/ domingo 14 de julio de 2019

El abogado de Dios

Estoy aturrullado, atónito, perplejo, patidifuso. Bueno, como eso de estar patidifuso es muy español, y yo no soy español, digamos que no estoy patidifuso.

Pero sí pasmado, indignado, sorprendido, malhumorado, turulato. ¿Qué más estoy? Tome el lector un diccionario de ideas afines, repase mentalmente las que encuentre en él y hágame el favor de aplicarlas todas, sin desdeñar ninguna, a mi situación anímica de hoy.

Desde hace tiempo escuchar la radio o encender el televisor se ha convertido para mí en un suplicio. ¿Por qué tuve entonces que encender este último precisamente a esta hora en que la vida me parecía bella? Fue, debo confesarlo, un acto automático. En realidad, no pensaba encenderlo, pero llegué a casa y, junto con la luz, junto con la hornilla de la estufa, junto con el calentador de gas, encendí también el televisor. Tal vez lo encendí, ahora caigo en la cuenta de ello, pensando que se trataba del horno de microondas. En fin, aquí estoy, asistiendo, por decirlo así, a un debate en el que a cada paso se menciona la palabra Dios. En teoría, la cosa debía interesarme, pero en realidad me enerva, porque ya sé cómo se hacen estas cosas y, sobre todo, cómo se planean.

Me digo a mí mismo dando un sorbo a mi taza de café: “De seguro que el que se encargue de defender la causa de Dios va a ser, para no variar, el abogado menos bueno”. Es decir, que será malo. El malo de la película, quiero decir, o sea, el malo del programa, el villano del debate. Y así fue, en efecto. ¡Ah, desde qué tiempos remotos la televisión ha dejado de sorprenderme!

El ateo que ha sido invitado al panel es de una elocuencia admirable, y qué simpático es, y qué chistes tan graciosos cuenta. A todas luces se ve que es bien vivillo. Tiene gracia, tiene humor y, sobre todo, sabe atraerse las simpatías del auditorio. También es gracioso y bastante despejado de mente. Al oírlo hablar, uno siente de pronto la gana inmensa de parecerse a él: con tanta donosura y desparpajo aborda la más delicada de las cuestiones. Y, por lo demás, queda al final bastante bien librado. Todos llaman al auditorio para felicitarlo. A mí, por lo pronto, se me antoja ponerme a aplaudirle. Me reprimo por una razón: porque aplaudirle a él sería tanto como abuchear a Dios, cosa que yo no haría, espero, ni aunque me pusieran en la parrilla de San Lorenzo. Me impacta, sin embargo, la fuerza retórica del individuo. ¿De qué alcantarilla, o estudio, o biblioteca, o cabaret, o antro nocturno, o cubil, o instituto, o universidad, lo habrán sacado para hacerlo venir al estudio? Como yo doy clases de retórica en seminario, el tipo no me deja indiferente y hasta puedo decir que me entusiasma.

¡Pero, silencio! El abogado de Dios va a hablar. Veamos cómo lo hace, aunque uno se imagina ya cómo lo hará. Por lo pronto, tiene miedo. Más que sudar, parece que se derrite. Yo quisiera estar allí para prestarle mi pañuelo. En ocasiones tartamudea. Sus manos temblorosas buscan con timidez aflojarse el alzacuello. ¡Y es el defensor de Dios! Su argumentación es confusa, débil, cansina y repetitiva. A consecuencia del pánico que han de inspirarle los reflectores, las cámaras, los cortes comerciales y los periodistas, tampoco sonríe. Dice cosas muy serias y graves, es verdad –no hay que negar que es inteligente y, por lo que leo en la pantalla, incluso ha estudiado en una famosa universidad romana-, pero lo hace de manera tan poco atrayente que siento lástima por él. Como la Verónica, me gustaría romper el cerco e ir a enjugarle el rostro para que pueda proseguir el viacrucis en el que lo han metido. Se nota a mil millas de distancia que se trata de un buen hombre a quien la invitación de presentarse al debate le ha pillado por sorpresa.

Estoy aturrullado, atónito, perplejo, patidifuso. Bueno, como eso de estar patidifuso es muy español, y yo no soy español, digamos que no estoy patidifuso.

Pero sí pasmado, indignado, sorprendido, malhumorado, turulato. ¿Qué más estoy? Tome el lector un diccionario de ideas afines, repase mentalmente las que encuentre en él y hágame el favor de aplicarlas todas, sin desdeñar ninguna, a mi situación anímica de hoy.

Desde hace tiempo escuchar la radio o encender el televisor se ha convertido para mí en un suplicio. ¿Por qué tuve entonces que encender este último precisamente a esta hora en que la vida me parecía bella? Fue, debo confesarlo, un acto automático. En realidad, no pensaba encenderlo, pero llegué a casa y, junto con la luz, junto con la hornilla de la estufa, junto con el calentador de gas, encendí también el televisor. Tal vez lo encendí, ahora caigo en la cuenta de ello, pensando que se trataba del horno de microondas. En fin, aquí estoy, asistiendo, por decirlo así, a un debate en el que a cada paso se menciona la palabra Dios. En teoría, la cosa debía interesarme, pero en realidad me enerva, porque ya sé cómo se hacen estas cosas y, sobre todo, cómo se planean.

Me digo a mí mismo dando un sorbo a mi taza de café: “De seguro que el que se encargue de defender la causa de Dios va a ser, para no variar, el abogado menos bueno”. Es decir, que será malo. El malo de la película, quiero decir, o sea, el malo del programa, el villano del debate. Y así fue, en efecto. ¡Ah, desde qué tiempos remotos la televisión ha dejado de sorprenderme!

El ateo que ha sido invitado al panel es de una elocuencia admirable, y qué simpático es, y qué chistes tan graciosos cuenta. A todas luces se ve que es bien vivillo. Tiene gracia, tiene humor y, sobre todo, sabe atraerse las simpatías del auditorio. También es gracioso y bastante despejado de mente. Al oírlo hablar, uno siente de pronto la gana inmensa de parecerse a él: con tanta donosura y desparpajo aborda la más delicada de las cuestiones. Y, por lo demás, queda al final bastante bien librado. Todos llaman al auditorio para felicitarlo. A mí, por lo pronto, se me antoja ponerme a aplaudirle. Me reprimo por una razón: porque aplaudirle a él sería tanto como abuchear a Dios, cosa que yo no haría, espero, ni aunque me pusieran en la parrilla de San Lorenzo. Me impacta, sin embargo, la fuerza retórica del individuo. ¿De qué alcantarilla, o estudio, o biblioteca, o cabaret, o antro nocturno, o cubil, o instituto, o universidad, lo habrán sacado para hacerlo venir al estudio? Como yo doy clases de retórica en seminario, el tipo no me deja indiferente y hasta puedo decir que me entusiasma.

¡Pero, silencio! El abogado de Dios va a hablar. Veamos cómo lo hace, aunque uno se imagina ya cómo lo hará. Por lo pronto, tiene miedo. Más que sudar, parece que se derrite. Yo quisiera estar allí para prestarle mi pañuelo. En ocasiones tartamudea. Sus manos temblorosas buscan con timidez aflojarse el alzacuello. ¡Y es el defensor de Dios! Su argumentación es confusa, débil, cansina y repetitiva. A consecuencia del pánico que han de inspirarle los reflectores, las cámaras, los cortes comerciales y los periodistas, tampoco sonríe. Dice cosas muy serias y graves, es verdad –no hay que negar que es inteligente y, por lo que leo en la pantalla, incluso ha estudiado en una famosa universidad romana-, pero lo hace de manera tan poco atrayente que siento lástima por él. Como la Verónica, me gustaría romper el cerco e ir a enjugarle el rostro para que pueda proseguir el viacrucis en el que lo han metido. Se nota a mil millas de distancia que se trata de un buen hombre a quien la invitación de presentarse al debate le ha pillado por sorpresa.

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