/ domingo 17 de mayo de 2020

Aviso para señoritas

Dirás que la que voy a contarte es una historia demasiado triste, y sí que lo es. Pero es también una historia real, capaz de poner al desnudo los intrincados vericuetos del corazón humano. Éste que verás aquí es el hombre: el de ayer y el de hoy, el de mañana y el del siglo próximo, es decir, un ser de deseo que, en cuanto obtiene lo que buscaba, se hastía y pasa sin demasiados remilgos a otra cosa.

Una última aclaración, amiga mía. Al contarte esta historia, no pretendo propinarte unas leccioncillas de moral, sino, como ya te lo he dicho, poner el corazón del hombre en la palma de tu mano para que lo examines atentamente.

Hace muchos, muchos siglos, hubo en Israel, el país de Jesús, un joven llamado Amnón, que además era hijo de David, el soberano de aquel reino. Siendo hijo de rey –es decir, de un hombre poderoso-, ya te imaginarás que era un tanto prepotente y caprichoso. He aquí cómo narra la Biblia su historia, y la pondré entre comillas para que no llegues a pensar que me la he inventado y de esta manera sermonearte a mi antojo.

“Poco después aconteció esto –dice el libro santo-: Absalón, hijo de David, tenía una hermana muy bella llamada Tamar; Amnón, otro hijo de David, se enamoró de ella” (2 Samuel 13, 1).

¿Cómo es posible, me preguntarás, que alguien se enamore de su hermana? Lo más seguro es que Tamar y Amnón fueran hijos de distinta madre, lo que no quita que, a pesar de todo, fuesen hijos del mismo padre. Sea como sea, eran, pues, hermanos.

“Amnón se atormentaba de tal forma que hasta enfermó pensando en su hermana; ésta era virgen y Amnón no veía cómo podría hacer algo con ella. Amnón tenía un amigo que se llamaba Yonadab, hijo de Simá, hermano de David, y era muy astuto. Le dijo: ‘¿Qué te pasa, hijo del rey, que tan temprano te ves ya alicaído? ¿Quieres decírmelo?’. Amnón le respondió:

“-Es que quiero a Tamar, la hermana de mi hermano Absalón” (13, 2-4).

¿Cómo se atrevió Amnón a revelar su secreto? Nos parece inconcebible que hubiese podido confesar algo tan horrible, pero la verdad es que lo hizo. Su primo no dio muestras de espanto, ni de nada por el estilo (al parecer, eran de la misma calaña), sino que le dio el siguiente consejo:

“-Anda a acostarte, pon cara de enfermo, y cuando vaya tu padre a verte, dile:

“-Dale permiso a mi hermana Tamar para que venga a servirme la comida. Que prepare un guiso ante mi vista y me lo sirva de su mano.

“Amnón se fue a acostar y se hizo el enfermo. El rey lo fue a ver y Amnón dijo al rey:

“-Dale permiso a mi hermana Tamar para que venga, prepare unos pastelillos en mi presencia y me los sirva con sus manos.

“David mandó buscar a Tamar y le dijo:

“-Anda a la casa de tu hermano Amnón y prepárale algo de comer.

“Tamar fue a casa de su hermano Amnón, que estaba en la cama, preparó la masa, la sobó, y ante la vista de él moldeó unos pastelillos que puso a cocer” (13, 5-8).

¡Pobre mujer! Pero, ¿acaso iba ella a imaginarse las perversas intenciones de su hermano? Bien, pues he aquí lo que sucede:

“Tamar tomó la sartén y la vació delante de él, pero no quiso comer, sino que dijo:

“-¡Que salgan todos!

“Y salieron todos. Amnón dijo entonces a Tamar:

“-Trae la comida a la pieza para que la reciba de tus manos.

“Tamar tomó los pastelillos que había preparado y se los llevó a su hermano Amnón a su pieza. Cuando ella se los presentó, la agarró y le dijo:

“-Hermana mía, ven a acostarte conmigo.

“-No, hermano mío, no –dijo ella-, no me tomes a la fuerza pues no se actúa así en Israel. No cometas esa falta. ¿A dónde iría yo con mi vergüenza? -Pero él no quiso hacerle caso, la tomó a la fuerza y se acostó con ella” (13, 9-14).

Sí, es una historia escabrosa, ya lo sé. Pero no es la historia de un incesto lo que he querido darte a conocer, sino lo que sigue después y que la Biblia –para advertencia de todos- no se calla:

“Y se acostó con ella. Pero luego Amnón la detestó. Era un odio más grande que el amor que le tenía. Amnón le dijo:

“-Párate y vete.

“Ella respondió:

“-No, hermano mío, no me eches. Eso sería peor que lo que acabas de hacerme.

“-Pero Amnón no quiso oírla, sino que llamó a un joven que estaba a su servicio y le dijo:

“-Échala fuera, lejos de mí, y cuando salga cierra la puerta con candado” (13, 15-17).

Tras el coito, el odio. Así decían los antiguos, pero como lo decían en latín, te lo digo yo en español. En una revista femenina, varias mujeres se quejaban de todo lo que tenían que oír de labios de su pareja minutos después de haber tenido una relación sexual: “Bueno, tengo que irme”; “¿Dónde está el control remoto?”; “No tengo ganas de hablar”; “Pero esto no quiere decir que estemos comprometidos, ¿verdad?”, etcétera.

Bien, ya te he contado la historia. Las conclusiones amiga mía, deberás sacarlas tú.

Dirás que la que voy a contarte es una historia demasiado triste, y sí que lo es. Pero es también una historia real, capaz de poner al desnudo los intrincados vericuetos del corazón humano. Éste que verás aquí es el hombre: el de ayer y el de hoy, el de mañana y el del siglo próximo, es decir, un ser de deseo que, en cuanto obtiene lo que buscaba, se hastía y pasa sin demasiados remilgos a otra cosa.

Una última aclaración, amiga mía. Al contarte esta historia, no pretendo propinarte unas leccioncillas de moral, sino, como ya te lo he dicho, poner el corazón del hombre en la palma de tu mano para que lo examines atentamente.

Hace muchos, muchos siglos, hubo en Israel, el país de Jesús, un joven llamado Amnón, que además era hijo de David, el soberano de aquel reino. Siendo hijo de rey –es decir, de un hombre poderoso-, ya te imaginarás que era un tanto prepotente y caprichoso. He aquí cómo narra la Biblia su historia, y la pondré entre comillas para que no llegues a pensar que me la he inventado y de esta manera sermonearte a mi antojo.

“Poco después aconteció esto –dice el libro santo-: Absalón, hijo de David, tenía una hermana muy bella llamada Tamar; Amnón, otro hijo de David, se enamoró de ella” (2 Samuel 13, 1).

¿Cómo es posible, me preguntarás, que alguien se enamore de su hermana? Lo más seguro es que Tamar y Amnón fueran hijos de distinta madre, lo que no quita que, a pesar de todo, fuesen hijos del mismo padre. Sea como sea, eran, pues, hermanos.

“Amnón se atormentaba de tal forma que hasta enfermó pensando en su hermana; ésta era virgen y Amnón no veía cómo podría hacer algo con ella. Amnón tenía un amigo que se llamaba Yonadab, hijo de Simá, hermano de David, y era muy astuto. Le dijo: ‘¿Qué te pasa, hijo del rey, que tan temprano te ves ya alicaído? ¿Quieres decírmelo?’. Amnón le respondió:

“-Es que quiero a Tamar, la hermana de mi hermano Absalón” (13, 2-4).

¿Cómo se atrevió Amnón a revelar su secreto? Nos parece inconcebible que hubiese podido confesar algo tan horrible, pero la verdad es que lo hizo. Su primo no dio muestras de espanto, ni de nada por el estilo (al parecer, eran de la misma calaña), sino que le dio el siguiente consejo:

“-Anda a acostarte, pon cara de enfermo, y cuando vaya tu padre a verte, dile:

“-Dale permiso a mi hermana Tamar para que venga a servirme la comida. Que prepare un guiso ante mi vista y me lo sirva de su mano.

“Amnón se fue a acostar y se hizo el enfermo. El rey lo fue a ver y Amnón dijo al rey:

“-Dale permiso a mi hermana Tamar para que venga, prepare unos pastelillos en mi presencia y me los sirva con sus manos.

“David mandó buscar a Tamar y le dijo:

“-Anda a la casa de tu hermano Amnón y prepárale algo de comer.

“Tamar fue a casa de su hermano Amnón, que estaba en la cama, preparó la masa, la sobó, y ante la vista de él moldeó unos pastelillos que puso a cocer” (13, 5-8).

¡Pobre mujer! Pero, ¿acaso iba ella a imaginarse las perversas intenciones de su hermano? Bien, pues he aquí lo que sucede:

“Tamar tomó la sartén y la vació delante de él, pero no quiso comer, sino que dijo:

“-¡Que salgan todos!

“Y salieron todos. Amnón dijo entonces a Tamar:

“-Trae la comida a la pieza para que la reciba de tus manos.

“Tamar tomó los pastelillos que había preparado y se los llevó a su hermano Amnón a su pieza. Cuando ella se los presentó, la agarró y le dijo:

“-Hermana mía, ven a acostarte conmigo.

“-No, hermano mío, no –dijo ella-, no me tomes a la fuerza pues no se actúa así en Israel. No cometas esa falta. ¿A dónde iría yo con mi vergüenza? -Pero él no quiso hacerle caso, la tomó a la fuerza y se acostó con ella” (13, 9-14).

Sí, es una historia escabrosa, ya lo sé. Pero no es la historia de un incesto lo que he querido darte a conocer, sino lo que sigue después y que la Biblia –para advertencia de todos- no se calla:

“Y se acostó con ella. Pero luego Amnón la detestó. Era un odio más grande que el amor que le tenía. Amnón le dijo:

“-Párate y vete.

“Ella respondió:

“-No, hermano mío, no me eches. Eso sería peor que lo que acabas de hacerme.

“-Pero Amnón no quiso oírla, sino que llamó a un joven que estaba a su servicio y le dijo:

“-Échala fuera, lejos de mí, y cuando salga cierra la puerta con candado” (13, 15-17).

Tras el coito, el odio. Así decían los antiguos, pero como lo decían en latín, te lo digo yo en español. En una revista femenina, varias mujeres se quejaban de todo lo que tenían que oír de labios de su pareja minutos después de haber tenido una relación sexual: “Bueno, tengo que irme”; “¿Dónde está el control remoto?”; “No tengo ganas de hablar”; “Pero esto no quiere decir que estemos comprometidos, ¿verdad?”, etcétera.

Bien, ya te he contado la historia. Las conclusiones amiga mía, deberás sacarlas tú.

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