará las venas? ¡De ninguna manera! Si es usted cristiano, va a renunciar, es decir, a rendirse.

Rendirse significa aceptar con paz el hecho de la derrota. Sí, hay seres que nunca serán nuestros amigos: jamás significaremos nada para ellos.

Tomemos, por ejemplo, un hermoso relato de W. Somerset Maugham (1874-1965), el escritor inglés, titulado P&O. En él se cuenta la historia de una mujer, casada desde hacía varios años, que se había ido a vivir con el marido a Japón por cuestiones de negocios. Ella, por supuesto, era inglesa de pura cepa, mas un día descubrió que su esposo estaba perdidamente enamorado de otra mujer. ¡Durante veinte años habían estado juntos, en las buenas y en las malas, y ahora el hombre le salía con esto!

Ella intentó hacerlo reaccionar, lo invitó a meditar acerca de las ventajas de la fidelidad, pero no consiguió nada.

“La señora Hamlyn –así se llamaba esta mártir del desamor- abordó a su esposo. Al principio juró que no había una palabra de verdad acerca de lo que ella lo acusaba, pero ella tenía pruebas; él se puso malhumorado, y por fin admitió lo que ya no podía negar. Entonces dijo algo sorprendente:

“-¿Por qué debe importarte?

“Esto la enloqueció. Le contestó enfurecida, hallando en la amargura de su corazón cosas hirientes que decirle. Él la escuchó silenciosamente.

“-No he sido tan mal marido en los veinte años que llevamos de casados. Hace ya tiempo que no somos más que amigos. Te tengo mucho cariño, y esto no ha alterado mi sentimiento en lo más mínimo. No le doy a Dorothy (es decir, a la amante) nada que te quite a ti…”.

Tanto cinismo hizo que la señora Hamlyn tomara una de esas decisiones que suelen llamarse terminantes: iba a dejarlo y a regresar a Inglaterra. Y así lo hizo. Abordó el barco en el puerto de Yokohama y se hizo a la mar sin agitar desde la barandilla su sombrero, como hacían los demás, en señal de despedida.

Mas la señora Hamlyn no estaba contenta consigo misma. ¿Había hecho bien abandonando a su marido? Y, además, ¿a quién conocía ya en Inglaterra? En veinte años, todos sus amigos y parientes se habían muerto ya y no contaba con nadie en su país natal. ¿Qué iba a ser de ella? ¡Estaría tan sola! ¿Y si mejor hubiera cerrado los ojos para hacer como que no se daba cuenta de las escapadas nocturnas de su marido? ¡Hubiera sido tan sencillo hacer la tonta! Navegar por la vida con bandera de…, de ignorante: después de todo, ¿por qué no? ¿No era mejor esto a la espantosa soledad que le esperaba? ¡Dios mí, qué dilema! Por un lado estaba su dignidad ultrajada, y por el otro la soledad absoluta…

En su camarote no dejaba de reflexionar acerca de estas cosas. ¡Oh, si pudiese regresar al lado de su esposo! Pero regresar, ¿no equivalía a aceptar lo inaceptable?

Y pasaron los días. Y la pobre señora Hamlyn seguía perdida en sus monólogos interiores hasta cierta tarde que… Hasta la tarde que trabó una amistad inocente con un hombre de aspecto más bien triste que al poco tiempo, presa de las fiebres más atroces, murió en su rincón. Murió a medio mar y delirando.

Esta muerte afectó mucho a la señora Hamlyn: por lo pronto, le hizo ver la fragilidad de la vida. ¡Cómo se van los años! ¡Cómo se mueren los hombres: de un día para el otro! No sabemos qué resortes interiores le estiró a la señora Hamlyn este repentino fallecimiento, pero el caso fue que, antes de desembarcar y cuando se veían ya a lo lejos las tierras inglesas, tomó una pluma, se proveyó de papel y escribió una larga carta a su marido, en la que le decía:

“Querido mío: hoy es Navidad y quiero decirte que mi corazón está lleno de buenos pensamientos hacia ustedes dos. He sido tonta y poco razonable. Creo que deberíamos permitir que los seres que amamos sean felices a su manera, y debiéramos amarlos lo suficiente para no sentirnos desgraciados. Quiero que sepas que no te recrimino la alegría que tan extrañamente ha entrado en tu vida. Ya no me siento celosa, ni herida, ni vengativa. No pienses que seré desgraciada o que me sentiré sola. Si alguna vez notas que me necesitas, ven a mí, y te recibiré con gozo, sin reproches ni mala voluntad. Te agradezco todos los años de felicidad y ternura que me diste, y en retribución deseo ofrecerte un cariño que no impone condiciones y que es, creo, completamente desinteresado. Piensa en mí con bondad. Y te deseo que seas feliz, feliz, feliz”.

La señora Hamlyn se había rendido, comprendiendo que vale más la soledad a las relaciones mediocres. “Si alguna vez sientes que me necesitas, ven a mí”. Ya no lucha, ya no pretende ganar la partida con amenazas y gritos: ahora ha bajado los brazos y se siente en paz. No ha sido ella la que ha faltado al juramento, sino él.

A partir de entonces, ya no tuvo miedo de nada. “El futuro ya no aparecía desolador, sino iluminado por la esperanza. Se acostó y cayó en seguida en un profundo sueño”…

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