/ domingo 23 de agosto de 2020

Amor y desamor

Ante mí, en el escritorio, hay un voluminoso libro que reporta 365 definiciones del amor: una para cada día. Pero no voy a valerme de ninguna de ellas para definirlo: unas son demasiado abstractas y otras demasiado sabidas; hay unas excelentes y otras superficiales. Prescindiré, pues, de todas. Pero me quedaré con una que he tenido la fortuna de encontrame en un relato de William Saroyan (1908-1981), el escritor norteamericano de origen armenio, titulado 1,2,3,4,5,6,7,8. Extraño título para un cuento, ¿no es así? Y, sin embargo, fue en este relato de profunda hermosura donde me encontré con estos párrafos que ahora transcribo con mucho gusto y sin que me pese la pluma:

“Se hicieron buenos amigos y él comenzó a hablarle de la casa. Al principio ella no escuchó realmente sus palabras, sino simplemente su manera de hablar; pero al mismo tiempo estaba atenta a todo lo que él decía, a todos los disparates acerca de la maquinaria que se iba apoderando de ellos y destruyéndolos y exterminando cuanto de decente había en ellos.

“Dejaron de trabajar los domingos y fueron al otro lado de la bahía, a Marin Country. Todos los domingos recorrían las colinas, hablando de la casa. Durante septiembre y octubre de 1927 pasaron juntos los domingos, paseando por las colinas del otro lado de la bahía de San Francisco.

“Comenzó a despojarse de la sensación de encontrarse perdido. Al menos había una persona en el mundo que sabía que se encontraba vivo, concediendo alguna importancia a este hecho, y durante algún tiempo pareció como si la casa tanto tiempo ansiada llegara a materializarse realmente y él fuera a entrar en ella con esta joven, riendo, y en ella fueran a permanecer juntos para siempre”…

Dentro de su sencillez, ¿no es sublime este pasaje? ¡En él está escondida una de las mejores definiciones del amor! Dicha definición podría sonar así: “Amar: saber que el otro está vivo y concederle a este hecho la debida importancia”. ¡Ah, es la mejor definición del amor que he podido leer, por lo menos hasta el día de hoy, y, por supuesto, aún no ha sido recogida en ningún libro de frases célebres! Sí, el amor es eso: darle importancia al milagroso hecho, al inconcebible hecho, de que el otro exista, de que existas tú.

“Lo único que vale la pena este mundo –escribió Simone Weil (1909-1943) en uno de sus escritos autobiográficos- es la vigilia, la espera y la atención. ¡Felices aquellos que desde su juventud se dedicaron solamente a desarollar este poder de atención!... No solamente el amor de Dios está hecho, sustancialmente, de atención: el amor al prójimo, que sabemos es el mismo amor, está hecho de idéntica sustancia. Los desventurados no tienen necesidad de otra cosa en este mundo que de hombres capaces de prestarles atención. La capacidad de prestar atención es cosa rarísima, dificilísima: es casi un milagro, es un milagro. La plenitud del amor al prójimo está simplemente en ser capaz de preguntarle: ‘¿Qué es lo que te atormenta?’, en saber que el desventurado existe, no como uno entre muchos, no como ejemplar de la categoría social bien definida de los desventurados, sino en cuanto hombre, en todo semejante a nosotros, que un día fue señalado por la desventura con una marca inconfundible. Por esto es suficiente, y también indispensable, saber posar sobre él una cierta mirada” (Attente de Dieu).

Digámoslo con nuestras pobres palabras: amar a un ser no es, muchas veces, más que mirarlo, saber que existe, y darle a este hecho, como ha dicho Saroyan, la debida importancia.

Lo contrario del amor es la indiferencia, la desatención o, si se prefiere, la distracción: ese acto pecaminoso mediante el cual minimizamos –o ignoramos- la existencia del otro.

Jorge ha muerto en la carretera.

Muchos curiosos.

Un atasco.

La patrulla lo recoge

y lo lleva al depósito de cadáveres.

Durante tres días esperan a un pariente,

a un amigo o conocido.

No viene nadie.

Lo depositan en el correspondiente frigorífico.

¡Qué símbolo!

Existe un frigorífico para las personas encontradas.

La espera dura ya quince días.

Todavía no ha venido nadie.

Una tarde, en una furgoneta,

lo llevan al cementerio,

como a un objeto perdido.

Jorge era un hombre,

un hombre solo en la ciudad.

El resto de los hombres

lo habían sepultado hacía ya tiempo.

Si el lector es un amante de las definiciones, podrá confeccionar una del desamor a partir de este pensamiento-oración-poema de Phil Bosmans, el famoso sacerdote belga. Dicha definición, si no me equivoco, sonaría así: “Desamor: no darse cuenta de que el otro existe, no preguntar por él; en fin, poder vivir sin él”.

Ante mí, en el escritorio, hay un voluminoso libro que reporta 365 definiciones del amor: una para cada día. Pero no voy a valerme de ninguna de ellas para definirlo: unas son demasiado abstractas y otras demasiado sabidas; hay unas excelentes y otras superficiales. Prescindiré, pues, de todas. Pero me quedaré con una que he tenido la fortuna de encontrame en un relato de William Saroyan (1908-1981), el escritor norteamericano de origen armenio, titulado 1,2,3,4,5,6,7,8. Extraño título para un cuento, ¿no es así? Y, sin embargo, fue en este relato de profunda hermosura donde me encontré con estos párrafos que ahora transcribo con mucho gusto y sin que me pese la pluma:

“Se hicieron buenos amigos y él comenzó a hablarle de la casa. Al principio ella no escuchó realmente sus palabras, sino simplemente su manera de hablar; pero al mismo tiempo estaba atenta a todo lo que él decía, a todos los disparates acerca de la maquinaria que se iba apoderando de ellos y destruyéndolos y exterminando cuanto de decente había en ellos.

“Dejaron de trabajar los domingos y fueron al otro lado de la bahía, a Marin Country. Todos los domingos recorrían las colinas, hablando de la casa. Durante septiembre y octubre de 1927 pasaron juntos los domingos, paseando por las colinas del otro lado de la bahía de San Francisco.

“Comenzó a despojarse de la sensación de encontrarse perdido. Al menos había una persona en el mundo que sabía que se encontraba vivo, concediendo alguna importancia a este hecho, y durante algún tiempo pareció como si la casa tanto tiempo ansiada llegara a materializarse realmente y él fuera a entrar en ella con esta joven, riendo, y en ella fueran a permanecer juntos para siempre”…

Dentro de su sencillez, ¿no es sublime este pasaje? ¡En él está escondida una de las mejores definiciones del amor! Dicha definición podría sonar así: “Amar: saber que el otro está vivo y concederle a este hecho la debida importancia”. ¡Ah, es la mejor definición del amor que he podido leer, por lo menos hasta el día de hoy, y, por supuesto, aún no ha sido recogida en ningún libro de frases célebres! Sí, el amor es eso: darle importancia al milagroso hecho, al inconcebible hecho, de que el otro exista, de que existas tú.

“Lo único que vale la pena este mundo –escribió Simone Weil (1909-1943) en uno de sus escritos autobiográficos- es la vigilia, la espera y la atención. ¡Felices aquellos que desde su juventud se dedicaron solamente a desarollar este poder de atención!... No solamente el amor de Dios está hecho, sustancialmente, de atención: el amor al prójimo, que sabemos es el mismo amor, está hecho de idéntica sustancia. Los desventurados no tienen necesidad de otra cosa en este mundo que de hombres capaces de prestarles atención. La capacidad de prestar atención es cosa rarísima, dificilísima: es casi un milagro, es un milagro. La plenitud del amor al prójimo está simplemente en ser capaz de preguntarle: ‘¿Qué es lo que te atormenta?’, en saber que el desventurado existe, no como uno entre muchos, no como ejemplar de la categoría social bien definida de los desventurados, sino en cuanto hombre, en todo semejante a nosotros, que un día fue señalado por la desventura con una marca inconfundible. Por esto es suficiente, y también indispensable, saber posar sobre él una cierta mirada” (Attente de Dieu).

Digámoslo con nuestras pobres palabras: amar a un ser no es, muchas veces, más que mirarlo, saber que existe, y darle a este hecho, como ha dicho Saroyan, la debida importancia.

Lo contrario del amor es la indiferencia, la desatención o, si se prefiere, la distracción: ese acto pecaminoso mediante el cual minimizamos –o ignoramos- la existencia del otro.

Jorge ha muerto en la carretera.

Muchos curiosos.

Un atasco.

La patrulla lo recoge

y lo lleva al depósito de cadáveres.

Durante tres días esperan a un pariente,

a un amigo o conocido.

No viene nadie.

Lo depositan en el correspondiente frigorífico.

¡Qué símbolo!

Existe un frigorífico para las personas encontradas.

La espera dura ya quince días.

Todavía no ha venido nadie.

Una tarde, en una furgoneta,

lo llevan al cementerio,

como a un objeto perdido.

Jorge era un hombre,

un hombre solo en la ciudad.

El resto de los hombres

lo habían sepultado hacía ya tiempo.

Si el lector es un amante de las definiciones, podrá confeccionar una del desamor a partir de este pensamiento-oración-poema de Phil Bosmans, el famoso sacerdote belga. Dicha definición, si no me equivoco, sonaría así: “Desamor: no darse cuenta de que el otro existe, no preguntar por él; en fin, poder vivir sin él”.

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