/ jueves 18 de junio de 2020

Antorcha Campesina

Un verdadero cambio, ¿para qué? ¿para quién?

Los antorchistas estamos de acuerdo en que las cosas en el país van de mal en peor; que problemas torales como la actividad económica, la seguridad pública y todos los factores que determinan o coadyuvan al bienestar material y espiritual de la gente, lejos de resolverse o aminorarse, se agigantan y se vuelven cada vez más peligrosos para la estabilidad social. Que urge un cambio de rumbo, un nuevo proyecto de país como el único remedio que las actuales circunstancias admiten y reclaman. Estamos de acuerdo en que todos los que pensamos lo mismo estamos obligados a unificarnos en torno a ese nuevo proyecto de país y a formar un frente único para conquistar el poder, que es precondición indispensable para poner en ejecución el nuevo proyecto.

Sin embargo, echar a andar con paso seguro y firme por este camino, presupone que todos los inconformes nos hemos puesto ya de acuerdo en dos puntos esenciales: a) en el proyecto que sacará al país de la crisis actual, y b) en que la mejor vía para alcanzar el poder es el frente único, es decir, la lucha democrática prevista y tutelada por nuestras leyes, que pasa necesariamente por la conquista del voto popular, del voto libremente emitido en las urnas, que es la forma universal en que los pueblos delegan su soberanía en quienes eligen como sus mandatarios y servidores.

¿Es realmente la vía democrática el mejor camino para ganar el poder? Parece obvio que en relación con esto nos estamos moviendo en el terreno de la pura opinión, es decir, que estamos expresando un punto de vista que no necesariamente tiene que coincidir con el de otros actores. Por eso creo que no sobra argumentar un poco más nuestra afirmación. Hemos elegido la vía democrática, teniendo a la vista la experiencia de otros pueblos y evaluando cuidadosamente la situación geopolítica y el estado actual de la opinión pública nacional y mundial, y vemos que el camino democrático es el mejor visto por todo el mundo, por lo cual resulta difícil de objetar incluso por quienes suelen estar en contra de sus resultados. Por tanto, nos asegura que, en caso de triunfo, trabajaremos con menos obstáculos, con menos objeciones y opositores radicales que los que nos saldrían al paso en otras condiciones.

Pero tampoco soñamos. Sabemos de las imperfecciones de la ley, de las trampas y groseras manipulaciones a que da lugar en cada proceso electoral, razón por la cual sabemos que hace falta estar preparados para enfrentarlas de manera oportuna y eficaz, siempre dentro del marco legal de los procesos electivos. Con todo, mantenemos firme nuestro voto por la vía democrática. México se encuentra, más que en una encrucijada, en un callejón sin salida, y por eso creemos que es válido, para darnos a entender con suficiente claridad, acogernos a la vieja sabiduría popular: ¿tiene salida un callejón sin salida? Sí, sí la tiene; lo que sucede es que la salida coincide con la entrada; que para salir tenemos que hacerlo por el mismo lugar por donde entramos. Así, si fue el voto popular el que encumbró a los responsables de la actual crisis múltiple en que nos debatimos todos, ese mismo voto popular es el que debe retirarles su apoyo y abrirle camino a un nuevo y superior proyecto de país.

La historia demuestra que cualquier vía distinta a la democrática acaba siempre echando mano de la violencia, ya sea como recurso para alcanzar el poder mismo, ya sea después de conquistado el poder, desde el gobierno, para imponer un proyecto que no fue conocido, entendido y apoyado previamente por las mayorías. Lo más seguro (o al menos lo más frecuente), es que un proyecto así tampoco represente los intereses y las expectativas de todos los grupos y de todas las clases que integran una sociedad compleja como la mexicana, razón por la cual necesita de la fuerza bruta para imponerse. El remedio habrá resultado peor que la enfermedad. Es claro que también la democracia puede verse obligada a echar mano de la violencia para defenderse de sus enemigos; pero en tal caso se tratará de una violencia legítima, será la lucha de la mayoría en contra de las minorías que buscan conservar sus privilegios.

Pero, aunque no lo digan abiertamente, lo cierto es que la vía democrática no es del gusto de todos. En particular, no lo es de los estratos superiores de la pirámide social, lo que vuelve difícil y problemática la conformación de un frente único para ganar el poder democráticamente. Los argumentos en contra son de variada índole; pero el problema de fondo, el más difícil de combatir y que casi nunca se confiesa, es que los grupos de altos ingresos le tienen pavor, verdadera fobia a la participación directa y abierta de las masas en la vida política nacional. Las piensan como una fiera siempre hambrienta de sus riquezas y siempre sedienta de venganza contra los culpables de sus carencias y sufrimientos de siglos. Quienes miran así las cosas, se inclinan por una alianza solo entre poderosos, solo ente gente capaz de manipular a la plebe sin hacerla partícipe de nada y, por tanto, prefieren el golpe de mano para alzarse con el poder. En último extremo, aceptan mejor someterse a una dictadura sanguinaria, como la de Hitler, en Alemania, o la de Pinochet, en Chile, antes que arriesgarse a liberar de sus cadenas a la fiera que amenaza con devorarlos.

Hay en esto una gran dosis de prejuicio ideológico, alimentada por siglos en el alma de los privilegiados y muy difícil de erradicar, por tanto. Pero el hecho es que están equivocados. No advierten que el pueblo también piensa, también aprende de su propia experiencia, también es capaz de razonar con inteligencia, de entender incluso los abstrusos problemas de una coyuntura política. Y más aún: que es capaz de generar, y genera siempre a sus representantes legítimos, en los que confía y con los que es posible establecer acuerdos firmes y sólidos que el pueblo respetará con más lealtad y rectitud que los grupos dominantes que pactan entre sí el reparto de un país o el mundo entero. El pueblo está dispuesto a aceptar y a apoyar un nuevo proyecto de país con una condición: que recoja y garantice sus intereses y sus derechos legítimos, y que todos los actores acepten que sus derechos terminan donde empiezan los derechos ajenos; que no es posible ni aceptable ampliar indefinidamente el beneficio propio a costa del beneficio de los demás. Si no se entiende esto, la posibilidad de un frente único se ve muy difícil, mejor dicho, se ve imposible de lograr.

Hay una “tercera vía” que tampoco quiero dejar de señalar y de descartar expresamente: la de que todos los elementos conscientes nos quedemos paralizados, como simples espectadores pasivos de los sucesos, esperando que las cosas lleguen a su límite y provoquen un estallido violento, irracional y destructivo de la irritación popular. Así piensan quienes confían en que, en el río revuelto de la explosión popular espontánea, les será más fácil pescar todo aquello que beneficie su propio egoísmo (personal y de clase), al mismo tiempo que forjar una red más poderosa e irrompible de organismos y leyes que inmovilicen de una vez por todas a esa fiera temible e irracional que es el pueblo que reclama su parte correspondiente de felicidad y bienestar. Pero lo cierto es que todo estallido social incontrolado desemboca siempre en un salto atrás, en un retroceso de décadas que los ciudadanos responsables debemos impedir con toda energía y honestidad. Hay que saber que el bien propio solo puede florecer y perdurar en medio del bien de todos; que aislado se muere irremediablemente.

Con que no nos queda otra vía que la vía democrática. Pero esta vía, según hemos dicho, es para muchos una verdadera prueba de fuego, un auténtico “juicio de Dios”. En primer lugar, porque exige ganar la confianza del pueblo, que es lo mismo que abrirle las puertas para una libre actuación. Sin su voto, sin su apoyo decidido, la vía democrática resulta impracticable. Y en segundo lugar, porque solo se puede ganar su apoyo ofreciéndole un proyecto de cambio que recoja expresamente sus intereses y aspiraciones legítimos; que detalle puntualmente instituciones y políticas de gobierno destinadas a materializar esas garantías y que defina con claridad las libertades y leyes que permitan al pueblo vigilar permanentemente el cumplimiento del proyecto entero.

Los antorchistas somos pueblo organizado, y en esa calidad planteamos una sola demanda al futuro frente único: un reparto más equitativo y equilibrado de la renta nacional. Para ello, proponemos cuatro ejes centrales cuyo desglose resulta imposible e innecesario detallar aquí. Esos cuatro ejes, mencionados a modo de que muestren su relación recíproca son: a) una política fiscal progresiva (sin desalentar irracionalmente la inversión ni llegar jamás a grado confiscatorio) que dé al gobierno recursos suficientes para poner en ejecución las tres acciones restantes; b) reorientación del gasto social, de modo que puedan atenderse holgadamente necesidades vitales como vivienda, salud, educación, urbanización, medio ambiente, deporte y cultura; c) promover la creación de empleos, sin competir ni sustituir a la inversión privada pero supliéndola donde haga falta, de modo que toda persona en edad de laborar y que quieran hacerlo encuentre trabajo; y d) elevar el salario hasta el nivel que determine el bienestar mínimo de una familia trabajadora promedio.

Sabemos bien que todos los grupos ya formados y con un cierto capital político, no están dispuestos a tratar de tú a tú con nuestro movimiento. Ponen como excusa las infamias y calumnias que se han vertido en contra nuestra, incluidas las de la 4ªT. Por esta razón pensamos, y así lo decimos claramente, que la aceptación o el rechazo de nuestra participación abierta en la elaboración del nuevo proyecto de país y en la conformación del frente único, es la piedra de toque para la limpieza y sinceridad de quienes dicen querer y buscar un país mejor para sus hijos. Quien haga suyas las canalladas, vertidas pero jamás probadas, en nuestra contra, y nos rechace como aliados dignos y responsables, le estará diciendo al pueblo que sus intereses no figuran realmente en sus planes; quien se abra franca y noblemente hacia la fuerza popular que representamos, le estará enviando el mensaje de que puede confiar en él, en su grupo, como aliados seguros y leales en la lucha por un México equitativo y justo para todos.

Un verdadero cambio, ¿para qué? ¿para quién?

Los antorchistas estamos de acuerdo en que las cosas en el país van de mal en peor; que problemas torales como la actividad económica, la seguridad pública y todos los factores que determinan o coadyuvan al bienestar material y espiritual de la gente, lejos de resolverse o aminorarse, se agigantan y se vuelven cada vez más peligrosos para la estabilidad social. Que urge un cambio de rumbo, un nuevo proyecto de país como el único remedio que las actuales circunstancias admiten y reclaman. Estamos de acuerdo en que todos los que pensamos lo mismo estamos obligados a unificarnos en torno a ese nuevo proyecto de país y a formar un frente único para conquistar el poder, que es precondición indispensable para poner en ejecución el nuevo proyecto.

Sin embargo, echar a andar con paso seguro y firme por este camino, presupone que todos los inconformes nos hemos puesto ya de acuerdo en dos puntos esenciales: a) en el proyecto que sacará al país de la crisis actual, y b) en que la mejor vía para alcanzar el poder es el frente único, es decir, la lucha democrática prevista y tutelada por nuestras leyes, que pasa necesariamente por la conquista del voto popular, del voto libremente emitido en las urnas, que es la forma universal en que los pueblos delegan su soberanía en quienes eligen como sus mandatarios y servidores.

¿Es realmente la vía democrática el mejor camino para ganar el poder? Parece obvio que en relación con esto nos estamos moviendo en el terreno de la pura opinión, es decir, que estamos expresando un punto de vista que no necesariamente tiene que coincidir con el de otros actores. Por eso creo que no sobra argumentar un poco más nuestra afirmación. Hemos elegido la vía democrática, teniendo a la vista la experiencia de otros pueblos y evaluando cuidadosamente la situación geopolítica y el estado actual de la opinión pública nacional y mundial, y vemos que el camino democrático es el mejor visto por todo el mundo, por lo cual resulta difícil de objetar incluso por quienes suelen estar en contra de sus resultados. Por tanto, nos asegura que, en caso de triunfo, trabajaremos con menos obstáculos, con menos objeciones y opositores radicales que los que nos saldrían al paso en otras condiciones.

Pero tampoco soñamos. Sabemos de las imperfecciones de la ley, de las trampas y groseras manipulaciones a que da lugar en cada proceso electoral, razón por la cual sabemos que hace falta estar preparados para enfrentarlas de manera oportuna y eficaz, siempre dentro del marco legal de los procesos electivos. Con todo, mantenemos firme nuestro voto por la vía democrática. México se encuentra, más que en una encrucijada, en un callejón sin salida, y por eso creemos que es válido, para darnos a entender con suficiente claridad, acogernos a la vieja sabiduría popular: ¿tiene salida un callejón sin salida? Sí, sí la tiene; lo que sucede es que la salida coincide con la entrada; que para salir tenemos que hacerlo por el mismo lugar por donde entramos. Así, si fue el voto popular el que encumbró a los responsables de la actual crisis múltiple en que nos debatimos todos, ese mismo voto popular es el que debe retirarles su apoyo y abrirle camino a un nuevo y superior proyecto de país.

La historia demuestra que cualquier vía distinta a la democrática acaba siempre echando mano de la violencia, ya sea como recurso para alcanzar el poder mismo, ya sea después de conquistado el poder, desde el gobierno, para imponer un proyecto que no fue conocido, entendido y apoyado previamente por las mayorías. Lo más seguro (o al menos lo más frecuente), es que un proyecto así tampoco represente los intereses y las expectativas de todos los grupos y de todas las clases que integran una sociedad compleja como la mexicana, razón por la cual necesita de la fuerza bruta para imponerse. El remedio habrá resultado peor que la enfermedad. Es claro que también la democracia puede verse obligada a echar mano de la violencia para defenderse de sus enemigos; pero en tal caso se tratará de una violencia legítima, será la lucha de la mayoría en contra de las minorías que buscan conservar sus privilegios.

Pero, aunque no lo digan abiertamente, lo cierto es que la vía democrática no es del gusto de todos. En particular, no lo es de los estratos superiores de la pirámide social, lo que vuelve difícil y problemática la conformación de un frente único para ganar el poder democráticamente. Los argumentos en contra son de variada índole; pero el problema de fondo, el más difícil de combatir y que casi nunca se confiesa, es que los grupos de altos ingresos le tienen pavor, verdadera fobia a la participación directa y abierta de las masas en la vida política nacional. Las piensan como una fiera siempre hambrienta de sus riquezas y siempre sedienta de venganza contra los culpables de sus carencias y sufrimientos de siglos. Quienes miran así las cosas, se inclinan por una alianza solo entre poderosos, solo ente gente capaz de manipular a la plebe sin hacerla partícipe de nada y, por tanto, prefieren el golpe de mano para alzarse con el poder. En último extremo, aceptan mejor someterse a una dictadura sanguinaria, como la de Hitler, en Alemania, o la de Pinochet, en Chile, antes que arriesgarse a liberar de sus cadenas a la fiera que amenaza con devorarlos.

Hay en esto una gran dosis de prejuicio ideológico, alimentada por siglos en el alma de los privilegiados y muy difícil de erradicar, por tanto. Pero el hecho es que están equivocados. No advierten que el pueblo también piensa, también aprende de su propia experiencia, también es capaz de razonar con inteligencia, de entender incluso los abstrusos problemas de una coyuntura política. Y más aún: que es capaz de generar, y genera siempre a sus representantes legítimos, en los que confía y con los que es posible establecer acuerdos firmes y sólidos que el pueblo respetará con más lealtad y rectitud que los grupos dominantes que pactan entre sí el reparto de un país o el mundo entero. El pueblo está dispuesto a aceptar y a apoyar un nuevo proyecto de país con una condición: que recoja y garantice sus intereses y sus derechos legítimos, y que todos los actores acepten que sus derechos terminan donde empiezan los derechos ajenos; que no es posible ni aceptable ampliar indefinidamente el beneficio propio a costa del beneficio de los demás. Si no se entiende esto, la posibilidad de un frente único se ve muy difícil, mejor dicho, se ve imposible de lograr.

Hay una “tercera vía” que tampoco quiero dejar de señalar y de descartar expresamente: la de que todos los elementos conscientes nos quedemos paralizados, como simples espectadores pasivos de los sucesos, esperando que las cosas lleguen a su límite y provoquen un estallido violento, irracional y destructivo de la irritación popular. Así piensan quienes confían en que, en el río revuelto de la explosión popular espontánea, les será más fácil pescar todo aquello que beneficie su propio egoísmo (personal y de clase), al mismo tiempo que forjar una red más poderosa e irrompible de organismos y leyes que inmovilicen de una vez por todas a esa fiera temible e irracional que es el pueblo que reclama su parte correspondiente de felicidad y bienestar. Pero lo cierto es que todo estallido social incontrolado desemboca siempre en un salto atrás, en un retroceso de décadas que los ciudadanos responsables debemos impedir con toda energía y honestidad. Hay que saber que el bien propio solo puede florecer y perdurar en medio del bien de todos; que aislado se muere irremediablemente.

Con que no nos queda otra vía que la vía democrática. Pero esta vía, según hemos dicho, es para muchos una verdadera prueba de fuego, un auténtico “juicio de Dios”. En primer lugar, porque exige ganar la confianza del pueblo, que es lo mismo que abrirle las puertas para una libre actuación. Sin su voto, sin su apoyo decidido, la vía democrática resulta impracticable. Y en segundo lugar, porque solo se puede ganar su apoyo ofreciéndole un proyecto de cambio que recoja expresamente sus intereses y aspiraciones legítimos; que detalle puntualmente instituciones y políticas de gobierno destinadas a materializar esas garantías y que defina con claridad las libertades y leyes que permitan al pueblo vigilar permanentemente el cumplimiento del proyecto entero.

Los antorchistas somos pueblo organizado, y en esa calidad planteamos una sola demanda al futuro frente único: un reparto más equitativo y equilibrado de la renta nacional. Para ello, proponemos cuatro ejes centrales cuyo desglose resulta imposible e innecesario detallar aquí. Esos cuatro ejes, mencionados a modo de que muestren su relación recíproca son: a) una política fiscal progresiva (sin desalentar irracionalmente la inversión ni llegar jamás a grado confiscatorio) que dé al gobierno recursos suficientes para poner en ejecución las tres acciones restantes; b) reorientación del gasto social, de modo que puedan atenderse holgadamente necesidades vitales como vivienda, salud, educación, urbanización, medio ambiente, deporte y cultura; c) promover la creación de empleos, sin competir ni sustituir a la inversión privada pero supliéndola donde haga falta, de modo que toda persona en edad de laborar y que quieran hacerlo encuentre trabajo; y d) elevar el salario hasta el nivel que determine el bienestar mínimo de una familia trabajadora promedio.

Sabemos bien que todos los grupos ya formados y con un cierto capital político, no están dispuestos a tratar de tú a tú con nuestro movimiento. Ponen como excusa las infamias y calumnias que se han vertido en contra nuestra, incluidas las de la 4ªT. Por esta razón pensamos, y así lo decimos claramente, que la aceptación o el rechazo de nuestra participación abierta en la elaboración del nuevo proyecto de país y en la conformación del frente único, es la piedra de toque para la limpieza y sinceridad de quienes dicen querer y buscar un país mejor para sus hijos. Quien haga suyas las canalladas, vertidas pero jamás probadas, en nuestra contra, y nos rechace como aliados dignos y responsables, le estará diciendo al pueblo que sus intereses no figuran realmente en sus planes; quien se abra franca y noblemente hacia la fuerza popular que representamos, le estará enviando el mensaje de que puede confiar en él, en su grupo, como aliados seguros y leales en la lucha por un México equitativo y justo para todos.